martes 27/07/21

Antídotos contra la urgencia

Praga, una de las ciudades más bellas de la vieja Europa, es un lento caminar bajo la lluvia, la ausencia de prisa y el aroma de los trdelník calientes, pintores y musas, literatura, palomas y trenes que nunca volverán envueltos en una pátina de evocadora melancolía.
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El pintor y la musa, arte e inspiración, en una calle de Praga. | FOTO: Mila Ojea

El viajero vive por y para el recuerdo de aquello que le ha sido dado. Se tiene que sacudir de encima todos los días que ha estado quieto esperando el momento de hacer la maleta, de pisar la estación, de subir a una avioneta que le llevará a alguna parte donde ser otra persona. Vive siempre a caballo entre la paciencia y el vértigo. Paciencia por las horas que no dejan nada y vértigo por los caminos que son el todo. El ayer se convierte en el siempre y el mañana sólo es un punto dibujado en un mapa atravesado por coordenadas imposibles. Únicamente hay un sueño para el que transita: la libertad.

620Canales de Praga. | FOTO: Mila Ojea

Lo mismo les sucede a los escritores cuando abordan el comienzo de un texto y empiezan a dar color y vida a sus personajes. El humano transmuta en el otro yo. Lo explica así el escritor checo Milan Kundera en su aclamada obra “La insoportable levedad del ser”:

Y vuelvo a verlo tal como apareció ante mí no bien empezaba la novela. Está de pie junto a la ventana y mira, a través del patio, la pared del edificio de enfrente. Esa es la imagen de la que nació. Como dije ya, los personajes no nacen como los seres humanos del cuerpo de su madre, sino de una situación, una frase, una metáfora en la que está depositada, como dentro de una nuez, una posibilidad humana fundamental que el autor cree que nadie ha descubierto aún o sobre la que nadie ha dicho aún nada especial. ¿Acaso no es cierto que el autor no puede hablar más que de sí mismo?

621Teatrillo de madera colgado en una pared. | FOTO: Mila Ojea

Mirar con impotencia el patio y no saber qué hacer; oír el terco sonido de las propias tripas en el momento de la emoción amorosa; traicionar y no ser capaz de detenerse en el hermoso camino de la traición; todas esas situaciones las he conocido y las he vivido yo mismo, sin embargo de ninguna de ellas surgió un personaje como el que soy yo. Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron. Por eso les quiero por igual a todos y todos me producen el mismo pánico: cada uno de ellos ha atravesado una frontera por cuyas proximidades no hice más que pasar.

622Preparando los trdelník. | FOTO: Mila Ojea

Algo así piensa el viajero cuando camina por las calles de Praga, una de las ciudades más increíblemente bellas de Europa. Como en una inmensa obra de teatro, el viajero se va cruzando con los personajes que pululan por esa vida prestada, abocada al precipicio del final del viaje, atrapada en cientos de momentos robados a la realidad. Todo es una ficción insondable.

Se asoma al río Moldava y se ve reflejado en la historia de los checos. En alguna plaza, el instinto y el aroma a masa dulce le conduce a algún puesto de trdelník donde una mujer vestida con el traje tradicional hornea ensartadas en un palo de madera esas delicias con forma de rollo. Desde un rincón de algún puente le saludan las palomas, enfrascadas en sus declaraciones de amor ajenas a la vida terrenal. No se puede caminar por Praga sin estar enamorado, aviso.

623Palomas enamoradas. | FOTO: Mila Ojea

Los barcos se deslizan lentamente por las aguas de los canales y los puentes se llenan de candados donde los amantes, como las palomas, se juraron amor eterno y escribieron sus iniciales con rotuladores de colores que el tiempo y la lluvia borrarán. Igual que sus promesas, todo hay que decirlo. De esto sabemos algo. Da igual que sea otoño, no importa si arrecia la primavera: es ley de vida.

Mientras, el viejo pintor, guarecido bajo uno de los cientos de puentes, encorvado y consumido, prisionero de las musas, hace gala de su inspiración retratando a la mujer que posa confiada. En una mano sujeta un guante, con la otra se acaricia el rostro. Y el viajero se pregunta cuál de los dos ha sido bendecido con más paciencia. ¿El retratado o el que retrata? ¿Cuántas horas llevará al pintor plasmar en su tela no sólo el rostro sino también el espíritu de la fémina?

624Estaciones ancladas en el tiempo. | FOTO: Mila Ojea

Unas calles más allá, silva el tren y nos asomamos a las vías vacías. Llueve y todo lo embalsama el filtro embellecedor que es la melancolía. Eso es Praga: el lento caminar, la ausencia de prisa, el susurro del Moldava, la huida del yo que fuimos, apretar un libro contra el pecho, buscar refugio en la añoranza de los amantes que dejamos marchar –recordar por un instante, afilado como un cuchillo, aquel roce de su mano que te hizo comprender que ahí se resumía el mundo-, detenerse a sentir. Antídotos contra la urgencia. Pocas ciudades conceden este privilegio al que camina sus calles desbordantes de historia.

La historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana ya no existirá.

625El agua en medio de la vida. | FOTO: Mila Ojea

Vuelvo a refugiarme en las páginas de Milan Kundera cuando dice: Einmal ist keinmal. Lo que sólo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido. La historia de los checos no se repetirá por segunda vez, la de Europa tampoco. La historia de los checos y la de Europa son dos bocetos dibujados por la fatal inexperiencia de la humanidad. La historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana ya no existirá.

Nos quedan tantas tardes aún para ser libres, para caminar sin rumbo, para detener la primera  lágrima cuando no sabes por qué quieres llorar, para escuchar cómo se alejan los trenes a los que nunca subimos. Huele a café y no para de llover pero a quién le importa. Estamos vivos, después de todo.

Antídotos contra la urgencia
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