Luns. 04.03.2024

Habitamos una hambrienta soledad

En Manila viven, malviven y sobreviven más de 25 millones de personas. Hay 25 millones de soledades en estas calles. Cada uno adapta su espacio como puede, entre edificios históricos y casas hechas de lata.
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Escena cotidiana en la calle Real de Manila. | FOTO: Mila Ojea

Todo se había quedado mudo. No es que la casa estuviera muda. No es que mi barrio estuviera mudo. No es que la ciudad estuviera muda (aunque en efecto lo está desde hace mucho, como si una fuerza inversa la vaciara desde el cielo). Era algo peor. Los recuerdos estaban mudos. Los libros estaban mudos. Las películas estaban mudas. Estaban mudos los hermosos versos de Peter Handke y la voz de mi hermano en el teléfono y también la de mi padre. Habitaba una coraza hecha de vacío. Y estaban mudos -como muertos- el recuerdo de aquella isla de Tailandia y el coral azul y tus pestañas llenas de sal, y el recuerdo de aquella carpa en mitad de la cordillera, y la luz de todas las fogatas que habíamos encendidos juntos. El mundo era un lugar impávido y decoroso. Hasta que un día vi una foto en la que estoy entrando al aeropuerto de Manila, mirando a cámara con una sonrisa excelente. Parezco iluminada hasta los huesos, feliz bajo un cielo tan blanco que parece a punto de empezar a hervir. Y entonces, mirando aquella foto repleta de una vida gigante, tomada en unos años en los que pasaban cosas malas pero en los que nada podía estar demasiado mal, cayó sobre mí una catástrofe, un vendaval de tristeza. Y todo lo que estaba mudo -muerto- revivió y corcoveó bajo ese látigo infame, y me dije que ya estaba bien, que había que moverse y afilar el hacha y encender el fuego. Y así fue como la pena, una vez más, me salvó de la nada, escribió Leila Guerriero.

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Cae la tarde en Intramuros. | FOTO: Mila Ojea

Yo también sonreía la tarde en que pisé el aeropuerto de Manila y me recuerdo feliz de haber llegado tras numerosos percances que estuvieron a punto de paralizar ese viaje. No tardé en aprender que hay ciudades que engullen a sus habitantes, que los mastican y reducen a la nada, que los pulverizan. Ciudades dragón que escupen fuego por sus calles y arrasan las almas de sus pobladores. Pero incluso en esas ciudades -y Manila es una de ellas- se pueden encontrar rincones que reconcilian al viajero con la magnitud de la fría y estática realidad.

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Fuente de la Casa Manila. | FOTO: Mila Ojea

Uno de esos puntos es la calle Real y todo su entorno. Una zona donde la vida bulle efervescente, se lanza a las aceras, sacude las viejas alfombras del olvido, despliega una hamaca y se sienta a ver pasar las horas incandescentes. En la cuadrícula de calles, los turistas –pocos- pasean atentos a todo lo que les rodea, un mundo nuevo, piensan, sacado de lo pasado y lo desastroso. Aquí está el Instituto Cervantes, varios palacios, iglesias, monasterios, escuelas, conventos y museos.

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Edificios del centro histórico. | FOTO: Mila Ojea

Intramuros, el centro histórico de la capital filipina, es una ciudadela con poco tráfico y protegida del resto de la urbe. Desde la catedral fui caminando por esta calle con tramos peatonales, fascinada por los edificios de vivos colores, los inmensos troncos de los árboles y toda la historia que guardan estos adoquines. El estilo colonial se mezcla con las casas que parecen a punto de caer, los tejados de latón y las tiendas abarrotadas de cosas incongruentes, como un bazar erigido con los restos de una guerra.

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Puerta de entrada a Casa Manila. | FOTO: Mila Ojea

La Casa Manila, con una entrada discreta pero preciosa donde el nombre ha sido tallado en piedra, da paso a un patio con fuentes y vegetación. Fue uno de los proyectos favoritos de Imelda Marcos, aquella mujer que (sólo) tenía siete mil pares de zapatos. Esta es la reconstrucción de una casa colonial española del siglo XIX y su estructura fue realizada en 1981. Alberga varias celdas y lo que se considera “la gran casa”, donde se pueden ver sus salones y estancias amueblados con piezas antiguas y profusamente decorados con obras de arte. El guardia que custodia la salida a la plaza San Luis va vestido con el uniforme del ejército colonial filipino y observa el paso de los transeúntes con indiferencia.

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Guardia vigilando. | FOTO: Mila Ojea

Enfrente encontré la iglesia barroca de San Agustín, del año 1607, donde está enterrado junto al altar mayor Miguel López de Legazpi, el primer Gobernador General de Filipinas. En el estacionamiento hay una sede de la cofradía del Santo Niño de Cebú. Esta fue la primera iglesia europea diseñada siguiendo el estilo español en Manila y sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial con daños considerables. Tiene catorce capillas laterales, bancos de madera tallados a mano que datan del siglo XVII, un órgano de tubos del siglo XVIII y un hermoso techo trompe l’oeil.

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Una pareja de recién casados. | FOTO: Mila Ojea

Al lado de la iglesia está el museo de San Agustín, que expone vestimentas, muebles y obras de arte religioso. Pero lo que más llamó mi atención fueron las enormes puertas de madera repujada con diferentes motivos. Aquí los soldados japoneses masacraron a 140 personas durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas estadounidenses se acercaron a Intramuros. Ahora, por fortuna, hay lugar también para el amor y prueba de ello era el suelo lleno de pétalos a los pies de una pareja de novios recién casados que posaban para los fotógrafos en este simbólico lugar.

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Una tarde cualquiera. | FOTO: Mila Ojea

Sin embargo la vida -la vida de verdad-, la que verdaderamente es el alma de este entramado de calles engalanadas de fiesta con cintas de colores, está justo al lado. Apiñados unos sobre otros con total desorden, sin estilo de arquitectura alguna, con las fachadas llenas de carteles publicitarios que sirven también para dar sombra a las viviendas que tras ellos se esconden, están los edificios humildes. Aquellos en los que sus habitantes sobreviven apaciblemente al sofocante calor que impregna esta ciudad, a la humedad desbordante y pegajosa, a la suciedad inevitable, al humo de los vehículos que contamina la tarde, al paso de las calesas con su eco de trote cargadas de turistas.

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Una esquina de la calle Real. | FOTO: Mila Ojea

Y aquí fue donde vi la Manila real. Un hervidero de gentes. Las motocicletas pasaban en todas direcciones, las flores mustias respiraban apenas, los niños cruzaban corriendo sin mirar de un lado a otro, ramilletes de cientos de cables vestían las paredes, un peluquero cortaba el pelo a un cliente de cara a la pared mientras un hombre pasaba por allí con una gallina entre las manos. A pocos metros, en una esquina donde se veía el desgastado cartel que indicaba el nombre de esta calle Real y una advertencia de multa por tirar basura, un hombre charlaba sentado en su hamaca, ocupando toda la acera como si estuviera en el salón de su casa, con otro vecino. En fin, la vida.

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Mezcla de gentes. | FOTO: Mila Ojea

Por algo nació aquí esta inmensa ciudad que desborda todos los límites. Estaba en el kilómetro cero, el centro neurálgico de la ocupación española, hogar de varios miles de colonos con sus familias y sirvientes filipinos. Había gente por todas partes hablando, sacando fotos, comprando comida, caminando, los perros dormitaban bajo la sombra de los toldos, un hormiguero humano en frenético movimiento, una coreografía animada de seres y estares.

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Fachadas de lata. | FOTO: Mila Ojea

Entonces me fijé en un detalle. Todas las ventanas de esos quejumbrosos edificios hechos de chatarra tenían cuerdas de las que colgaban perchas llenas de ropa. A simple vista sólo eran tendederos en los que secar las telas recién lavadas. Sin embargo, las prendas lucían coloridas, planchadas y bien ordenadas. Hasta que me explicaron que en realidad esas cuerdas eran “armarios”. No se trataba de un secadero sino de una forma de ganar espacio, ya que en esta zona de la ciudad se alquilan las habitaciones a varias personas que se ven obligadas a convivir. Esos cuartos son tan pequeños que apenas hay donde colocar las camas y los enseres de los que allí pernoctan.

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Armarios exteriores. | FOTO: Mila Ojea

Esas ropas expuestas al sol eran banderas de la soledad. Cada alma que allí habita sólo tiene derecho a un pequeño espacio, un estrecho reducto, seguramente el que ocupa su cama, para hacer su vida. No cabe nada más. Toca atrincherarse, elevar un fuerte alrededor del corazón y llamarlo hogar. Cada habitáculo es un enjambre de cuerpos y miserias, de horas vacías y catres llenos, de sudores compartidos y pobrezas invisibles. Desde la calle no se sabe. Uno cree ver una cosa y en realidad es otra.

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Salida de la Casa Manila. | FOTO: Mila Ojea

Habitamos una hambrienta soledad. Todos y cada uno de nosotros, incluso cuando nos creemos acompañados o nos rodean cientos de cuerpos. En Manila viven, malviven y sobreviven más de 25 millones de personas. Hay 25 millones de soledades en estas calles. La metrópoli no me engulló, al menos no entonces. En realidad me mostró una cara amable. Fue condescendiente conmigo, quizás entendía mi propia soledad. Merece la pena caminar e intentar ser feliz bajo un cielo tan blanco que parece a punto de empezar a hervir. Mezclarse con la vida, apilar montañas de recuerdos dañados y fluir en medio del caos. Y sonreír, pese a todo, contra todo y por encima de todo.

Habitamos una hambrienta soledad
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