lunes. 15.04.2024

Yo os pienso a este lado de la vida

El valor histórico y cultural del Museo de Máscaras de Chichicastenango va más allá al atravesar las puertas y sumergirse en una experiencia sensorial de objetos, leyendas y memorias. Hay un trozo de Guatemala guardado y protegido aquí para siempre que nos habla de quiénes somos y quiénes seremos.
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Patio del Museo de Máscaras Ceremoniales en Chichicastenango. | FOTO: Mila Ojea

¿Qué sería la vida sin color?, me preguntaba mirando hacia el cielo en el patio del Museo de Máscaras Ceremoniales de la ciudad de Chichicastenango. Mi ruta por Guatemala ya me había demostrado que este país se vive con una variedad infinita de sensaciones cromáticas: murales, telas, fiestas, mercados, flores, calles… Recalé en este rincón apartado del centro, siguiendo la calle a la que da sombra su cementerio singular y colorido como ningún otro, en dirección sur al Cerro Pascual Abaj, dejando atrás el jolgorio y las voces del mayor mercado de Latinoamérica un jueves cualquiera de febrero bajo un sol blanquecino y seco.

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Entrada al museo. | FOTO: Mila Ojea

Su valor histórico y cultural va más allá al atravesar las puertas y sumergirse en una experiencia sensorial de objetos, leyendas y memorias. Hay un trozo de Guatemala bien guardado aquí, expuesto pero oculto al mismo tiempo, que nos habla del camino que han recorrido sus gentes con creencias arraigadas y presentes a día de hoy. No sólo se exponen las máscaras, también hay trajes ceremoniales de danzas, indumentaria de duelos, figuras representativas de su densa mitología y piezas usadas en festividades religiosas.

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Máscaras de madera tallada. | FOTO: Mila Ojea

Las primeras máscaras fueron talladas en cedro con estuco, piedra o barro cocido. Las actuales se elaboran en las morerías con pino blanco, una madera más blanda y manejable. El artesano vacía la madera en bruto y le da una primera forma con un machete. Después se sirve de formones y gubias para los procesos más complejos, que darán los rasgos característicos de la máscara. Con estas herramientas finalizan vaciando la parte interior para adaptar la pieza al rostro. Una vez hecho este paso se pintan a mano utilizando pinturas al aceite. Es entonces cuando entra en juego la creatividad del autor y la máscara se convierte en una obra de arte.

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Un rincón del colorido patio. | FOTO: Mila Ojea

Fue el historiador y sacerdote maya Luis Ricardo Ignacio el que fundó este espacio en 1970 con una colección de máscaras ceremoniales de dos siglos de antigüedad. Las ubicó en una de las casas más antiguas de Chichicastenango, la última de la calle, con varios edificios, un jardín y un pequeño patio que es la alegría del lugar. En este punto del museo han puesto las mesas del restaurante que atiende a los que allí llegamos con platos sencillos pero sorprendentemente deliciosos. Entre los paraguas de arcoíris que dan sombra al patio asomaba tímidamente una primavera de risas y mimosas, fuimos tan felices allí, hablando y esperando las viandas antes de subir al cerro.

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Detalles de la exposición. | FOTOS: Mila Ojea

Hay visitas guiadas pero también se puede ver el museo por libre. Permiten estar allí en soledad, se da por hecho el respeto del visitante. Esta sensación de intimidad, de ausencia de prisa, es ideal para disfrutar de cada detalle que se ofrece en mesas y paredes. Hay una historia en cada objeto y la imaginación del viajero puede volar. Se establece un vínculo entre el que mira y lo que es mirado. Podemos acariciar los bordados y abalorios de un vestido, los huipiles apilados en un cesto, las plumas de los tocados, apreciar los simbolismos. Se mezcla lo religioso con lo pagano y lo humano con lo animal en perfecto equilibrio. 140 años de historia están contados en esta exposición.

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Huipiles artesanales. | FOTO: Mila Ojea

De todo lo allí exhibido, por supuesto las máscaras son lo más importante. Hay paredes enteras de las que cuelgan ordenadas, de muchos tamaños, representando diferentes animales o rostros imaginarios. No sólo se expone, también se preserva el folclore local. El museo tiene un taller donde se recuperan piezas desgastadas por el tiempo y se guardan de la intemperie. Las máscaras son parte fundamental de la cultura y espiritualidad de la región quichelense. Se han utilizado en la danza de La Serpiente, Los Pascarines, Moros y Cristianos, La Conquista, El Venado, Los Monos, el Palo Volador o El Torito.  Como dirían allí: ¡qué chilero!

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Máscaras históricas. | FOTO: Mila Ojea

Han estados presentes desde tiempos prehispánicos, ligadas al país en toda su extensión. Su función no es únicamente cubrir el rostro, es un elemento transformador de quien las porta. El danzante adquiriere las habilidades y características personalizadas de la figura que representa su máscara y alcanzan su máxima expresión en los bailes tradicionales. Es un bestiario de colección. También se han encontrado máscaras de jade para rituales mortuorios.

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Iconografía de Guatemala. | FOTO: Mila Ojea

Luis Ricardo Ignacio y su hijo Iván Ignacio Calel perpetúan el arte maya que su familia les ha transmitido durante generaciones. Cuentan que las máscaras primigenias eran de oro y plata. Las que ellos tallan en la actualidad son de madera a la que después agregan tintes exentos de química –un secreto que sus abuelos pasaron a su padre- con delicadeza y minuciosidad. Es un trabajo que ayuda a mantener viva nuestra identidad, explican mientras deslizan el pincel suavemente por los huecos. También se quejan de que la juventud no tiene interés en la tradición, acomodados en el presente, y que posiblemente todo esto se acabe perdiendo. Ya no queda tiempo ni herencia.

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Máscaras de colores. | FOTO: Mila Ojea

En esta fuente bebieron mis antepasados. De esta aldea salió mi bisabuelo materno para hacer fortuna en Cuba, dedicarse a ser rentista el resto de su vida y emparentar su linaje humilde con la familia noble de mi abuelo Ulloa, a quienes entonces apenas les quedaba el pazo de Santa Cruz (y se les venía abajo). Vengo a esta fuente a beber de su misma agua en la vieja Peugeot que siempre funciona. Apenas un paseíto para recobrar la salud y dejar que la sustancia del cuerpo recuerde de dónde viene. Antepasados, yo os pienso a este lado de la vida, bebo el mismo agua que habéis bebido y subo a la sierra desde donde todo se ve, dejó escrito Carlos Risco.

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Color a raudales. | FOTOS: Mila Ojea

Tómense un tiempo para encontrar su máscara. Seguro que hay una que les representa. Miren con atención, estudien los detalles. Cuando la vean, en apenas un segundo, sabrán cuál es. Les mirará de frente, como un tigre alerta. Sientan todo lo que esa figura cuenta: descubrirán algo de ustedes que no sabían. Esa sensación ya nunca les abandonará. Más adelante sabrán que fue la máscara la que les encontró. Descubrirlo será un instante de desconcierto, un sobresalto nítido, un momentáneo guiño invisible. Un carácter que desconocían traducido en un pico de loro, en un ojo de ciervo o una cresta de gallo. Habrán dado un paso hacia la profundidad y toca decidir si van a continuar por ese camino. Les será otorgada una cara del poliedro nunca antes vista, la parte en sombra de la luna.

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Detalles y flores. | FOTO: Mila Ojea

Y ahora viene lo interesante. De esas cientos de máscaras colgadas en las paredes, sólo una les refleja y propone un ejercicio de honestidad suicida. Hablo de dicotomía, de proyección, de adentrarse en tierra de nadie. Esa tierra somos cada uno de nosotros. Habrá misterio, exploración, excavación de lo remoto, el ladrido de un perro azul, erosión de la atmósfera, ecos de catacumba que les empujarán hacia el futuro. Poros, espinas y sangre caliente: lo que somos. Todo en una pieza de madera tallada y barnizada que alguien pensó y modeló.

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Salida hacia el cerro Pascual Abaj. | FOTO: Mila Ojea

¿Qué sería la vida sin color?, me preguntaba después de haber atravesado el patio y seguido el sendero hasta lo alto del cerro Pascual Abaj. Desde allí veía el museo –apenas unos puntos fluorescentes abajo entre los árboles-. Había cambiado toda la perspectiva, la que era entonces y la que seré en ese mañana que desconozco. La ciudad se desplegaba a mis pies, un laberinto de callejuelas y tejados rebosantes de vida y movimiento, un hormiguero febril y descomunal, con esa parte anclada en el pasado que es el encanto mismo de su existencia. Un lugar imposible de los que apenas quedan, sumido en un tiempo que agoniza. Antepasados, yo os pienso a este lado de la vida.

Yo os pienso a este lado de la vida
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