lunes. 22.07.2024

Un pinche estado de ánimo

En la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México se erige la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María de los Cielos. Su largo nombre hace honor a la multitud de detalles e historia que alberga este edificio asediado por el paso de las horas y el envejecimiento.
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Fachada de la Catedral de Ciudad de México. | FOTO: Mila Ojea

Hay una frase en el comienzo de la película “Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades” (Alejandro González Iñárritu, 2022) que define a la perfección el lugar en el que nació su autor: México no es un país sino un pinche estado de ánimo. Así es. Este territorio que ha vivido tiempos duros y muy duros sigue siendo una perla en el mapa mundial, su cultura centenaria tiene un carácter inconfundible, genuino y dramático, y tal vez por eso me gusta tanto.

El film está protagonizado por Silverio, una suerte de alter ego del director, dado que todo lo que en él se cuenta responde a un autorretrato ficcionado sobre la biografía emocional de González Iñárritu. Él lo califica como una confesión sobre su vida: con esta película me rendí, no hay nada que esconder ni de qué avergonzarme: abro mis heridas, mi dolor, mi corazón. Por eso no acepto ciertas acusaciones. Tener 59 años, en fin, tener esta edad da pocas ventajas, pero una es poder otear y hablar de lo ocurrido sin pasar por terapia. Esa generosidad es un acto de valor: si haces una película, que sea tuya, lo otro es artesanía. Esos dolores son difíciles de entender para quienes no han sufrido algo parecido. Si no has encarado estos actos intangibles para los que no hay palabras ni razón, ¿cómo los cuentas? No hay palabra para un padre que ha perdido a su hijo. En todo caso, en pantalla también hablo de la pérdida de un país, la pérdida de la narrativa, la pérdida de la memoria…

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Columnas del interior de la Catedral. | FOTO: Mila Ojea

Detengámonos en este punto: la memoria. Para ello vamos a Ciudad de México y, más concretamente, a la Catedral de esta ciudad desmesurada, apabullante y siempre inacabada. Al norte de la Plaza de la Constitución se erige la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María de los Cielos, que alberga la Arquidiócesis Primada de México. Su origen está en  una pequeña iglesia situada en ese punto que formaba parte del Templo Mayor de la Gran Tenochtitlan y del Templo de Huitzilopochtli. Empezó a ser realidad después de que Hernán Cortés pusiera la primera piedra en 1524 en el cruce de las calzadas que conducían al centro espiritual de los aztecas, donde hoy están los jardines del Templo Mayor. El interior se terminó casi 100 años después y el exterior en 1813.

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Detalle del lateral. | FOTO: Mila Ojea

Por ella han pasado varios estilos arquitectónicos pero todo derivó en una unión social de diversos estamentos: cofradías y hermandades religiosas, autoridades eclesiásticas y gubernamentales, varias clases de grupos sociales. En su corazón guarda restos fúnebres de monarcas y próceres, y las cabezas de los héroes de la Independencia de México. Ha visto pasar la vida y la vida ha pasado sobre ella. Prueba de esto es la verificación de que se está hundiendo debido al peso de sus muros y fachadas. A día de hoy resiste a duras penas los embates del envejecimiento. Lo demuestra el Péndulo de Foucault, colgado en su interior, que da visibilidad a la inclinación de las torres y otras áreas.

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Péndulo de Foucault. | FOTO: Mila Ojea

En una impresionante escena -casi un episodio en realidad- de la película “Bardo”, Silverio camina errante en soledad por la Plaza de la Constitución vacía y envuelta en una niebla onírica, y llega hasta una pirámide hecha de cuerpos semidesnudos, tras la que se ve el perfil inconfundible de la Catedral. El protagonista escala, entre brazos, piernas y cabezas, respirando pesadamente por el esfuerzo, hasta alcanzar la cima. Allí en lo alto, sentado, le espera Hernán Cortés, que declama a gritos frases escritas por Octavio Paz.

-No me haga reír, si usted fue sólo un gamberro, un chacal que avanza ciego por la jungla con su machete, ¡no tiene ni un libro en el cuerpo! – le echa en cara Silverio. –Si su vergüenza fuera proporcional al fracaso que confeccionó su conquista, quizá fuera usted más púdico.

Y Cortés le pide fuego y se enciende un cigarrillo.

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Detalle del órgano. | FOTO: Mila Ojea

-Ya sé lo que está pensando. Han pasado 500 años y siguen echándome la culpa sin entender un carajo –se defiende el conquistador mientras inhala el humo.

-¿Usted no se da cuenta dónde está sentado? –pregunta Silverio en tono impertinente.  

-No se da cuenta usted. Mire a su alrededor, mire esto: la ciudad más grande y hermosa que vi habitada por más de trescientos mil indios.

-No eran indios.

-Bueeeeeeeno… Americanos.

-Tampoco.

-Lo que sea. ¿Cómo cree que cuatrocientos españoles con dieciséis jinetes y algo de pólvora íbamos a llevarnos por delante semejante imperio? Estos indios estaban…

-¡Que no eran indios! –insiste Silverio.

-Bueno, caníbales, se mutilaban y comían unos a otros como salvajes, se odiaban entre ellos. Ahí mismo, en esa esquina, conocí a Moctezuma.

-No. Ahí mismo, en esa esquina, nosotros conocimos Europa.

-Sólo intentamos ayudarlos, Silverio. Les regalamos a Nuestro Señor y nuestra lengua.

-Y la viruela y el sarampión y el miedo al infierno.

-Y la gonorrea.

-Y su ejército y la oligarquía y su Iglesia y trescientos años de virreyes más feos que el infierno.

Ambos ríen.

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Vista del interior. | FOTO: Mila Ojea

-Mire, mire allí –señala Silverio-, enterraron a nuestros dioses para traernos a otro también ensangrentado, torturado, crucificado. No se haga el imbécil, Cortés, usted no fue más que un extranjero útil. Es fácil ganar la guerra cuando el enemigo, nuestro pueblo, se traiciona y se ataca a sí mismo.

-Precisamente yo nunca quise una guerra. Me enamoré de estas tierras –dice mirando alrededor-, de sus gentes.

-Qué palabras tan románticas en boca de un asesino.

-¿Asesino? Yo construí los cimientos para un nuevo mundo. Mis hijos son los primeros mexicanos, por lo tanto yo soy su padre le guste a usted o no. Viví como mexicano y morí más mexicano que nadie.

-Lamento decirle, Hernán, que aquí en México le odian tanto como en España. No hay una sola estatua de usted. A veces pensamos que somos de varios lados pero en realidad no somos de ninguna parte- remata con la silueta fantasmal de la Catedral tras ellos.

-Tal vez el odio sea el destino de todo gran hombre. Y deje de patalear como un niño, Silverio. ¿Por qué se enoja tanto? ¡Ni que fuera indio, zambo o cambujo! Mírese: más criollo y mestizo que mis propios hijos. No, vosotros no queréis ser indios. Ni españoles. Por elección propia están condenados a ser hijos de la chingada. A coexistir en el limbo.

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Fachada principal. | FOTO: Mila Ojea

Ese limbo es, precisamente, el que da título a la película, ya que “bardo” en la cultura budista es un estado intermedio o de transición cercano a la muerte. No significa juglar, no partí de ahí, sino del estado de la incertidumbre. Comparto con el personaje que la memoria no tiene verdad, sino convicción emocional, explicaba González Iñárritu. Esa verdad –que explica al protagonista de qué material primigenio está hecho- golpea desde lo alto de la torre de cuerpos indígenas, oscuros, que proyectan su sombra sobre la fachada de la Catedral mientras amanece.

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Decoración. | FOTO: Mila Ojea

Es difícil ver esta plaza vacía y solitaria, y cuando el sol comienza su ascenso, se llena de puestos de venta de comida y cachivaches, turistas que hacen fotos, taxis ocupados y gentes que vienen a rezar. Es el hormigueo habitual del Zócalo, la zona donde se yergue la catedral más grande de toda Latinoamérica. En las visitas pormenorizadas se pueden recorrer los túneles excavados para paliar el hundimiento del edificio, que permiten observar cómo los cimientos se encuentran exactamente sobre la pirámide de Tonatiuh, el dios del sol.

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La Catedral desde los jardines. | FOTO: Mila Ojea

“Bardo” habla de memorias y miedos, de hogares invadidos por la arena, de infancias y excesos, de catarsis y delirios, de envidias y egos extrapolados, de bebés que se lleva la marea, de triunfos amargos y exilios, de mechones de pelo guardados en una bolsita de plástico, de choques culturales y lingüísticos, de peces moribundos en un vagón de tren inundado. Nos lleva a esa mañana de niebla e historia, se ríe de sí misma pero también se interroga y apuñala una y otra vez en busca de su identidad.

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Altar del Perdón. | FOTO: Mila Ojea

Silverio es el espejo de un Alejandro apátrida. Como a esa Catedral, le ha atropellado el tiempo y le ha pasado facturas imposibles de pagar. Ha soportado inundaciones, guerras, incendios y otras catástrofes. Sus ladrillos conocen todas y cada una de las capas y sustancias de la memoria. No olvidemos que en ningún momento estamos en un país sino en un pinche estado de ánimo. A veces pensamos que somos de varios lados pero en realidad no somos de ninguna parte.

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