En el sur de la ciudad india de Chennai, como una cremallera que separa tierra firme y agua, se perfila la playa de Thiruvanmiyur. Casi nadie llega hasta allí, no aparece en las guías de lugares que ver, vive por debajo del radar, tiene su propio ecosistema de seres -ya sea humanos, ya sea animales-, que viven en paz, metidos en sus cosas de todos los días. La vida del mar tiene su propio ritmo, como las mareas, y personalidad. Pertenece a la urbe pero ha quedado aislada del veneno de la civilización. Es, posiblemente, un terreno fronterizo entre el más allá y el ahora.
Al llegar a la acera que la recorre y delimita, uno queda asombrado por esa visión magnética que es siempre el oleaje, la bruma, el golpe seco de la ola espumosa que rompe en la orilla, la presencia fantasmal de una barca sobrevolada por las aves que persiguen su ración de comida fácil, la silueta de los hombres que faenan en ella. Pero no hay que dejarse engañar: la playa es sólo un espejismo. Su aspecto de postal idílica se quiebra al saber que el agua está contaminada, que todo lo que Chennai tira y arrastra acaba en ese punto, que es un peligro bañarse.
Caminaba por esa acera, mirador del desastre, sorteando los cuerpos de los perros que dormían a la sombra de los escasos arbolillos, y me iba haciendo una idea de lo que me esperaba. Más allá de la barriada, la ciudad respiraba como una bestia dormida. Pero la calle ya se había desperezado, se inundaba de colores, de gentes que trabajaban en orden y rutina, cada uno cumpliendo su función. Esta arteria contenía un rudimentario mercado en el que se desplegaban pequeños puestos de venta de pescado. Cada persona es el lugar en el que nace.
Lo primero que descubrí fue que aquel era uno de los reinos de las vacas. El viajero está acostumbrado a verlas paciendo en los verdes prados pero India abre una nueva dimensión al pensamiento del que llega. Como seres sagrados que son, pululan a su antojo por donde les place, sin límite ni obstáculo alguno. En el caso de Thiruvanmiyur se habían desperdigado por toda la zona donde trabajan los pescadores y las encontraba pegadas a las barcas, reposando sobre la arena y mirando al horizonte. Hastiadas de sol, expanden su pesado cuerpo bajo cualquier sombra y observan el mar. Algunas tendrán el estómago lleno de plásticos y morirán pronto. Todos, aquí, buscan el tibio frescor de los toldos y tenderetes. El sol, desde bien temprano, es una cascada hiriente de luz.
Y he aquí las criaturas que a mí me interesan. Enseguida advertí la curiosidad que mi presencia despertaba. No están acostumbrados a los de fuera, ni a la piel blanca, ni a la cámara que les enfoca para robarles un instante después de pedir permiso. Saben, además, que la juventud es una estafa. Lo vi en sus ojos cansados. Cada uno conocemos diferentes aristas de la vida y escribimos nuestra propia prosa de los días. Había una mesa rudimentaria hecha con madera donde pequeños pescaditos plateados, como monedas de aluminio expuestas al sol, se secaban bajo aquel sopor. Rondaban los gatos el botín pero no intentaban llevárselo, hay leyes no escritas de convivencia en este lugar.
Uno de los pescadores, de pie, anudaba unas cuerdas con destreza. Le pedí por gestos que me permitiera retratarlo y me tendió la mano pero de repente se percató de que la tenía sucia y la retiró. Sentí el impulso de tomarla y así lo hice, me mostró los restos de arena entre sus dedos como disculpa, pero decidí hacer una fotografía de esa mano ruda y humilde que ante mí se exponía. La mano como centro de gravedad, como verdad absoluta, como arma de respeto y comunicación, como garantía de la pleamar y las espinas. Arrugas que cuentan historias, el nudo que nos ata. Comprendí por aquel ramillete de dedos que todas las lenguas son antiguas. Vi la foto en blanco y negro, los granos de sal, una herida roja abierta, la huella infinita, líneas que no se repetirán en otra mano de este mundo.
Seguí caminando por aquella acera soleada. De fondo sonaba la asfixia de Chennai, el tráfico, la fiebre. Los hombres descargaban las barcas, cosían las redes envueltos en ellas como si fueran un tutú de muselina y espuma, pintaban los viejos maderos, apilaban cajas en las que se posaban los cuervos para esperar y perpetrar sus perversos robos. Mientras, las mujeres descamaban el pescado con unos artilugios de madera y una sierra de metal, o preparaban y atendían los puestos de venta. Todas tuvieron una sonrisa para mí, hipnotizada por el colorido de sus vestidos y tocados. En su piel oscura había una relectura de la pérdida y las horas. Amar y desamar.
El escritor Jacobo Bergareche menciona a veces un hecho que marcó su vida: el asesinato de su hermano Roque en Angola a los 29 años. Rescata una imagen donde se le ve subido en un coche descapotable, sonriente, y detrás de él hay un hombre con turbante que posa hierático. Esta foto se la saqué en enero de 2012, en India, aunque parece 1932. Es igual, Roque ya está fuera del tiempo, explica. El cumpleaños de Roque me encuentra viendo nevar en los Pirineos. Tengo ya veinte años más que los que tuvo él. En las fotos en que aparecemos juntos, todos somos siempre jóvenes y guapos. Él es el único de nosotros que no envejece ya y que no conoce el desencanto, añade.
A veces el ayer es hoy. Un hoy indefinido, disfrazado de interludio. No sabemos de dónde viene ni hacia dónde va pero de algún modo nos conduce. El tiempo –ya saben- siempre apremia. Viendo nevar en un día como hoy, que me obliga a mirar hacia atrás, me acuerdo de ese relato, “Los muertos” de James Joyce, en que una mujer de mi edad quizás, vuelve una noche de una fiesta con su marido, ve desde su dormitorio cómo nieva y se echa a llorar. Su marido le pregunta qué le pasa: ella le cuenta que de repente le ha venido el recuerdo de Michael Furey, un muchacho que la amó cuando era joven, y que le cantaba canciones bajo su ventana en noches así y que murió de una pulmonía. El marido entiende entonces que no puede hacer nada contra la memoria de alguien que, al contrario que él, no se marchita nunca.
Hace ya unos años escribí un poema movido por esta idea de ver a Roque siempre joven y de verme a mí cada año más viejo. Lo recupero aquí: Lo cierto es que somos los demás / los que no dejamos de morirnos día a día, / cana a cana, / muela a muela, / arruga a arruga, / hasta que los escombros / de mil tardes de domingo / nos terminen de aplastar. Estos versos que a todos nos conciernen me llevan de vuelta a aquella acera donde la vida se derramaba. Como artefacto literario, el rostro de Roque en una foto teñida de óxido, su espíritu, viven para siempre y nos advierte de lo volátiles que somos. Recuerdo en mí los asombros, y fuera de mí los perros anestesiados por el calor, el sol de jengibre, el rugido de la megalópolis y el paisaje humano de esa India farragosa que languidece fuera de los focos.
Sigo en busca de esa prosa limpia que me salva del olvido. Persigo incansablemente por galaxias inesperadas el hallazgo y un amarre. Como esos gatos de Thiruvanmiyur puedo aguardar horas, días, semanas, meses, años. Mi paciencia, mi lucidez y mis cantares me definen. Estoy preparada para el estruendo y para estrechar la mano de todo aquel que me la tiende con sinceridad en su mirada. Nadie es menos que nadie. También yo seré aplastada por los escombros de mil tardes de domingo. Sólo el pasado, balanceándose en una cuerda floja, puede llevarnos al futuro. Un huracán atravesará siempre mi corazón, maldita sea. Yo soy la memoria. Esta bandera clavada en mi pecho permanecerá siempre izada, cueste lo que cueste. Así será.
