martes. 28.05.2024

Quiero estar en el lado de la belleza

El bosque y los Alpes Julianos protegen el pequeño pueblo de Planina Zajavornik, donde sólo se escucha la brisa y las campanillas de las vacas. Un lugar perfecto para detenerse a respirar y sobreponerse del ruido de la vida cotidiana.
198
Una cabaña envuelta en el bosque del pueblo esloveno Planina Zajavornik. | FOTO: Mila Ojea

Cheryl Strayed es una mujer que está viviendo una profunda crisis vital después de pasar los años convulsos que van desde su niñez hasta su último tramo de juventud. Ha vivido intensamente, devorando hasta la última gota de la botella de su historia personal, y cuando esta se ha acabado, ha tocado fondo. Está completamente perdida y no sabe cómo empezar de nuevo, cómo rehacer todo lo que ha roto en su trayectoria. Pero un día, por casualidad, ve en un estante de un kiosko una guía para hacer el Sendero del Macizo del Pacífico, una travesía que parte de la frontera de México y llega hasta Canadá, y siente un pálpito. Algo dentro de ella le dice que hay una respuesta esperándole si está dispuesta a andar durante tres meses los 1.600 kilómetros hasta alcanzar la meta.

199
Cabañas en el silencio del bosque. | FOTO: Mila Ojea

Voy a caminar hasta ser la mujer que mi madre creía que era. Quiero estar en el lado de la belleza, se dice a sí misma. De modo que prepara una mochila llena de cosas útiles e inútiles, la carga a su espalda y empieza el recorrido. Nada va a ser fácil: quiere superar el divorcio de su marido Paul, la culpabilidad por haberle sido repetidamente infiel, la muerte de su madre, un aborto, un paseo en profundidad por el lado salvaje de las drogas, y un padre alcohólico y maltratador.

200
Vacas pastando. | FOTO: Mila Ojea

Paso a paso irá avanzando por diferentes territorios, cruzará desiertos, montañas nevadas, escalará rocas y cruzará ríos y prados. Encontrará gente que le ayudará, a veces se sentirá amenazada, tendrá miedo, reirá con una botella de refresco de limón en la mano, recibirá paquetes con libros y botas nuevas, su soledad le desafiará continuamente, pasará hambre y se deshidratará, y disfrutará de puestas de sol que iluminarán su catarsis. En los diferentes puntos de la ruta dejará escritos versos de sus poetas favoritos en los libros de firmas que atestiguan su paso. También irá tomando notas en un cuaderno de todo lo que pasa por su cabeza y recuerda. A veces pierde el ancla de la realidad y se le aparece un zorrillo que le mira en silencio y ella intenta comprender. Sólo hay un final de camino: la redención.

201
Los Alpes Julianos en la niebla. | FOTO: Mila Ojea

En agosto del 95, después de pasar la noche con un hombre que ha acariciado las heridas de su espalda y reflexionar a la orilla de un río de Oregón, escribe: querido Paul, esta mañana me he levantado y he escrito tu nombre en la arena. Lo he escrito en todas las playas en las que he estado desde que te conocí pero no voy a volver a hacerlo. Estoy preparada para continuar. Sólo me quedan otros quinientos kilómetros por recorrer. Estoy impaciente por que esto termine. Pero también me aterra. Cuando acabe sólo tendré veinte centavos en el bolsillo pero tendré que empezar a vivir. Y no estoy preparada. Después arranca esa hoja de su libreta y la quema en un hornillo.

202
En la calma de la naturaleza. | FOTO: Mila Ojea

En el día 80 de su viaje, camina por un bosque tupido lleno de musgo, deleitándose con la magia del ambiente, cuando de pronto encuentra un ser imponente: una llama cargada de bolsas. Se acerca a ella con cariño y sujeta su cuerda. Enseguida aparecen una mujer con un niño pequeño y un perro, que estaban buscando al animal.

-Yo soy Vera, él es Kyle –se presenta la mujer.

-Y yo soy Cheryl. ¿Os lo estáis pasando bien?

-Me lo estoy pasando de maravilla, gracias por preguntar –dice el niño con una educación exquisita.- Ella es mi abuela, me está cuidando porque tengo un problema del que no debería hablar con desconocidos.

203
Abejas libando una flor. | FOTO: Mila Ojea

Las mujeres intercambian sus miradas desconcertadas y Cheryl rompe la tensión del momento diciendo:

-Pues no tienes por qué hablar de él. Pero todo el mundo tiene problemas. Yo también los tengo.

-¿Qué clase de problemas? –pregunta Kyle con inocencia.

-Bueno… Tengo problemas con mi padre. Ya no lo veo nunca.

-Yo tampoco. ¿Y tu mamá?

-Murió –responde Cheryl con un hilo de voz. Kyle mira a su abuela y Cheryl también. –Pero, verás, los problemas no duran para siempre. Se convierten en otra cosa.

-¿Cómo murió? –interroga el niño, muy serio.

-Hum… Se puso muy enferma.

-Mi madre es cantante. Me enseñó muchas canciones. ¿Quieres que te cante una?

-¡Sí! –pide Cheryl con una sonrisa.

204
Soledad y silencio. | FOTO: Mila Ojea

Entonces el niño entona con su vocecita infantil: dicen que de este valle te marchas / tu sonrisa yo voy a añorar / no te lleves el sol que brillando / alumbraba el camino al andar. / Ven y siéntate aquí si me amas / no hay prisa en decirnos adiós / y si quieres recuerda este valle / y a aquel que a ti tanto te amó…

Cheryl esboza una sonrisa y, emocionada, sólo alcanza a decir:

-Es muy bonita. Gracias.

La abuela y el niño regresan por donde vinieron y Cheryl camina en dirección contraria, adentrándose en el bosque. Al perderlos de vista, de pronto, como si un rayo le hubiera partido en dos, se deja caer de rodillas y se rompe completamente por dentro, con un llanto incontenible, mirando al cielo.

-Te echo de menos. Dios, te echo de menos…

205
Una mañana en la rutina del campo. | FOTO: Mila Ojea

En un claro del espeso bosque en medio del Parque Nacional de Triglav dormita toda esa belleza exuberante de la corteza resquebrajada, la humedad en las agujas de los pinos, las cabañas humeantes, el laberinto de ramas y flores. Es el pueblo esloveno de Planina Zajavornik. En el corazón de las montañas queda a la vista este reducto primitivo donde la vida transcurre a otro ritmo. Las abejas se pasean con sus cuerpos escarchados de polen por el intrincado pelaje vegetal de las flores, las vacas pacen entre la musicalidad de sus cencerros y las cumbres de los Alpes Julianos se disuelven en niebla allá a lo lejos. Apenas hay voces, sólo el silencio pulcro del granero y el paso invisible de los minutos.

206
Casas y graneros. | FOTO: Mila Ojea

Sucede igual que en la película “Alma salvaje” (Jean-Marc Vallée, 2014). En cualquier momento podemos cruzarnos con Cheryl en el sendero de grava que llega hasta el silo e intercambiar una tímida sonrisa como saludo.

No se sabe qué es lo que hace que pase una cosa y no otra, escribe Cheryl en las hojas de su cuaderno que después quemará en una hoguera. Qué lleva a qué. Qué destruye qué. O qué hace que prospere. O muera. O tome otro rumbo. ¿Y si me perdono a mí misma? ¿Y si me arrepintiera? Pero si pudiera volver atrás en el tiempo, no haría nada de forma distinta. ¿Y si quise acostarme con todos y cada uno de esos hombres? ¿Y si la heroína me enseñó algo? ¿Y si todas esas cosas que hice fueron las que me trajeron aquí? ¿Y si nunca fui redimida? ¿Y si ya lo estaba antes?

207
Bajo la protección del bosque. | FOTO: Mila Ojea

Casi cien días después de haber comenzado, el 15 de septiembre del 95, Cheryl llega con los bolsillos vacíos al Puente de los Dioses, donde la singladura acaba. Tardé años en ser la mujer que mi madre había criado. Tardé cuatro años, siete meses y tres días en lograrlo. Sin ella. Después de perderme en la jungla de mi dolor, encontré mi propio camino fuera de aquel bosque. Y ni siquiera sabía a dónde iba hasta que llegué allí, el último día de mi ruta. Gracias, pensaba una y otra vez, por todo lo que me había enseñado el sendero y todo lo que aún no podía saber. Me bastaba con saber que ya no necesitaba tender mis manos, que viendo los peces bajo la superficie era suficiente. Que eso lo era todo. Era mi vida, como todas las vidas, misteriosa, irrevocable y sagrada. Tan cercana. Tan presente. Tan sumamente mía. ¡Qué salvaje era dejar que todo fluyera!

Quiero estar en el lado de la belleza
Comentarios