domingo. 19.07.2026

Crónica de la ciudad inexistente

En 1945 una nube negra barrió la vida, una montaña de cenizas ahogó las iglesias, un grito sordo recorrió cada plaza de la ciudad de Dresde. Se extinguió el pulso de la que llamaban "Florencia del Elba". Pero el tiempo y el empeño de sus gentes la ha reconstruido y ahora se nos ofrece en todo su esplendor.
165
Frauenkirche, la catedral luterana de la ciudad alemana de Dresde. | FOTO: Mila Ojea

Imaginen que van caminando por una ciudad, cualquier ciudad, dando por hecho que esta –por supuesto- es real. Pueden olerla, fijarse en las ventanas entreabiertas de las viviendas, parpadear ante los neones de las fachadas, cruzar semáforos, asomarse desde una azotea, pedir un café en una coqueta terraza llena de gente que habla en alto. Del mismo modo que una simple chispa puede incendiar un bosque, una desgracia podría hacer desaparecer esa ciudad. Parece difícil pero no lo es.

166
Castillo de Dresde. | FOTO: Mila Ojea

En 1945 en la ciudad alemana de Dresde no ocurrió una desgracia sino una multitud de ellas y eso desencadenó algo impensable: que, literalmente, desapareció. Hasta el día 12 de febrero, a finales de la Segunda Guerra Mundial, el núcleo más importante de Sajonia había sobrevivido con bastante dignidad y tenía un interés militar prácticamente nulo. La llamaban Elbflorenz que significa “la Florencia del Elba” merecidamente. En aquellos aciagos días Alemania ya tenía perdidas todas las batallas y era sólo cuestión de tiempo que las fuerzas aliadas entraran en Berlín.

167
Figuras a tamaño natural. | FOTO: Mila Ojea

Nadie pudo predecir que los aliados lanzarían por sorpresa una tormenta de fuego provocando más 20.000 muertos. Muchos historiadores consideran lo sucedido las noches entre el 13 y el 15 de febrero el mayor crimen de guerra perpetrado por las fuerzas que acabarían llevándose la sangrienta victoria. Pero además de las innumerables pérdidas humanas, la ciudad quedó pulverizada y en ruinas sólo tres meses antes de que Hitler se suicidara en el búnker del Reichstag. Este fue uno de los muchos bombardeos estratégicos dirigidos no a objetivos específicos sino a núcleos enteros. Su meta era destruir la infraestructura e industria alemanas y desmoralizar a la población causando la mayor cantidad de daños y víctimas posible. Tristemente lo consiguieron.

168
Color en las cúpulas. | FOTO: Mila Ojea

Los bombardeos todavía se recuerdan cada año en procesiones y ceremonias. En el año 2006 Dresde celebró su 800 aniversario y demostró una reconstrucción asombrosa de todo lo perdido anteriormente. Aquella ciudad destruida y asolada es hoy un lugar encantador, un museo vivo, desbordado de cultura y belleza, donde el viajero quedará boquiabierto al caminar por sus sencillas calles recuperando el espíritu y esplendor perdidos. Una nube negra barrió la vida, una montaña de cenizas ahogó las iglesias, un grito sordo recorrió cada plaza donde hoy asoma una flor. Se extinguió el pulso. Resulta increíble saber que todo, en aquel oscuro momento de la historia, dejó de existir.

169
Ambiente en las calles. | FOTO: Mila Ojea

Manuel Saco, periodista ourensano autor del libro “No hay Dios (probablemente)”, expone en el mismo sus reflexiones y escribe esto sobre las guerras: “Ni Dios, ni Patria, ni Rey”. Con este título mantuve durante años una columna en El Diario. Lo tomé prestado de Oriamendi, el himno de los carlistas por Dios, por la Patria y por el Rey. Tres conceptos que compendian todo cuanto aborrezco. Porque tras la mayoría de las guerras, injusticias colectivas y represión ocurridas a lo largo de la historia se encuentra la mano de los que se erigen en administradores exclusivos de los dioses en la Tierra. En santa alianza con esos patriotas que pintan fronteras a su antojo, para mejor explotar a quienes quedaron atrapados dentro de ellas, a menudo capitaneados por reyes que se creen dueños de las vidas y patrimonios de unos súbditos que jamás elegirían a un Borbón , por poner un ejemplo extremo, aunque tuviesen las neuronas encharcadas en Beefeater. Ni Dios, para empezar porque no existe. Si existiese yo sería el primero  en adorarle porque me cuentan que no valen bromas con los dioses, que son muy caprichosos, exigen lealtad exclusiva y tienen un sentido de la justicia completamente extravagante. Tampoco existe el unicornio azul pero no pierdo el tiempo con él porque nadie ha matado, torturado y sojuzgado en su nombre, tal como suele la clase sacerdotal de cuanta religión ha existido en el transcurrir de los tiempos. Conclusión: las religiones compendian lo más refinado de la historia criminal del ser humano. Se pueden contar con los dedos de una oreja los conflictos bélicos que no hayan sido cocinados en los fogones de las iglesias, mezquitas, sinagogas, en sus altares y púlpitos, o cuyos dioses no hayan constituido la levadura  fundamental que hace fermentar las guerras.

170
Fachadas barrocas. | FOTO: Mila Ojea

Permítanme que les tome de la mano y les lleve a dar un paseo por el Dresde de hoy en día. La ciudad se ha convertido en un centro económico, político y académico regional que visitan aproximadamente diez millones de turistas al año. Cuando se les pregunta qué es lo que más les gusta, los habitantes de Dresde siempre responden: el casco antiguo. La población se orienta alrededor del río Elba, que serpentea y permite distinguir entre la margen izquierda, el suroeste, y la derecha, el noreste. En general, la orilla izquierda es plana y más densamente construida, mientras que la orilla derecha es montañosa y en gran parte cubierta por el bosque de Dresdner Heide. En el río chapoteaban los niños vigilados por sus padres aquella mañana en la que me asomé al puente de Augusto, como si de una playa de arena se tratara.

171
Frauenkirche, el símbolo de la ciudad. | FOTO: Mila Ojea

Frauenkirche o Iglesia de Nuestra Señora es la catedral luterana de la ciudad. Situada en la Nuemarkt, este templo ardió completamente la noche de los bombardeos y dos días más tarde se derrumbó la cúpula. Estuvo en ruinas durante 40 años. En 1990 se aprobó la reconstrucción de la iglesia gracias al empeño de un grupo de vecinos de la localidad que recaudaron cien de los ciento treinta millones de euros necesarios para la obra. Gracias a toda la documentación existente pudo erigirse igual que la original y se ha convertido en un símbolo.

172
El desfile de los príncipes. | FOTO: Mila Ojea

El castillo de Dresde es un lujoso palacio real renacentista situado en el barrio Inner Altstadt. En su interior se encuentra el antiguo Museo Grünes Gewölbe o Bóveda Verde, del siglo XVI, donde hay dos exposiciones permanentes con un total de 3000 reliquias y una armería (Rüstkammer) con armaduras y monturas complejas. El castillo contiene además uno de los puntos más representativos de Dresde, el impresionante mural Fürstenzug o “El desfile de los príncipes”, un mosaico formado por más de 25.000 azulejos de gres porcelánico de Meissen que adornan la pared norte del Palacio Real situado en el Residenzschloss. Parte de esta maravilla sobrevivió al fuego. Llaman la atención sus colosales dimensiones: 102 metros de largo y 9 metros de altura.  Realizado por el artista Wilhelm Walther entre 1872 y 1876 muestra una procesión de 35 margraves, príncipes y reyes, y de 59 científicos, artesanos y agricultores. Todos representados con sus escudos de armas en el mosaico de porcelana más grande del mundo.

173
Belleza arquitectónica. | FOTO: Mila Ojea

Caminar por las calles requiere poner atención en las monumentales fachadas de las aristocráticas mansiones que hay por toda la ciudad. Y en los ahora de nuevo impecables edificios culturales. Por ejemplo la Ópera Semper o la catedral católica, con su marcado estilo gótico. O la Hofkirche, con vistas a la plaza del Palacio. Mezclados entre edificios podrán hacer una parada para sentarse en la mesa de un café a descansar y decidir qué museo ver: Gemäldegalerie Alte Meister –una galería icónica-; Panometer Dresden –el mirador con la mejor vista de la ciudad-; el Museo de Historia Militar –con todo tipo de barcos y blindados-; Albertinum –en el extremo oriental de la terraza de Brühl-; Porzellansammlung –salas llenas de porcelana-; Museum for Volkerkunde Dresden –visita imprescindible-… Todo nos salvará de las contiendas bélicas.

174
Palacio Zwinger. | FOTO: Mila Ojea

El Zwinger es un palacio barroco con elegantes pabellones y galerías de comienzos del siglo XVIII. Este conjunto, situado en la Theaterplatz, cuenta con tres museos donde ver artefactos y cuadros del pasado. En el extremo sudeste del patio de Zwinger está Glockenspiel, un carillón con 30 campanas de porcelana de Meissen. La galería Alte Meister, la Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos, expone más de 750 cuadros de reputados artistas italianos, flamencos, italianos y holandeses. Una de las obras de arte más destacadas es la Madonna Sixtina, de Rafael Sanzio. Pero mi parte favorita son los jardines, dignos de Versalles, cuidados con mimo y buen gusto.

175
Alegría en las fuentes. | FOTO: Mila Ojea

Ahora piensen en aquel 15 de febrero de 1945, cuando el primer rayo de sol se abrió paso entre la gélida niebla que lentamente se disipaba. Dresde amaneció hecho páramo rendido, agotado, triturado, completamente inservible. Imagino los esqueletos de los pocos edificios que quedaron en pie como fantasmas en una imagen grotesca y a las primeras palomas regresando desoladas a observar desde lo alto de las rejas el final de una época. Todo barrido por un silencio seco y escalofriante. Las escasas fotos de aquellos días revelan una barbarie fuera de lo común. Pero miremos al Dresde de ahora, adornado de árboles y niños que ríen salpicándose agua de las fuentes. No sólo han construido una ciudad: la han repetido a escala con toda exactitud.

176
Detalles de perfección. | FOTO: Mila Ojea

Quisiera despedirme en La terraza de Brühl, "el balcón de Europa". Se trata de una pasarela arbolada y elevada repleta de bancos asomados al río. Aquí podrán ver edificios y monumentos medievales como la cúpula de Bärenzwinger y una estatua de Gottfried Semper. La terraza se encuentra en la orilla oeste y tiene sus orígenes en el siglo XVI, cuando este área fue fortificada como parte de las defensas de Dresde. Su transformación en un espacio de recreo y contemplación se produjo en el siglo XVIII, gracias a Heinrich von Brühl, un influyente primer ministro sajón, que convirtió las murallas en un jardín privado para su disfrute personal. Aquí completamos el círculo de esta ruta que nos habrá enamorado –inevitablemente- de la ciudad inexistente. Sí, amigos, todo ha sido un sueño. Creíamos que era real pero no. Hemos atravesado el umbral invisible del tiempo.

177
El balcón de Europa. | FOTO: Mila Ojea

Desde este punto digo adiós a ese escenario soluble en el que he entregado un pedazo de mi alma. Cuántos torrentes de lágrimas y barro corrieron por estos adoquines. Así, sentada en un banco mientras el sol se extinguía como una mancha ambarina, antes de tomar el último tren a Berlín, pensé en todas las almas devoradas por el fuego, en la amargura, la angustia y el desgarro que por estas aceras de escarcha fluyeron enloquecidos. Es inimaginable el horror callado, las esquirlas invisibles de las bombas y la deflagración que nunca nos rozó. En estos tiempos borrascosos que vivimos quiero recordar un cuento de Rilke que leí hace años. Nunca volví a encontrarlo por lo que pido disculpas si la memoria me falla y no es exacto pero se resume en una frase: no se puede mandar a un soldado a una guerra sin una carta de amor en el bolsillo. Hablaba de un soldado que, derrotado, perdida ya toda bravura, mirando de frente a su inminente muerte, sacaba de su casaca una carta arrugada y le daba aquel papel gastado a un compañero diciéndole: a mí ya no me sirve, llévate la mía.

Crónica de la ciudad inexistente
Comentarios