luns 26/10/20

Todo es luz

Entre el desierto del Sahara y las montañas del Atlas, Marrakech es el centro de la vida. En su silueta destaca el minarete de la Koutoubia, testigo del ir y venir de sus gentes y vigilante incansable de la ciudad. Un mosaico inaudito de tradiciones y culturas nos abre sus puertas.
Minarete de la Koutoubia en el corazón de Marrakech. |  FOTO: Mila Ojea.
Minarete de la Koutoubia en el corazón de Marrakech. | FOTO: Mila Ojea.

Si hay una ciudad atrapada en la luz, sea la estación del año que sea, esa es Marrakech. Da igual que uno la recorra en diciembre o en julio. Es un filtro que embellece todo de modo automático, dotando a las abarrotadas y estrechas calles de un maquillaje natural que nos adentra en el misterio. Con un abanico infinito de tonalidades, especialmente al anochecer, el viajero debe dejarse llevar por todo lo que esta ciudad ofrece: zocos, palacios, mezquitas, mercados, torres y museos.

Entre el desierto del Sahara y las montañas del Atlas, este centro neurálgico es parada obligatoria para viajeros y comerciantes, lugar de descanso y negocio, rincón para intensificar los sentidos con sus aromas y colores antes de continuar camino. Un mosaico inaudito de tradiciones y culturas nos abre sus puertas. Prepárense a llenar su mente con el perfume de los naranjos, las especias y el azahar.

410Vista del minarete de la Koutoubia con el Atlas al fondo. | FOTO: Mila Ojea

Y visualizando este laberinto de calles y tejados, desde su ubicación privilegiada, encontramos al protagonista de hoy: el minarete de la Koutoubia. Lugar de culto, se le conoce también como la mezquita Mouassine y, para nosotros, es la hermana gemela de la Giralda de Sevilla. Tiene otra hermana más, la torre Hasan de Rabat, inacabada.

Lo construyeron los almohades en el siglo XII sobre el espacio en el que anteriormente se encontraba otro minarete edificado por los almorávides, a los que acusaban de interpretar el islam de forma incorrecta. Tras destruir todo su legado arquitectónico como venganza, hicieron su nueva mezquita durante el reinado del sultán Yaqub al-Mansur, entre 1184 y 1198.

411Silueta del minarete en la puesta de sol. | FOTO: Mila Ojea

Con sus 69 metros de altura, es el edificio más alto de Marrakech y un icono de la ciudad. Además lo será para siempre, pues está prohibido hacer otro edificio más alto. Desde las terrazas de los cafés de la plaza Jemaa el-Fna, donde bulle la vida desde bien temprano hasta entrada la noche, su silueta fundiéndose con el cielo rojo del anochecer es una postal para soñar mientras degustamos un ardiente té con menta. Ahí ya sentimos que somos parte del lugar.

412El alminar y los jardines. | FOTO: Mila Ojea

El nombre del minarete viene de la palabra ktuba, que significa la de los libreros, debido a que su alrededor había multitud de puestos donde se vendían libros. De su perfil destaca enormemente el alminar, coronado por un yamur formado por cuatro esferas de cobre colocadas por tamaño decreciente. Es inconfundible cuando uno lo ve con el perfil blanquecino del Atlas al fondo, enmarcando su soberbia.

417Juegos de sombras en el muro. | FOTO: Mila Ojea

Testigo de la vida, en el suroeste de la Medina, está adornado con ventanas curvadas, una banda de taracea cerámica, merlones apuntados y arcos tallados. Además el conjunto incluye una enorme plaza y algunos jardines. Esta fue la zona que más nos gustó a B. y a mí. Sentados en el muro, con nuestras sombras y las de las palmeras reflejadas en una pared de arenisca de color cálido y cambiante según la luz del día, observamos el paso inagotable de la gente frente a nosotros, camino de la Kasba.

413Puestos ambulantes de venta de frutos secos. | FOTO: Mila Ojea

Mercaderes encapuchados, eruditos, niños corriendo, mujeres invisibles y puestos de venta ambulante de fruta. A nuestro lado, un hombre tostaba cacahuetes, pero mi lugar por excelencia fue un puesto de venta de granadas. Expuestas como corazones abiertos que parecían desangrarse de luz, las abejas sobrevolaban y se posaban delicadamente sobre los granos de un púrpura furioso para extraer su almíbar. Ya lo escribió Federico García Lorca en aquellos inolvidables versos: Sangre del viento que viene / del rudo monte arañado./ Sangre de la mar tranquila,/ sangre del dormido lago./ La granada es la prehistoria / de la sangre que llevamos…

414Abejas en el corazón de las granadas. | FOTO: Mila Ojea

Durante la ocupación francesa, la mezquita fue el punto central para desarrollar una red de carreteras. Desde lo alto, la vista de la ciudad es total, pero su acceso está prohibido al viajero al ser un lugar religioso únicamente para los musulmanes. En su interior alberga seis habitaciones, una sobre otra, diseñadas de forma que impiden que cualquiera divise los harenes del rey.

Para nosotros, Koutoubia fue un faro encendido día y noche, nos vigiló y guio siempre que nos perdíamos por la Medina, alentados por la aventura de abarcarlo todo, y, de algún modo que nunca podremos comprender, sé que también nos protegió en nuestro peregrinar. 

416Muro del minarete. | FOTO: Mila Ojea

Todo, en esta ciudad vestida de esa inmensa luz, gira alrededor de este minarete y la gran plaza. Los mercados, los puestos de comida, los vendedores ambulantes, los hipnotizadores de cobras. Aquí el mundo se detiene cinco veces al día, cuando, desde lo alto, la voz del imam llamando al rezo recorre todos los recovecos de las callejuelas y patios. La religión marca el ritmo de la ciudad.

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Luces y sombras. | FOTO: Bidu

Para nosotros, Koutoubia fue un faro encendido día y noche, nos vigiló y guio siempre que nos perdíamos por la Medina, alentados por la aventura de abarcarlo todo, y, de algún modo que nunca podremos comprender, sé que también nos protegió en nuestro peregrinar. Formamos parte de esa populosa vida, del bullicio de sus muros y voces, de sus cortinas y bandejas de granadas abiertas, para acabar agotados, felices y plenos mirando cómo la noche caía sobre el perfil reconocible de la torre. Y al fondo, ya dormido y silencioso, el inmenso Atlas.

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