domingo. 19.07.2026

Sabré que he vivido

En la parte asiática del ecléctico Estambul hay un barrio, Üsküdar, que atesora los anocheceres más bellos del Bósforo. Allí, con un té cobrizo en la mano, se reúne la gente para ver la torre de Kiz Kulezi diluirse entre el mar y la noche.
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El sol se pone tras la silueta de Kiz Kulezi y Estambul. | FOTO: Mila Ojea

Aspiro a ser una anciana no sabia sino complacida con la vida. Deseo la calma, una cabaña con un porche de madera por cuyas columnas escale la hiedra, una mecedora en la que ver las puestas de sol, una pila de libros y vinilos, tal vez una guitarra también. Y un garaje en el que fermentar cerveza o montar un insolente grupo de música pop. Y un revólver (nunca se sabe). Pido además –puestos a pedir- un jardín donde canten los grillos, amigos que me tiendan la mano cuando la necesite, una chimenea, mi taza de café y un hombre que quiera subir conmigo al tejado una noche de verano para mirar las constelaciones de luciérnagas entre la hierba. Sólo podrá herirme el rock’n’roll. Aspiro, fíjense, a lo más sencillo: encontrar mi voz. Desde ahí veré el mundo, mi mundo, lejos del ruido, y recordaré momentos como el que hoy les quiero contar. Esa será mi felicidad, la retirada perfecta a mis cuarteles.

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Detalle de Estambul desde el ferry. | FOTO: Mila Ojea

En la parte asiática del ecléctico Estambul hay un barrio, Üsküdar, que atesora los anocheceres más bellos del Bósforo. Sus calles respiran autenticidad y guardan su enigmática esencia, alejadas del turismo brutal que asola otras partes de la ciudad. Me sentí extranjera pero de un modo melancólico porque ese lugar me abrazó con calidez, pude mezclarme con la gente, me hice invisible en sus húmedas calles.

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Cae la noche sobre Üsküdar. | FOTO: Mila Ojea

Para llegar allí tomé un transbordador en el embarcadero de Eminönü, en la parte europea. Es un trayecto que bordea la costa y permite ver las dos caras de Estambul asomadas a sus aguas, conviviendo desde siempre en armonía. Me gustó la silueta de una ciudad que parece alejarse, domada por el oleaje, pero de la que es imposible escapar. Las líneas que dibujan las mezquitas y sus minaretes conviven con el perfil de edificios anodinos que conforman su sociedad. Llegué a la Plaza del Muelle a media tarde, con tiempo para pasear un poco y percibir el último latido del día.

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Puesto de pescado en el mercado. | FOTO: Mila Ojea

A esa hora hay un movimiento humano continuo, los ferries van y vienen, vendedores ambulantes ofrecen torres de rosquillas que transportan sobre sus hombros, las mujeres llevan a los niños agarrados de su mano, el tráfico es apabullante como cualquier otro día y contemplo la vida que nunca he tenido. Este distrito vibrante e históricamente rico permanece fiel a sus costumbres. Fue fundado en el siglo VII a. C. por colonos griegos que le pusieron el nombre de Crisópolis o “ciudad dorada”. Es comprensible al ver el halo de luz que aquí se deleita sobre los tejados a ciertas horas. Era un importante puerto y astillero y sirvió como punto de escala durante las guerras entre griegos y persas.

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Feria del libro. | FOTO: Mila Ojea

Más tarde, en el siglo XII se llamó Skoutarion y fue un importante centro militar y comercial. En 1338 se convirtió en una de las primeras áreas conquistadas por los otomanos, lo que les proporcionó una base estratégica con vistas a la vieja Constantinopla. Hoy es un rincón efervescente en el que refrescarse cuando el verano asola. Encontré un mercado, el Balıkçılar Çarşısı, donde exponían pescado recién llegado, especias, almíbares y pan. Curioseé los escaparates de los restaurantes de marisco y acabé en una feria del libro que hizo las delicias de mi alma lectora. No podía leer nada de lo que había escrito en esas páginas pero era feliz.

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Pescadores aprovechando la última luz. | FOTO: Mila Ojea

Volví a la orilla del mar. Había gente que jugaba a disparar con pistolas a una fila de globos inflados que flotaban sobre el agua. Sus colores vivos se agitaban con las olas, no era fácil acertar cuando uno apuntaba, y pocos vi estallar. Los pescadores lanzaban sus anzuelos con presteza. La luz empezaba a cambiar, se anunciaba la noche tímidamente, así que busqué un bar en el que terminar el día. La tradición aquí es sentarse en unos miradores en la zona del paseo preparados con alfombras para disfrutar cómodamente del mejor momento que ofrece este rincón mágico. Una vez se acomoda uno, le traen un té de color cobre humeante en vaso de cristal. Y, si además hay ganas de llevarse algo a la boca y saciar la primera señal de hambre, se pide una bolsa de pipas y ya tenemos todos los ingredientes para celebrar lo que hemos venido a ver. De fondo tendremos el distrito de Fatih, donde el sol se hundirá a última hora para dar paso a la penumbra.

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Miradores donde disfrutar la puesta de sol. | FOTO: Mila Ojea

Aquí llega el tesoro que buscaba, lo que me trajo hasta ese banco de cemento cubierto a esa hora crepuscular y misteriosa. Se trata de Kiz Kulezi, la Torre de la Doncella, un pequeño islote rocoso a 200 metros de la orilla que alberga una torre del siglo XII. Ha sido usada para vigilancia, puesto de peaje, fortaleza defensiva, hospital de cuarentena, faro y ahora café-restaurante al que se puede acceder en barco por menos de dos liras. Está revestida de leyendas, lo que hace aún más atrayente sentarse frente a ella y dejar que las horas huyan perdidas hacia la oscuridad. La historia más popular es la de un rey que escondió a su hija en la torre para protegerla de una mordedura de serpiente, daño que no pudo evitar pues la princesa fue atacada por una escondida entre las uvas de una cesta.

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Kiz Kulezi frente a Estambul. | FOTO: Mila Ojea

Hubo un instante de hermanamiento entre todos los que estábamos allí sentados a esa hora. Esa visión del último sol derritiéndose tras los edificios, tantas veces repetida pero siempre única, fue solemne. La gente musitaba, con temor a romper el encanto.  En ese murmullo apaciguado por el sonido repetitivo del mar pensé en la vejez, en todo lo que quedará aquí para siempre, en lo inmutable. Sólo se puede arder y por ello dejaremos brasas. Después todo será ceniza.

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Tradición del té. | FOTO: Mila Ojea

¿Cómo deseo mi vida estos pocos años que me quedan? Frugal, defendida de infortunios, zozobras y contratiempos, y, como se ha caracterizado siempre, y prueba de que soy un espíritu selecto, muy solitaria. Ahora se lee mucho y de muy poco, y eso muy poco, muy malo. Yo leeré (y releeré) mucho de mucho, y eso mucho muy bueno. Escribiré, pero no por la vanidad de publicar, que ya se han publicado demasiados libros en esta vida. Me quedaré embobado en los bancos de las plazas. Me gusta la dulzura intemporal de una existencia solitaria y defendida de los vientos congelados de la noche. Hablaré poco y pensaré mucho, no me enamoraré, no pisaré sendas trilladas, y, como única extravagancia, me alimentaré de Nescafé mientras leo volúmenes clásicos de antimodernos y heteredoxos. No descarto, como Richelieu, dejar mi herencia a mis gatos. He tenido una vida cumplida, completa y agotadora. Es hora de retirarse a mis Palacios de Invierno. Es hora de olvidar aquel Palacio de Amor, dejó escrito Christian Sanz Gomez.

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Mezquita del Sultán Mihrimah en la noche. | FOTO: Mila Ojea

Cuando empezó a caer la temperatura y el sol era sólo un recuerdo en mis fotografías, me interné de nuevo en las calles y fui a parar a la Mezquita del Sultán Mihrimah. Asentada en la colina de Çamlıca, es la más grande del distrito. La iluminación artificial revestía su fachada de un tono dorado que contrastaba con un espeso cielo negro. En la zona de culto vi a los hombres arrodillados, y afuera, sentados alrededor de los grifos, lavándose los pies conforme a las exigencias de su religión. Sus seis minaretes representan los seis pilares de la fe islámica. La cúpula principal de la mezquita tiene 72 metros de altura y simboliza las 72 nacionalidades que conviven en Estambul. No somos un mundo tan grande, en realidad.

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Regreso a la ciudad. | FOTO: Mila Ojea

Tomé el último ferry de vuelta al otro lado en el claroscuro del muelle y desaparecí en el horizonte. Fui masticando mi autoconocimiento. En fin, sigo pensando lo mismo: quiero vivir. Voy a estirar cada minuto, las páginas de todos los libros, el dibujo de las gaviotas en un viento cristalizado. Seguiré con el dedo la irradiación de los astros, seré consciente de las células que existen en mí por última vez, esperaré imposibles indicios de auroras boreales, miraré atrás con agradecimiento. Quiero un río manso, ver los cometas dejando una estela blanca en el infinito, ganarme la fidelidad testimonial de mi perro, salir a buscar ramilletes de manzanilla en los prados. No me preocupan el exceso ni la soledad, hay un silencio tibio que me acoge entre sus brazos. Afortunadamente no saldré indemne, pero estaré en paz conmigo misma. Me gustará ver el mar desde mi sitio, sabré que he vivido. Volverá esa hora inmaterial en que bostezaban todos los gatos de Estambul y el cielo era una inmensidad anaranjada.

Sabré que he vivido
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