Luns. 04.03.2024

Mi lugar en el mundo

Los indios navajos, legítimos dueños de Antelope Canyon, describen este lugar como una experiencia espiritual similar a entrar en una catedral. Cuando sentí su corazón de luz supe que había encontrado mi lugar en el mundo. Y dejé allí mi alma guardada para siempre.
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Un rayo de sol ilumina el interior de Antelope Canyon | FOTO: Mila Ojea

Cumplo 50 años y me parece una ocasión estupenda para hablarles de mi lugar favorito del mundo que he recorrido hasta hoy. Permanezco alerta y a la espera de dar con otro punto del mapa que supere mi pasión por este, pero de momento sigue siendo el número uno en mi ranking de tesoros visitados, la joya de mi atlas sentimental.

Desde que vi una fotografía por casualidad de esta formación geológica escondida en el desierto de Arizona, no paré hasta llegar a ella. Eso sucedió en agosto de 2016 y la experiencia superó todas mis expectativas. El destino además se puso de mi parte ya que, aunque uno haya conseguido la reserva con antelación para la visita, no está asegurado el permiso de entrada debido a circunstancias meteorológicas que puedan poner en peligro la vida de los viajeros que llegan hasta aquí.

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Sinfonía de colores en el cañón. | FOTO: Mila Ojea

Les hablo de Antelope Canyon, un cañón de ranura que la naturaleza ha erosionado y cavado en el condado de Coconino, cerca de la ciudad de Page. Su estructura caprichosa, formada durante miles de años gracias al agua y el viento en un fenómeno llamado epigénesis, es fuerte y débil a la vez. Vive en la condición de poder desaparecer en cualquier momento, en cuestión de minutos, por derrumbe o ahogamiento. Esa fragilidad no hace más que aumentar su abrumadora belleza y valor a todos los niveles.

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Paredes peinadas por el tiempo. | FOTO: Mila Ojea

Este lugar embargado por una energía cósmica pertenece a los indios navajos, cuya reserva indígena se asienta en estas tierras. Como propiedad particular, sólo ellos están autorizados para mostrar el cañón, de modo que no se puede ir libremente y recorrerlo al antojo de cada uno. En parte se justifica para que no vuelva a suceder una desgracia como la del año 1997, cuando una inundación relámpago segó la vida de once personas allí dentro. Desde entonces, si hay la más mínima alerta de lluvia en cuarenta kilómetros a la redonda, se suspenden todas las visitas. Aunque no es un lugar proclive a las riadas, las lluvias torrenciales de la región pueden provocar corrientes de agua incontrolables en cuestión de minutos.

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Sol y roca. | FOTO: Mila Ojea

Cuando uno llega a esta formación rocosa, lo primero que verá es una grieta vertical y estrecha que divide la fachada en dos partes. Esa es la entrada natural a la maravilla, la puerta que abre un paraíso escondido. Me gusta imaginar al primer navajo que vino aquí, inclinó su cabeza hacia atrás visualizando la ranura y decidió asomarse a lo que había allí dentro, seguramente lleno de temor. Pero como dijo Leonard Cohen: hay una grieta en todo, así es como entra la luz. No hay frase que defina mejor el lugar en el que entramos hoy, aquí.

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Cascada de arena. | FOTO: Mila Ojea

Yo pasé ese umbral acompañada por nuestro indio navajo, un ser enorme de piel oscura y carácter bonachón, que nos fue explicando la historia de este lugar, la formación pausada de esas formas, el significado de cada rayo de sol colándose por las mínimas rendijas, el cielo abierto en las zonas más despejadas y la cultura de su pueblo. Nos guio por los doscientos metros que discurren por este desfiladero natural, yo totalmente desbordada por la emoción y el deslumbramiento. Todo, absolutamente todo, me superó: la cálida luz, la sensación orgánica de mezclarme con la pared, la textura acuática de la arena, el aura de esas columnas pétreas construidas con paciencia y colores. Tiempo, tiempo, tiempo: todo aquí es tiempo. Y belleza.

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Luces y sombras. | FOTO: Mila Ojea

Por supuesto es muy importante la estación del año y la hora a la que uno hace la visita, dado que el sol entra en distintas posiciones a lo largo del día, con mayor o menor intensidad, y hace de este un paisaje cambiante y vivo, en evolución constante. Hay paredes que alcanzan los cuarenta metros de altura aunque el corredor es completamente llano y no supone dificultad alguna. Es una geografía singular y retorcida, una alianza de naturaleza y clima, el mejor paseo de mi vida. Estaba en tierra sagrada y nada podía hacerme daño. Al finalizar el sendero y salir de nuevo al horizonte desértico, me senté a digerir mi entusiasmo. Sentí que había recorrido flotando ese camino, me habitaba un grito de felicidad absoluta y radiante, temblaba como un junco en la marea. Entonces el navajo nos habló así:

-Ya habéis atravesado el desfiladero conmigo. Ahora volveremos y será vuestro momento de libertad, ese en el que podéis caminar al ritmo que elijáis, e iréis haciendo fotos y observando y pensaréis que todo está igual a cuando habéis entrado –hizo una pausa dramática. Y añadió:-  Pero todo habrá cambiado.

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Dentro del paisaje. | FOTO: Mila Ojea

Así fue. Desandamos el trayecto, volvimos y todo era distinto. Pero todo estaba en paz, quieto, iluminado. Podía sentir el latido vibrante del mundo allí dentro. No había premura alguna así que me dediqué a disfrutar. Había encontrado mi lugar. Era como recorrer un cuerpo estático por dentro, con sus órganos, sus entrañas horadados por las horas, las estrías de sus convulsiones. El grupo se fue adelantando y yo, como si nadara, fluía en aquella corriente irisada de rojos, naranjas, violetas, ocres, marrones. Un océano aterciopelado de color.

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Las grietas del tiempo. | FOTO: Mila Ojea

El indio se quedó conmigo y me acompañó en la caminata. Fuimos conversando, sin prisa, con evidente curiosidad de uno por el otro. Me explicó que la parte superior del cañón se llama Tsé bighánílíní en navajo, que significa “el lugar donde el agua corre a través de las rocas” y la inferior Hazdistazí o “los arcos de roca en espiral”. Le conté que había llegado allí por una foto y sonrió.

-He venido a América sólo por ver este lugar- confesé. Llevaba para entonces unos miles de kilómetros a mi espalda pero había alcanzado mi destino. Me dio las gracias, unas gracias solemnes, por mi respeto a su territorio milenario y sacro. Antelope es un símbolo de dones y poderes de la madre naturaleza, sus legítimos dueños lo describen como una experiencia espiritual similar a entrar en una catedral.

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En el corazón del cañón.

A punto de salir ya, de pronto se detuvo y miró a su alrededor. Nos habíamos quedado solos en una zona diáfana, como un gran vientre de ballena en medio de esa coreografía esculpida de ondulaciones arañadas por la vida. Teníamos una perspectiva omnisciente de ese mar sólido y encendido que nos abrazaba.

-Espera. Quédate ahí- me pidió. Tomó mi cámara entre sus manos y me hizo unas fotografías envuelta en mi soledad. Me sentí tan pequeña, un minúsculo punto en el universo, con todas mis grietas también abiertas por dentro para que entrara la luz. Silencio y tiempo, todo para mí. Un instante perfecto. Destellos y claroscuros, un antes y un después.

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La magia de la luz. | FOTO: Mila Ojea

También ahora estoy en un antes y un después. Termina una etapa, comienza otra. Ya sé quién soy y sonrío ante lo que está por llegar. Conozco todas mis guerras, mis puntos de fuga y los perros que ladran dentro de mí. He aprendido mucho de ese trapo sucio llamado amor Carlos Zanón dixit-. Me perdono con total condescendencia, el olvido no me dará caza. Soy inmune a ciertas cosas pero otras me siguen matando. Guardo un puñado de balas en el bolsillo. Me pierdo y me encuentro, me asomo a la hondura, me doy mis treguas. Avivo el fuego, me habita un trigal dorado, un verano cuajado de delfines y en esta colina moriré. Nunca el limo revestirá mi corazón, jamás mi alma será tierra yerma. Me quiero indomable, intensa y animal. Oh, sí. Aspiro a cosas sencillas: la serenidad, una playa infinita bajo el asfalto, el olor de la tormenta, sentarme frente a la montaña y permitir que me hable, inviernos suaves, que me quiera quien yo quiero que me quiera. Y agradezco, todos y cada uno de mis días, los sueños que la vida me ha dejado cumplir y la sabiduría que me dieron los libros, mi tribu y la carretera.

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Techos abiertos de la catedral. | FOTO: Mila Ojea

Me despido de mis primeras cinco décadas con “Mujer que dice chau”, un texto de Eduardo Galeano que, como un espejo, lleva acompañándome toda la vida: Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ese fue el día en que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar.)

No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

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