Venres. 27.01.2023

La soledad es un templo

Viajamos en busca de rutas fabulosas pero también de otras almas que acompañen a la nuestra. Por eso nos detenemos a observar el tiempo que se entrelaza con las notas de un violín, en la niebla matutina, más allá de nuestra rutina y desazón.
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Un hombre tocando el erhu en el puente del Templo de Confucio. | FOTO: Mila Ojea

Desde el momento en el que el viajero toma la decisión de moverse, se convierte en ciudadano del mundo. Esto equivale a la capacidad de recorrer por igual valles, desiertos, cañones, selvas, volcanes o bosques. El viajero debe ser flexible, poroso, maleable, lleno de oquedades, y estar dispuesto a abrir todas las ventanas que tiene dentro de sí mismo para que el aire entre y limpie sus resquicios. A veces es un proceso doloroso y otras un júbilo inexplicable, pero al final siempre queda el poso de la enseñanza que cada viaje trae consigo.

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Puerta de entrada al templo de Confucio. | FOTO: Mila Ojea

Una de las cosas que pronto aprendí cuando empecé a moverme por caminos distintos a los que recorría cada día es que debía ahuyentar todos los prejuicios que pudieran habitarme. Hay que adaptarse a las circunstancias, sean estas las que sean. Empezarán a ver otros paisajes, hablar otras lenguas, comunicarse con la naturaleza de cada ser humano que se cruzarán, fotografiarán el latido de otras naciones y, sobre todo, aprenderán quiénes son.

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Estatua de Confucio. | FOTO: Mila Ojea

En la ciudad china de Jianshui se encuentra el Templo de Confucio, lugar de obligada peregrinación para el viajero que quiere transitar por la calma, el conocimiento y la tradición de esta cultura milenaria. Confucio, nacido en el año 551 a.C. con el nombre de K’ung Chung-ni, fue un pensador y educador que fundó la escuela de pensamiento rujia. Nació y creció en la pobreza pero recorrió China compartiendo sus enseñanzas y con ello consiguió algo muy importante: cambiar la tradición que permitía acceder a la educación únicamente a los hijos de las familias nobles. Además, muchos de sus preceptos siguen siendo válidos hoy en día y han trascendido al tiempo y a las diferentes sociedades. Animaba a las personas a reflexionar y tener criterios propios para alcanzar una mejor comprensión de la existencia.

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Madera tallada. | FOTO: Mila Ojea

En su honor existen varios templos pero el que visitamos hoy es el segundo más grande después del de Qufu, su ciudad natal. Fue construido en 1285 y se fue expandiendo en tiempos posteriores. Lo presiden cipreses centenarios y supervivientes. Al atravesar la puerta principal encontraremos una estatua en un pedestal hecha a su imagen y semejanza y, tras esta, un lago repleto de lotos que hace un precioso efecto espejo del recinto.

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Detalles del templo. | FOTO: Mila Ojea

Allí, sentado en el puente, tocaba un hombre un instrumento musical que nunca había visto pero me maravilló, el erhu, un violín chino de dos cuerdas. Apoyaba las partituras en un sencillo atril frente a él. Con los ojos cerrados, completamente concentrado en su arte, no advirtió mi presencia. Respetando la distancia y la intimidad que parecía requerir, sin ánimo de molestar, me quedé escuchando un rato, envuelta en el ambiente plácido y fresco del templo.

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Reflejos en el agua. | FOTO: Mila Ojea

De pronto abrió los ojos y se sorprendió al verme allí observando. Una breve zozobra, era obvio que no estaba acostumbrado a ser centro de atención. Seguramente iba allí muchas mañanas con el violín para practicar en la serenidad del lugar y nadie se detenía a mirarlo o turbar su instante. Pero continuó tocando con naturalidad, en su abstracción, mientras yo hacía alguna fotografía. Así, fuimos dos navegantes carentes de corazas, a cara descubierta, yo toda admiración y él todo arte. Hay distancias que no pesan.

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Puerta de piedra. | FOTO: Mila Ojea

Después de traspasar la zona del lago llegaremos a otros arcos de piedra tallados, jardines, patios y varios edificios. El más impresionante es el que contiene puertas de madera grabadas, repletas de figuras de animales, de las dinastías Ming y Ching. Los techos con aplicaciones de vivos colores y caracteres chinos también son espectaculares. Por allí paseaba un anciano de aspecto honorable y una joven tocaba dulcemente unas campanas de bronce. El tiempo se había detenido.

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Tocando las campanas. | FOTO: Mila Ojea

Jianshui está considerada como “la ciudad de la cultura” en parte por este templo donde realizaban las pruebas los aspirantes a funcionarios del Imperio. Es por ello que los padres suelen traer a sus hijos para que la venerable figura de Confucio les ayude con sus exámenes. Me encantaron los amuletos rojos que colgaban a cientos en unas tablillas. Cada uno representaba el anhelo de quien lo había depositado allí. Se podría saber tanto de la gente por lo que había escrito. Con sus astillas, sus hartazgos, sus pulsiones. Cada cosa puede alcanzar la categoría de tesoro sólo para quien la desea. Cargados de esperanza y caligrafías indescifrables para mí, llenaban con el éxtasis de su color en llamas aquel vacío, pretendiendo tal vez lo imposible.

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Amuletos con peticiones. | FOTO: Mila Ojea

La arquitectura china tradicional siempre honra a sus antepasados. De ahí la multitud de imágenes y elementos curiosos como figuras de animales. Llaman la atención especialmente los dragones enroscándose en las columnas, sinuosos y elásticos como si fueran reales. Cada pabellón está dedicado a un tema. En los patios se celebran las ceremonias de piedad filial en las que los hijos dan las gracias a sus progenitores. Cada uno, en pie, va explicando a un monje y a sus padres, sentados a su lado, aquello por lo que se siente agradecido. Al terminar se abrazan emotivamente. Hay un respeto y espiritualidad que envuelven al viajero.

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El puente. | FOTO: Mila Ojea

Viajamos en busca de rutas fabulosas pero también de otras almas que acompañen a la nuestra. Qué delirio poder sentarse al lado del músico y permanecer flotando en aquel puente, en la neblina matutina, en los ecos de la ciudad que se despierta más allá del muro, en las notas de su erhu. Sólo encuentro momentos verdaderamente felices en mi soledad. Mi soledad es mi palacio. Allí tengo mi casa, mi silla, mi viento y mi sol. Cuando estoy sentado fuera de mi soledad, estoy sentado en el exilio, estoy sentado en un país engañoso, escribió Réjean Ducharte. Mi soledad es mi templo. Este o cualquier otro. Aquel que me muestre un pedazo de mí. El que me permita navegar en la calma y guardar el equilibrio frente a la violencia de lo perdido.

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