martes 17/05/22

El ojo salino

Desde las cumbres de hielo silenciosas del mar de Bering viajan cada año las ballenas a la laguna mexicana Ojo de Liebre para reproducirse. Su tamaño no es obstáculo para que se produzca una interacción con el ser humano emocionante y mágica. La sensación de acariciar uno de estos ejemplares es imborrable en la memoria sentimental.
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Texturas del cuerpo de una ballena en el agua de la laguna Ojo de Liebre. | FOTO: Mila Ojea

Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé en darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es un modo que tengo de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, comprendo que es la hora de hacerme a la mar lo antes posible. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

Con este deslumbrante comienzo inaugura Herman Melville su novela “Moby Dick”, uno de los textos más bellos de la literatura universal. No sólo es un canto de amor al océano sino también al ser humano y la fuerza que ambos despliegan cuando se enfrentan.

752La primera visión. | FOTO: Mila Ojea

La primera vez que estuve en la región mexicana de Baja California, tuve conocimiento de que había un lugar sagrado donde las ballenas acuden para aparearse y dar a luz. Este descubrimiento me causó tal fascinación que busqué información hasta averiguar que ese hecho se da en una época muy concreta, entre diciembre y abril, en el suave invierno de la zona sur. Era mayo cuando yo recorría aquellas tierras y la idea de observar a estos seres de cerca me fue creciendo en el corazón hasta finalmente hacerme la promesa de que volvería para vivirlo.

Y volví.

Cumplí ese sueño en febrero del año siguiente. Unos meses después pisé de nuevo Baja California y puse rumbo a la laguna Ojo de Liebre, el santuario acuático donde mi propósito me esperaba.

753La ballena emergiendo. | FOTO: Mila Ojea

Situada en la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, cerca de la ciudad de Guerrero Negro, esta albufera costera en el noroeste de unos 370 kilómetros cuadrados se convierte anualmente en el hogar de las ballenas grises, que recorren 8.000 kilómetros para venir desde Alaska, su hábitat de alimentación, y después, con la llegada de la primavera, regresar con sus ballenatos. Se encuentra frente al océano Pacífico y hay más especies que alcanzan este territorio para disfrutar sus cálidas aguas: leones marinos, focas de puerto, elefantes marinos del norte y también ballenas azules, más de cien tipos de aves, langosta roja, almejas y pulpos.

754El contacto mágico. | FOTO: Mila Ojea

En una época en la que el mar estaba unos 12 metros por debajo del nivel actual, los cambios de las mareas provocaron la formación de inlets y los sedimentos depositados por un río cercano construyeron gradualmente la barrera que formó la laguna. Sus aguas ofrecen las condiciones idóneas de batimetría, temperatura y salinidad a estos mamíferos para su apareamiento, nacimiento y crianza de los pequeños. En 1972 fue declarada mediante decreto Zona de Refugio para Ballenas y Ballenatos.

Para la cópula se realiza un complejo ritual de cortejo, pues las hembras son muy selectivas y llevan las riendas de este asunto. Se necesitan tres ballenas, dos machos y una hembra, que se alinean en una coreografía única. Uno de ellos ejerce de sujeción con sus aletas pectorales y coloca a la hembra en la posición adecuada mientras se realiza el apareamiento vientre con vientre. Las hembras paren cada dos años, necesitan 13 meses para la gestación y un año más para la lactancia.

755La calma de la playa. | FOTO: Mila Ojea

Atravesamos el desierto en una furgoneta para llegar a Punta Mariscal, un recodo de playa donde únicamente hay un restaurante que gestiona toda la actividad ecoturística. Allí nos subimos a la parte trasera de una pickup que se metió en el agua hasta alcanzar una lancha a la que saltamos directamente sin tener que mojarnos los pies. Rumbo a la parte central de la laguna, nos despedimos de las gaviotas que nos miraban desde la planicie de arena, y los delfines nos hicieron compañía nadando ágilmente paralelos a nosotros.

Una vez en el centro de la laguna, en el kilómetro cero, simplemente apagaron los motores y esperamos. Se veía alguna lancha como la nuestra en los alrededores y, de vez en cuando, saltaba el resoplido de alguna ballena, que nos hacía poner en alerta y rogar por que se acercaran a nosotros.

756El ojo salino. | FOTO: Mila Ojea

La superficie irregular del agua, como un velo fruncido debido a la brisa y el movimiento natural de las corrientes, hace que destaquen zonas de la misma que se ven completamente lisas, una lámina líquida con forma de óvalo, que es la señal de que la ballena está ahí debajo, en la oscura profundidad. Esa prueba de su existencia, esa huella de su presencia, era tan emocionante que permanecíamos en silencio extasiados.

Al rato, se produjo el milagro, y bajo el agua vimos acercarse la sombra blanquecina y centelleante de un cuerpo inmenso y leve. No se puede describir con palabras la sensación de esa aparición, de ese primer contacto visual y la sorpresa por el tonelaje de ese ser magnífico que ha migrado desde tan lejos para llegar hasta este punto del planeta donde ahora nos encontrábamos. Entonces emergió como una fuente el primer ejemplar, tan asombroso que empezamos todos a gritar de emoción como si fuéramos niños.

757Acariciando la gelatinosa piel. | FOTO: X. Dufourg

En ese regreso momentáneo a la infancia, presos de la histeria colectiva, no nos percatamos de que aquella primera ballena no estaba sola. Empezaron a acercarse más, por ambos lados de la lancha y tuvimos que contenernos para no correr de un extremo a otro, pues queríamos abarcar todo el perímetro y ser testigos de aquel momento vibrante y único que la vida nos regalaba una tarde de febrero. Pronto nos vimos rodeados por hasta ocho ejemplares que hicieron nuestro sueño realidad. Aquello era una fiesta.

Y ese ojo lateral y salino que me miraba y al que, a su vez, miraba yo, resultaba extrañamente pequeño en ese cuerpo voluminoso y grácil, pero en él estaba toda la sabiduría del mundo, las mareas de todos los océanos y el reflejo de la luna cuando aquel ser deslumbrante se alejaba de Alaska para venir al sur a multiplicarse. La vida, sí.

758Resoplido líquido. | FOTO: Mila Ojea

Lo que jamás pude imaginar es que ese ser gigante y gelatinoso, con su densa piel repleta de balanos (pequeños crustáceos parásitos), fuese tan travieso y juguetón. Algunas ballenas pegaban su cuerpo a la lancha y la movían como meciéndonos, calculando perfectamente el impulso, en una interacción con todos los que allí estábamos que desató la locura, y cuando nos inclinábamos para tocarlas, resoplaban con toda su fuerza por el orificio que tienen en la parte superior de su cabeza, duchándonos con un chorro salado de agua. No podíamos parar de chillar, reír y tratar de tocarlas, en una de las experiencias más emotivas que he disfrutado en mi vida.

759Emocionada como una chiquilla. | FOTO: X. Dufourg

Tampoco puedo olvidar el tacto de esa piel con cicatrices, suave, aceitosa y gruesa, que pude acariciar varias veces. Las imaginaba entre las cumbres de hielo silenciosas del mar de Bering y me estremecía. Algunas ballenas se acercaban tanto que tenía sus ojos curiosos a apenas unos centímetros de mi rostro. Nos estudiábamos una a la otra. Y ese ojo lateral y salino que me miraba y al que, a su vez, miraba yo, resultaba extrañamente pequeño en ese cuerpo voluminoso y grácil, pero en él estaba toda la sabiduría del mundo, las mareas de todos los océanos y el reflejo de la luna cuando aquel ser deslumbrante se alejaba de Alaska para venir al sur a multiplicarse. La vida, sí.

Me pregunté qué estrella las guía en su largo viaje, por qué eligieron este santuario para su rito y vuelven una y otra vez, cómo saben la ruta de su peregrinación al lugar donde nacieron. Tal vez fue Ojo de Liebre el que las eligió a ellas como moradoras temporales y las llamó con cánticos sordos como a las sirenas. E imagino el silencio sepulcral del día en que se marcha, allá por abril rozando mayo, la última ballena con su cría, la serenidad del agua vacía en esas primeras horas de ausencia. Quién las echará de menos.

760Sombras en el agua. | FOTO: Mila Ojea

Heriberto, el hombre que nos llevó hasta aquella laguna sagrada, me contó que cuando era pequeño, las ballenas aparecían a cientos en ese territorio líquido que les daba la calma y aguas mansas que necesitaban para el amor y la procreación, la esencia misma de la vida. De eso ya hace muchos años y el número de ejemplares va bajando cada invierno de modo alarmante debido al calentamiento global y la contaminación de sus ecosistemas. Pero siguen siendo igual de alegres y pacíficas. No hay que hacer nada, uno se queda quieto allí y enseguida aparecen ellas para juguetear y repartir cariño, me explicaba. Todavía hay esperanza.

Nunca corrió el tiempo tan rápido. No sé si estuvimos dos, tres o cuatro horas, o días, o meses, porque todo quedó reducido a un segundo. Un segundo estremecedor, trascendente, perfecto en mi memoria. Aquel en el que acaricié una ballena por primera vez y mi mente lo grabó a fuego para siempre. Desde entonces, cada vez que en mi alma se posa se posa un noviembre húmedo y lluvioso, cuando el cielo tiembla en el norte que habito, pego mi frente al frío cristal de la ventana y observo de cerca las texturas verticales que deja la huella del agua. Como el capitán Ahab, sueño con ballenas que fluyen lentamente, emergen de la opaca profundidad ante mí y me observan. Y me digo: fue real. Quizás es hora de hacerme a la mar de nuevo. Para luchar contra la melancolía que arrecia y buscar a esos seres extraordinarios que me devolverán la luz.

El ojo salino
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