La historia de hoy comienza en una cabina telefónica. Una de esas que ya no existen, perdida en un bar de carretera de México, en algún punto polvoriento del mapa. Dentro está Luisa, una española de 28 años cuya vida se desmorona y que viaja camino a una playa de la que le han hablado. Esa mañana, una mujer muy mayor que tenía un puesto de venta de cachivaches, le regaló un peluche de un ratón porque se llamaba como ella. Luisita, bonito nombre, dijo la anciana. Sentada en la cabina, Luisa deja un mensaje en el contestador de su marido:
-Hola, Jano. Sé que no llegas hasta mañana pero te llamo porque no te dejé ninguna nota, quizás para preocuparte. Quería desaparecer de tu vida así, sin más, sin avisarte, pero ahora me doy cuenta de que eso no está bien. Así que esta es mi nota, aunque, la verdad, no sé qué decirte. Hoy conocí a una mujer que se llama doña Martina. Tiene 98 años y tiene memoria de todo desde que tenía 5. Imagínate todo lo que ha vivido... O todo lo que una puede dejar de vivir… Tu madre te mandó el mousse que tanto te gusta, está en la nevera. Tienes que pagar el teléfono, dejé el recibo sobre el buró, y recoge las camisas que tienes en la tintorería... Bueno… Cuídate.
El sonido de la voz de Luisa retumba en el vacío del salón de su casa, se diluye en la soledad de un sofá azul, rebota contra la pared llena de fotos, escapa por la ventana que da a un patio soleado. Luisa huye de muchas cosas que la atraviesan: una infancia complicada, gente que no la comprende, un diagnóstico de cáncer que no le ha contado a nadie, una infidelidad confesada entre lloriqueos –también por teléfono- de su marido. Unos días antes conoció en una boda familiar a dos chavales de 17 años, Julio y Tenoch, con las hormonas revolucionadas y ganas de fiesta, y, en su desesperación, se unió a un viaje improvisado con ellos. Cruzan el país en un coche prestado en busca de Boca del Cielo, una playa cuyo nombre ellos se han inventado para enredar a Luisa y que se una a la aventura con el objetivo de seducirla.
Lo consiguen antes de lo que pensaban, un día en que Tenoch encuentra a Luisa llorando en su habitación de hotel, herida en lo más profundo de su depresión, y acaban fundidos en un polvo rápido y ridículo que no deja ningún poso en ellos. Ahí la amistad de los chicos empieza a entrar en una atmósfera turbia y se va resquebrajando. Ellos también guardan secretos: el desprecio de Tenoch a Julio por no pertenecer a su misma clase social privilegiada o la noche en que Julio se lio con la novia de Tenoch.
Doña Martina le regaló a Luisa la figura de la ratona que llevaba su nombre. Le explicó que había pertenecido a su bisnieta, Luisa Obregón, quien había muerto de insolación al cruzar el desierto de Arizona junto con sus padres, cuando iban en busca de un mejor futuro. Luisa pensó que aún en la ausencia, las personas siguen estando presentes. Se preguntó por cuánto tiempo seguiría ella estando viva en el recuerdo de los demás, cuando dejara de existir. Pero Luisa no quiere ocupar su mente con pensamientos de muerte.
De hecho, Luisa ya está desatada, fluctuando entre su sensación de vida desaprovechada y la clara cercanía de un final inesperado, y un día cabalga a Julio en el asiento trasero del coche mientras Tenoch, rabioso de celos y estupidez, comportándose como el niñato que es, no puede evitar mirar desde lejos cómo se agita el auto. El resultado es tan lamentable y agridulce como cuando él fue el elegido para el desahogo de Luisa, que al terminar va a consolarle y se recrimina a sí misma haberse acostado con los dos. Como venganza, Tenoch le cuenta a Julio que él también se lio con su novia, devolviéndole el golpe recibido anteriormente.
-¡Bájate, cabrón, que nos vamos a partir la madre, güey! – grita enfurecido Julio mientras da patadas al coche. Luisa pierde los nervios, abre el maletero chillando y echándoles en cara su comportamiento infantil, extrae sus bolsas y se va andando por la carretera dejándoles atrás. Los chicos recapacitan un poco al verla marchar, se piden perdón uno al otro y salen en su búsqueda. Unos metros más adelante ella camina deprisa y enfadada, le suplican que vuelva a subir al auto y finalmente la convencen para continuar camino juntos, esta vez cumpliendo una serie de reglas que ella exige.
Luisa no sabe que están perdidos, que los mapas no conducen a esa playa prometida que se han inventado, que todo es una milonga para estar cerca de ella. Acaban encallando en un camino de arena, con una rueda hundida, mientras ella duerme en el asiento trasero. Julio y Tenoch pensaban que Luisa estaba dormida. Ignoraban que el miedo se lo impedía. Era un miedo que nada tenía que ver con la oscuridad o con lo que la rodeaba. Por la mañana ella sale del coche y se encuentra ante un desierto dócil envuelto en el trino de los pájaros invisibles. Algo le llama a caminar y se adentra en el arenal hasta encontrar una playa inmensa y solitaria ante sus ojos. Un impulso loco le hace correr hacia el agua, descalzarse deprisa y dejar que las olas laman sus pies y las perneras de sus vaqueros.
No es la playa prometida pero qué importa. Improvisan un momento de calma, disfrutando del sol y el agua salina. Aparece en una lancha una familia de pescadores que se queda a comer con ellos y se ofrece a llevarles por la costa. Al día siguiente, mientras surcan el mar dejando una estela blanca tras ellos, el hombre señala una playa y la mujer les dice que es Boca del Cielo. Julio mira a Tenoch, conchabados para estirar la mentira. Allí se bañan, juegan al fútbol y Luisa acuna entre sus brazos al pequeño de la familia bajo la sombra de un árbol.
Mi playa soñada de México se llama Balandra y pertenece a la bahía de La Paz. Es un santuario natural e insignia que engloba arenal y manglar en plena armonía. No llegué por casualidad sino por una fotografía que quedó clavada en mi mente y me llevó hasta ese punto mágico de Baja California. Desde lo alto del promontorio, en una vista de 360 grados, se disfruta de las colinas, los arbustos verdes que serpentean por la orilla, una formación rocosa llamada El Hongo, áridas dunas y el remanso azul del mar quieto como una laguna.
Al atardecer el agua cristalina se tiñe de naranja y cientos de pelícanos bajan a comer. Planean sobre la superficie y se lanzan a por sus presas en formaciones militares con un ataque perfecto en su ejecución. Los mosquitos pican como condenados pero el espectáculo es tan increíble que uno no puede dejar de mirar. En la parte más alta de las rocas se divisan todas las tonalidades que el cielo imprime e invitan al sosiego. El sonido de la brisa, la gente que pasea por la arena, la curva exacta del mínimo oleaje, hábitat de flora y fauna únicas, las formas de los arrecifes, todo es un territorio onírico. Mi Boca del Cielo existe y está ahí.
Por la noche los protagonistas de la película “Y tu mamá también” (Alfonso Cuarón, 2001) van a San Bernabé, un pueblito donde han alquilado una habitación de hotel. Mientras Julio y Tenoch juegan al futbolín, volvemos a ver a Luisa metida en una cabina telefónica.
-No sé, Jano, dile a tu madre lo que más te convenga, de verdad… Oye, déjame hablar, déjame hablar seguido o cuelgo, ¿vale?... Vale, gracias… Decirte que me iba a ir de todas formas, tu llamada simplemente lo hizo todo más fácil, te lo agradezco, pero que sepas que esto que estoy haciendo no es venganza… Yo siempre supe de tus infidelidades, de la de Carmen y aquella chica de Barcelona, bueno, siempre supe todo. Sólo tenía la esperanza de que cambiaras, nada más… No, mi decisión nada tiene que ver con eso, Jano, créeme, ahora no te puedo explicar nada pero pronto lo entenderás, ¿vale?... Oye, no, no te eches la culpa ni me la eches a mí, yo sé que todo es muy confuso pero, aunque te parezca mentira, no hay culpables… ¿Cómo te voy a odiar? No, no te odio, y por favor no me odies a mí… Escúchame, Jano, escúchame… Te llamo para decirte que te quiero y que tú fuiste mi vida, no espero que esta sea una despedida feliz pero sí al menos cariñosa… Jano, tranquilízate, no te pongas así, por favor…
Luisa apoya el auricular del teléfono sobre su pecho y mira hacia arriba, mordiéndose las ganas de llorar. Nadie puede rescatarla. Suspira y vuelve a ponerse al aparato:
-Escucha, Jano, ¿viste que cogí menos dinero del que me corresponde, verdad?... No, no necesito más, con eso tengo de sobra, de verdad, y mis llaves las puse en la cocina… Tus camisetas de Ibiza no las busques, me las traje, sabes que me gusta mucho dormir con ellas… Bueno, sólo espero que aprendas a ser feliz, ¿vale?... Yo ahora lo soy – su voz se quiebra y sonríe, forzada. – Cuídate, Jano, ahora voy a colgar, ¿vale?... Chao…
Luisa cuelga el teléfono, su sonrisa se vuelve una mueca extraña y rompe a llorar con la cabeza apoyada en la ventanilla de la cabina. Pero la noche no acaba ahí. Al rato la vemos con los chicos, hablando y riendo, exaltada por los vapores del alcohol, empapando las penas en un vaso, brindando, celebrando México. Luisa pone música en una máquina, baila entre la piel de los dos y el ambiente se caldea tanto que acaban desnudos en la habitación convertidos en un solo cuerpo. Un cuerpo que suda, acaricia, gime, besa, descubre, goza.
El blanco sol de la mañana trae la vergüenza, el desconcierto y hasta el vómito de los muchachos. Pero Luisa resplandece sentada a la mesa desayunando con la familia de pescadores y anuncia que va a irse sola a seguir recorriendo la costa. Hay una nueva serenidad en ella cuando camina por la playa y se vuelve a mirar a los chicos, que recogen el campamento para marcharse. A la una de la tarde de ese mismo día Julio y Tenoch emprendieron el regreso. Fue un viaje sin eventualidades y muy silencioso. Ella se quedó en San Bernabé para empezar al día siguiente su exploración por las bahías de la zona. Al despedirse de Tenoch y Julio, Luisa les dijo: la vida es como la espuma, por eso hay que darse como el mar. Luisa flota sobre el agua turquesa, liviana y en paz consigo misma. Es la última vez que la vemos.
Cuando uno conduce por la carretera estatal 11 que lleva a playa Balandra llega a un punto en el que esta se divide en dos. Al tomar el ramal de la derecha llegamos a otra playa, El Tecolote, ensombrecida por la belleza de la principal pero tiene el encanto de los lugares que a nadie le interesan. Parece un poblado semi abandonado. Sobreviven un par de restaurantes de mariscos tipo cabaña sobre pilares de madera, varias palapas y un palo lleno de flechas con nombres de varios lugares del mundo indica que España está a 9.592 kilómetros. Tan lejos, sí. Pero nada como una cerveza bien fría sentados frente a la orilla. Allí, con los pies enterrados en la arena, divisando al norte la isla Espíritu Santo, tal vez distingamos la figura de una mujer cuyo ligero cuerpo se estira cual tabla y ondea sobre el agua. Dándose como el mar. Es posible que sea Luisa. Y sabremos que, al fin, es lo que quería: legítimamente feliz.
