¿Saben qué es lo mejor de viajar? Yo se lo diré: volver a casa. Aunque parezca una paradoja les aseguro que tiene mucho sentido. Hay que pensar en la casa como un templo que nos pertenece, y dentro de ese espacio debemos guardar el alma. Sólo nuestra casa sabe recibirnos como merecemos y guardar bajo llave todos nuestros secretos. Al hilo de esta apreciación, escribía Antonio Agredano: Quiero llegar a viejo con buen beber, con mi biblioteca intacta, con curiosidad por todo, con mis dientes y esta ferocidad pausada que llevo años cultivando. Quiero llegar y quedarme en el descansillo a oscuras, como quien entra, tras un largo viaje, en casa. Levantar las persianas, abrir las ventanas y las puertas, deshacer las maletas, darme una ducha, tenderme en el sofá con una cerveza fría en la mano. Dejar que el viento caliente de la tarde pellizque las mejillas de mi casa. A eso aspiro, y a poco más. Llevo toda la vida rodeado de jefes, ahora quiero bailar en la fogata con los indios.
En China se conoce como hutongs a los callejones que forman el casco antiguo de las ciudades, ese barrio donde todo comenzó. En el caso de Beijing la zona se compone de 16 hutongs distribuidos con forma de espina de pescado. Son calles estrechas pero bien conservadas, llenas de detalles, y albergan los siheyuan, las casas con patio tradicionales. Desde fuera sólo apreciaremos muros grises pero estas construcciones datan de las dinastías Yuan, Ming y Qing. Normalmente no se instalan ventanas en el muro y las habitaciones quedan así tapadas a la vista de los que curiosean por el barrio.
Por aquí apenas pasan coches y la gente se mueve en motos que arrastran un pequeño remolque en el que llevan todo lo que necesitan. Es una forma de vida tranquila y ordenada, lejos del bullicio de la ciudad moderna. Se dice de los habitantes de los hutongs que viven anclados en el pasado pero no parece que eso les suponga un gran problema. La mayoría de viviendas no disponen de baño por lo que es fácil ver a sus habitantes lavando la ropa en zonas comunes o aseándose en baños comunitarios.
Hay siheyuan de diversas categorías. Su importancia no está en el tamaño sino en la estructura. Esta se basa siempre en un patio rectangular compuesto por habitaciones orientadas a las cuatro direcciones: norte, este, sur y oeste. El siheyuan más sencillo sólo tiene un patio, mientras que los pertenecientes a familias más pudientes contienen dos o tres. Reciben el nombre de “casa patio” y no “casa con patio” porque se considera todo una unidad inquebrantable y responde a un status tradicional.
La habitación más importante es la del norte y está construida sobre una plataforma de arena prensada. Es la alcoba más grande de todas y pertenece al cabeza de familia. En su interior hay un altar para honrar la memoria de los ancestros. En los laterales, comunicadas por una galería, se posicionan las habitaciones donde viven los descendientes. Cada cuarto es asignado a los miembros de la familia de acuerdo con su edad o autoridad. Por último la habitación del sur es para los sirvientes. Actualmente este tipo de vivienda está sujeto a un proceso de gentrificación que la convierte en inaccesible para la mayoría de la población, problema que se extiende a nivel mundial.
Recuerdo bien la sensación de mi entrada en el siheyuan que fui a visitar. Una vez crucé la puerta situada en el sureste me encontré con una talla de madera con farolillos cayendo a los lados como decoración del muro interior y una fuente esplendorosa de flores fucsias. Esa pared me condujo a la izquierda y fue cuando vi el pequeño pero maravilloso patio que se escondía en el corazón de la vivienda. Cada detalle estaba pensado para asombrar al invitado pese a su sencillez aparente. Los faroles rojos de varios tamaños y formas cruzaban el cielo de rama a rama de los árboles que allí vivían. Había una parra con uvas frente a la puerta de la habitación principal. En el centro del patio descansaban una mesa y asientos de mármol blanco tallado y algunos taburetes de madera. Cada habitación tenía sus propios escalones de acceso. Reinaba una paz limpia, lejos del humo y la gente, y una sensación falsa de frescor pese a la mañana pegajosa que ahogaba a Beijing en su humedad insoportable.
La disposición de cada elemento no es casual: representa la moral tradicional china y se basa en el feng-shui. Cada uno de los habitáculos recibe diferente cantidad de luz solar. La puerta principal corresponde a la posición de xun en los Ocho Trigramas Taoístas, simboliza el viento y atrae a la riqueza. El muro biombo de la entrada dota de privacidad y protege a la casa de los espíritus malignos. Tal vez por eso la talla que vi con figuras animales mitológicas. Los muros del noroeste suelen ser más altos que el resto para proteger el interior de los fuertes vientos. Los aleros de los tejadillos se curvan hacia abajo, así el agua de lluvia cae de un modo suave. A menudo se colocan un par de leones de piedra fuera de la puerta y, dentro del patio, una puerta festoneada o en forma de luna.
Las ventanas y puertas se abren siempre al patio proporcionando una completa intimidad. Los árboles que crecen allí dentro suelen ser manzanos chinos, granados o lilos plantados simétricamente. De este modo el patio se convierte en jardín y, al mismo tiempo, sala de estar al aire libre. De pie en ese punto central, el eje invisible alrededor del cual todo gira, pude admirar las jaulas vacías colgadas de las ramas, los farolillos y las delicadas pinturas con motivos florales sobre el marco de cada puerta, ajadas como correspondía a su venerable edad.
Entré en el pasado. Había una habitación tan estrecha que pude observar todo asomada a la puerta, sin poner un pie en la estancia. Una lámpara antigua con borlas; techos y paredes de cálida madera; una mesa alta y alargada llena de cajas, linternas y cestillos; cuadros con caligrafías preciosistas; otra mesa redonda con banquetas a juego por las que habían pasado mil años de un soplido. En otra habitación, más grande e iluminada, una mesa alargada con bandejas con fruta, graciosos muñecos de colores vivos –rojo, siempre rojo sobre todas las cosas-, y jarrones con ramas de bambú verde. Pegada a ella, otra mesa baja con tazas lacadas y un montón de billetes que iban dejando los que por allí pasábamos en agradecimiento por permitirnos invadir esa intimidad.
No había nadie cuando estuve allí pero guardé todo el respeto que el momento merecía, era un privilegio disfrutar en soledad de esos rincones expuestos a los ojos del extraño. Así encontré el estudio, la oficina y un armario abierto que exponía dos trajes tradicionales, masculino y femenino, de los habitantes de esa morada. Sus bordados de dragones sobre un fondo chillón eran impresionantes. En esa misma estancia pude ver una cama con dosel de tela roja enmarcada entre cuadros de motivos diversos.
Todo era pequeño y ordenado, perfectamente adaptado a las dimensiones de la casa. Ninguna estancia puede ser mayor ni mejor que la principal en términos de área, altura y decoración con objeto de demostrar respeto a los antepasados y reconocer la autoridad e influencia del patriarca. El cuarto más importante es el centro de actividades y también el símbolo del vínculo familiar. Todas las estructuras son cuadradas, formando ángulos rectos porque los chinos son especialmente supersticiosos y creen en la existencia de los malos espíritus, que son incapaces de doblar las esquinas. Si se ponen suficientes, dan por hecho que están a salvo de ellos.
Fotografié una maqueta de color hueso que mostraba a la perfección la distribución de la vivienda al completo. Era fácil intuir cómo su estructura permite ser ampliada infinitamente. A medida que crece el número de miembros de la familia se pueden agregar nuevas habitaciones y patios, más dormitorios y jardines, utilizando paredes y corredores para conectarlos con el complejo principal y adecuando todo a la vida diaria de la familia. Es un diseño flexible y adaptable para las necesidades del día a día. Todo fluye.
Pero aquella era otra vida que no me correspondía y volví a mi casa. Esa donde soy yo, con mis horarios, mis rutinas, mis tardes de sofá y cine, mis libros apilados, mi despertador, mis velas, mis noches en blanco, mis cuadernos de recetas, mi taza favorita de café, mi desorden personal. Donde mis flores se marchitan por la calefacción o la abundancia de lluvia. Regresé a las paredes que me protegen, a mi nido hecho ramita a ramita. Mi templo del alma. Desde aquí me gusta pensar en esas casas en las que me fue permitido entrar, observar y reflexionar. Nunca invadir, nunca contaminar. Tan sólo conocer las vidas que no he tenido. Y ahora quiero bailar en la fogata con los indios.
