sábado. 15.06.2024

Regreso a la cueva

Los suecos conocen la importancia del color y por ello han diseñado unas estaciones de Metro que conforman la galería de arte más grande del mundo. Bajo el suelo de Estocolmo nos movemos entre luces incendiarias, ramas salvajes y vibrantes arcoíris.
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Rådhuset, estación del Metro de Estocolmo. | FOTO: Mila Ojea

Explicaba el poeta Mario Obrero que las cuevas pueden ser ese sueño sumergido porque son bolsas de aire, son pálpitos que están a lo largo del tiempo y que parece que van a otro ritmo, y digo pálpitos porque a las cuevas se baja normalmente con poca luz y toda ella artificial. Si sabemos movernos en una cueva es por nuestro cuerpo, por nuestro tacto, por ir a tientas haciendo un mapa del territorio y ese ir a tientas en galego se dice “ir as apalpadelas”, expresión que nos puede recordar a “palpar” pero también a “palpitar”, como lo hace un corazón, y es que las cuevas son un poco el corazón de la tierra.

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Restos arqueológicos en el corazón del Metro. | FOTO: Mila Ojea

Hoy bajamos a la cueva, y no a una cualquiera escondida en un bosque o como cerrojo de una montaña, sino a la que está considerada como la galería de arte más larga del mundo. Les hablo del Metro de la ciudad de Estocolmo, que no es únicamente un medio de transporte sino una colección de galerías decoradas de diferentes estilos que les harán desear pasar más tiempo del necesario bajo tierra.

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Un barco en busca del mar. | FOTO: Mila Ojea

El Stockholms Tunnelbana empezó a construirse tras la Segunda Guerra Mundial, en 1944, y abarca toda la ciudad y el área metropolitana mediante siete líneas y cien estaciones. La primera línea se puso en funcionamiento en 1950 uniendo Slussen con Hökarängen. Los artistas locales contemporáneos empezaron a transformarlas por encargo en lugares llenos de color, con rincones que almacenan figuras antiguas o restos arqueológicos, mosaicos, pinturas que simbolizan diferentes motivos y relieves. Hay hasta un barco metido en una vitrina, varado en medio de un pasillo, esperando allí dentro, pacientemente, el regreso del océano.

Entre escaleras mecánicas y letreros de direcciones, los suecos revolotean por aquí para dispersarse hacia sus casas, oficinas o parques, en sus rutinas diarias. Cada estación promueve una temática y estética propia, haciendo de los túneles de conexión, andenes, grutas y accesos un lugar agradable por el que caminar.

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Estación T-Centralen. | FOTO: Mila Ojea

La estación T-Centralen que unifica todas las líneas partiendo del distrito de Norrmalm, por ejemplo, está decorada con azulejos azules y blancos de los años 50, los mismos colores empleados para dibujar unas enredaderas, a modo de pinturas rupestres, que escalan por la piedra suavemente. Desde este punto parten las principales líneas de Metro y resulta de lo más confortable moverse bajo el auspicio de esas hojas de color marino que se ciernen sobre nuestras cabezas como un manto protector. “El andén azul”, como le llaman cariñosamente, fue diseñado por el artista Per Olof Ultvedt, que eligió los tonos por sus valores estéticos y por su acertado efecto relajante.

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Estación Kungsträdgarden. | FOTO: Mila Ojea

Kungsträdgarden, sin embargo, representa un jardín francés subterráneo. Los suelos parecen una tabla de ajedrez interminable y esa monotonía del blanco y negro es rota por los techos pintados de múltiples tonos con figuras geométricas que simulan cristales o piedras preciosas. El acceso a esta zona son pasillos de techos verdes en los que nos puede sorprender alguna estatua réplica del Palacio Makalös que había antes aquí o una colección de columnas antiquísimas rescatadas de excavaciones arqueológicas.

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Columna en la caverna. | FOTO: Mila Ojea

Por el contrario, Thorildsplan es una mirada futurista, decorada con murales temáticos de videojuegos, estética de 8 bits y dibujos de comecocos, homenaje descarado a los prolíficos años 80 en los que crecí y que tanto añora mi generación. Esta estación está a nivel de calle en el centro de la ciudad. Fue construida en 1952, pero la obra pixelada de Lars Arrhenius, añadida en 2008, se diseñó con la condición de usar únicamente azulejos. El artista explicó que se inspiró en los cruces de calles elevadas como intrincados niveles de los videojuegos.

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El arcoíris de la estación de Stadion. | FOTO: Mila Ojea

En Stadion nos saludará o despedirá un techo azulado con un arcoíris brillante bajo el que los niños caminan boquiabiertos. El distrito de Östermalms, en el que se encuentra, celebra anualmente el festival del Orgullo Gay. Pero el motivo de tan colorida gruta va más allá de lo evidente: está demostrado que la sociedad sueca es tendente a la depresión y la bajada al subsuelo está asociada al inframundo, por lo que se buscó una manera de alegrar este espacio. Además, sus diseñadores, Åke Pallarp y Enno Hallek, quisieron hacer un guiño al cercano Estadio Olímpico de Estocolmo, donde se celebraron las Olimpiadas de 1912.

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Bajo un techo de colores. | FOTO: Mila Ojea

Solna Centrum presenta un ácido paisaje que parece derretirse por sus paredes. Los colores verde y negro son el bosque, el rojo un atardecer donde el sol se pone tras los árboles. Karl-Olov Björk y Anders Åberg imprimieron un toque político a la instalación, ilustrando temas sociales polémicos en la Suecia de los 70 como el medio ambiente, la tala excesiva de bosques y la despoblación de las zonas rurales.

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Un incendio de luz en Rådhuset. | FOTO: Mila Ojea

Pero la más impresionante para mí resulta ser Rådhuset. Esta caverna alberga el alma genuina de los vikingos, con paredes de tierra y un techo abrupto que parece iluminado por las llamas de una hoguera. Es sin duda la más sencilla de todas pero al entrar en ella uno siente un fogonazo de asombro cálido, un hallazgo familiar e inexplicable. Como si todo fuera a arder, mientras subía por la escalera metálica estaba convencida de que aparecería un bisonte negro formidable respirando pesadamente y esperándome al final del último escalón. Tal vez un cometa pasara justo en ese momento más allá del rótulo con su nombre. Bajar aquí es entrar en otro mundo, sospecho.

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Saliendo de la cueva. | FOTO: Mila Ojea

Nos comportamos en una cueva como con el amor, como con los afectos, desde lo ilegible, desde la dependencia, en el tacto, en lo que vamos sintiendo y desde ese tejer pequeños mapas cuando no hay luz. La cueva es la posibilidad de un espacio escondido o lo que viene siendo algo similar, ignoto para las geografías mayoritarias. Esto significa que las grutas, con su lenta transformación geológica, detenidas en otro tiempo en realidad, pueden ser necesarios espacios para convertirse en mil cosas: en una cárcel, en un escondite, en una universidad, en un salón de baile o una sala de conciertos o un templo pagano, seguía diciendo Mario Obrero.

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Colorido punto de encuentro. | FOTO: Mila Ojea

Como una matriz acogedora, esta cueva moderna es refugio y es amparo. Hay una ignorancia del exterior que resulta apaciguadora, una cápsula del tiempo en el que no sentimos peligro alguno. Da igual si amanece y un sol blanco nos ciega, qué importa si la noche se cierne como un manto de oscuridad esponjosa. Más de doscientos mil pasajeros transitan a diario esta red de túneles convertida en galería de arte que facilita su vida. Somos cuerpos que se cruzan una y otra vez en el universo, comparten un cigarrillo, se miran sin decir nada, tienen prisa –no sabemos por qué pero la tienen-, se agitan con las turbulencias, hacen más bello el mundo, conversan, ríen y ordenan ideas, amasan pan o se enamoran hasta la histeria. Pero nunca, NUNCA, dejaremos de sentir.

Regreso a la cueva
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