Sábado. 02.07.2022

La piel azulada del mundo

Nos asola la barbarie y es tiempo de valientes, por eso hemos de vivir en la esperanza de que algo bello nacerá después de todo. Seremos testigos de ello, igual que las gaviotas de Nonza, un pequeño pueblo de Córcega, sobrevuelan el tapiz azul del mar.
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El agua de la playa de Nonza, una lámina azul infinita. | FOTO: Mila Ojea

Hay viajes que precisan poco equipaje. O un equipaje ligero, apenas perceptible, imposible de enumerar en una lista. Son aquellos que se hacen con el motor de la memoria, con lo perdido, con la ausencia de regreso. El viajero navega dentro de ellos en cualquier instante robado al tiempo, en las largas esperas, en los desolados inviernos. En el vaivén de las olas.

Celebremos la alegría de vivir volviendo a lugares solitarios y detenidos. A un café en una tarde lluviosa, a una plaza porticada sobrevolada por las palomas, a la sombra de una palmera impresa sobre la hierba, al sonido de las campanas bailando entre tejados, a la elegancia de una fotografía en blanco y negro, a un libro abierto frente a una copa de vino. No hace falta un rumbo ni una partitura. Sólo las ganas de estar vivos. Ahora, cuando el mundo estalla a nuestro alrededor.

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Las casas de Nonza asomadas al mar. | FOTO: Mila Ojea

Hoy descansamos en una playa hecha de tiempo y marea. Hecha de salitre, volcán y perseverancia. Los mismos materiales de los sueños. El mar forma parte de todos nosotros. Por eso llegué al pequeño pueblo de Nonza, en la costa norteña de Córcega, y me enamoré de esta solitaria extensión de arena negra.

Para bajar a este paraíso de un kilómetro de extensión tendrán que caminar durante unos veinte minutos, pero merecerá la pena. Está prohibido el acceso pero nadie vigila ni hay peligro alguno. Ese es el premio: la soledad. Y pisar esta arena oscura, cuyos colores son el resultado de los efectos de una mina de asbesto y otros minerales que se han ido diluyendo hasta posarse aquí. La mina desapareció en 1965 pero sus efectos permanecen en la playa.

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Vista de la playa. | FOTO: Mila Ojea

El contraste de esa arena terrosa, de ese azúcar quemado, con el azul luminoso del agua es un prodigio. El gris de la roca y la suavidad de las olas dibujan un espejismo eterno. A su alrededor, un verde exuberante lo cubre todo. Plantas, flores y olivos. El vuelo sutil de las mariposas y los naranjos agitados por el viento, perfumando el aire. Hay inscripciones en la arena y dibujos que parecen petroglifos. La gente viene aquí a grabar sus iniciales como señal de su existencia. Todos queremos figurar como protagonistas y huir de lo imperceptible. Dejar un legado. Ser alguien para alguien. No es tan difícil. O sí.

Allí estábamos las gaviotas y yo, observando la piel azulada del mundo. Esa en constante movimiento. Y éramos roca y serenidad y paciencia. 

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Casas y ruinas de Nonza. | FOTOS: Mila Ojea

En lo alto de las rocas, sobresaliendo entre los pinos, asoman con timidez los tejados de Nonza como un mosaico irregular de texturas, colores y alturas. La habitan apenas 70 almas, así de pequeña resulta. Destaca en su centro la iglesia de Sainte-Julie, del siglo XVI, que contiene los restos del santo martirizado en Roma. Su aspecto jovial, en llamativos tonos anaranjados, una costra de vitamina, le confiere un halo de alegría. En la parte superior de la ladera, dominan el paisaje los restos de una torre fortificada. Y, callejeando por su laberinto interior, con pasos tan estrechos que el sol no los alcanza, llegamos a la fuente donde nos espera el busto de Pascal Paoli.

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Recuerdos dibujados en la arena. | FOTO: Mila Ojea

En la última curva de la carretera costera encontramos una pequeña capilla de la Cofradía de Santa Croce, con un crucifijo forjado que mira al mar y al pueblo y dice hola y dice adiós. Me asomé desde allí y me puse a parlotear con las gaviotas. No hablábamos el mismo idioma pero qué importa: nos entendíamos. Quién puede saber más del mundo que aquellos que tienen la capacidad de verlo desde lo alto... Y juntas miramos, desde el pueblo, cómo los barquitos se acercaban a la orilla y la gente tomaba el sol sobre sus toallas extendidas.

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Iglesia de Sainte-Julie en el centro. | FOTO: Mila Ojea

Escribió Antonio Agredano que todos somos el verano de alguien. Cuando empieza a refrescar tímidamente, ya llegando a septiembre, siento cómo se va muriendo el amor de los demás. Me golpea, de repente, una luminosa melancolía. Echo de menos cosas que nunca viví. Amo a personas que no conozco. El amor es expectativa. Hay grandes matrimonios erigidos sobre el por si acaso. Es ese amor, y no otra cosa, lo que hace girar el mundo. Esa pequeñez confesa. Ese dejarse arrastrar hacia el otro, ese hambre de boca ajena. Creerse invencibles. Quien amó sabe que sólo así el desierto se vuelve playa, que el corazón se hace músculo. Los amantes siempre crecen a espaldas del mundo. Es ese amor, y no otra cosa, lo que enrojece la sangre y pinta de naranja el crepúsculo. Romperlo todo. Saltar al precipicio. Dejar un reguero de cadáveres. No es amor si no sentiste culpa, y vergüenza, y niñez. Y luego están los veranos que son el escenario perfecto para nuestras endebleces. Pistas de bailes improvisadas frente al escenario, en la verbena. Pasodobles y cervezas tibias. En un yate, en la hamaca, en la terraza de una heladería, en las losas resbaladizas de la piscina. Amarse. Amarse es la tirita y vivir, un corte profundo.

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Perspectiva frente al azul. | FOTO: Mila Ojea

Allí estábamos las gaviotas y yo, observando la piel azulada del mundo. Esa en constante movimiento. Y éramos roca y serenidad y paciencia. Ellas se mantenían en lo alto, temblando mientras plantaban cara al viento en contra, flotando sobre la espuma sin que esta llegara nunca a salpicarlas. Yo sólo miraba cómo el agua se escarchaba en el final de las olas pero también formaba parte del paisaje. Tenía otra perspectiva. Ahora mi corazón era una colorida matrioshka…

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Capilla y detalles del pueblo. | FOTOS: Mila Ojea

Habitamos un planeta sometido a inflamables convulsiones. Hace unos días veía en televisión las imágenes de una mujer ucraniana en la ciudad asediada de Henichesk diciéndole a un soldado ruso: toma estas semillas de girasol para que crezcan cuando te mueras. Y le tendía un puñado. El soldado, sosteniendo su arma contra el pecho, no quería entrar en conflicto con ella, que le espetaba alterada: pongan estas semillas de girasol dentro de sus bolsillos, muchachos, tomen las semillas, morirán con ellas aquí. Después salí a la calle y encontré todos los árboles en flor. Era el último día de febrero y todo indicaba una primavera temprana. Algo nacerá después de la barbarie y es obligatorio que sea bello. Mi mirada se volvió piadosa ante todo ese esplendor y fragilidad.

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Nonza bajo las montañas. | FOTO: Mila Ojea

Aquí estamos, en el verano que languidece, en un mundo que nos lleva a lugares desconocidos. Aferrados al amor, como en una canción de los setenta. De la mano por el paseo marítimo. Pegando el puño cerrado al pecho. El amor es un camino con infinitos caminos. La vida es la que es. Por eso necesitamos esta locura, esta lujuria, este apego caníbal. Para seguir hacia delante. Para mantenernos unidos. Para no perderle a la eternidad el pulso. No sabemos a dónde vamos, pero vayamos con la piel encendida. Eso decía Agredano y yo lo suscribo, hoy más que nunca.

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Cruz de Santa Croce. | FOTO: Mila Ojea

Hemos de agarrarnos a los placeres cotidianos. Abrazarnos sin motivo; seguir el rastro húmedo y efímero de una gota de sudor en tu espalda; hundir la nariz en el rubio cabello de mi sobrino cuando lo tengo en mis brazos, cerrar los ojos, permitir que me impregne su alma de nenúfar; releer (siempre) a Marguerite Duras;  plantar una semilla, apretar con los dedos la tierra, regar, esperar el pequeño milagro; remover despacio el risotto para que se haga cremoso; darse una ducha caliente al volver mojados por un imprevisto chaparrón; dejar entreabiertas las persianas para entregarse al amor desnudo; calcinar la atmósfera; desentrañarnos a mordiscos; ser sombra y arcilla y helecho; capturar el relámpago deslumbrante y efímero del deseo.

Es tiempo de valientes, de lanzarse al mundo, de conducir por una carretera sinuosa que nos lleve a destino sin importar cuál sea este. La vida es un elefante haciendo equilibrios sobre un hilo dental. Hay que vivir sin miedo que nos devore y celebrar la alegría. Respirar hondo, no permitir que se nos congele una risa y tomar conciencia de lo que somos. Y aguzar el oído: allí, bajo esa lengua acuática, inabarcable, cantan, tal vez, las sirenas.

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