domingo. 19.07.2026

Cuando fuimos humo

Todos somos pura casualidad, una amalgama de células, energía termonuclear y vibraciones. Venimos del fuego y la tribu aunque evolucionemos en diferentes direcciones. Y con cada uno de nosotros nace una canción que nos acompañará para siempre.
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Una mujer Himba recibe la ayuda de la tribu para colocar su tocado. | FOTO: Mila Ojea

Todos pertenecemos a una tribu aunque pensemos lo contrario. Tendemos a vernos por encima de los demás, individuos únicos e irrepetibles, y aunque lo seamos venimos de unos mimbres que nos han construido y se ocultan –despiertos o adormecidos- en nuestro ADN. Por eso hoy quiero ir al origen, a la tierra del agua y el barro, a encharcarme en los principios y los finales, en las rarezas y lo extraordinario y en todo aquello que, casi sin aliento, a duras penas permanece.

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Retrato de niño Himba. | FOTO: Mila Ojea

En el norte de Namibia vive y sobrevive una tribu extraña y particular, amos de las montañas y la sencillez, dueños del fuego primigenio. Los Himba, cuyo nombre significa “mendigos”, mantienen viva su herencia en el desierto, a pesar de haber sido objeto de persecuciones y genocidios por parte de los colonizadores alemanes que por allí han pasado. Su existencia pacífica es casi un milagro, y la autenticidad de sus tradiciones queda en entredicho cuando uno va allí a conocerles y descubre que hay que pagar un pequeño peaje por verles, ya sea comprar alguna pieza de bisutería o llevarles cosas necesarias como libretas para su colegio, pero el resultado compensa al viajero.

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Mujer Himba sentada en la entrada de su casa. | FOTO: Mila Ojea

Hace unos años dio la vuelta al mundo una fotografía que sorprendió a propios y extraños. En ella se veía a una mujer Himba veinteañera, vestida con su atuendo diario, portando un bebé dormido en su espalda y haciendo la compra en un supermercado. Manejaba un carrito metálico como hacemos todos en estos menesteres y caminaba descalza por los pasillos con total naturalidad. La imagen la tomó Bjorn Persson, un fotógrafo sueco que estaba en la ciudad de Opuwo rodando un documental sobre esta tribu. Las mujeres Himba siempre se visten así. No importa si están en su hogar, en su pueblo, o si están visitando las grandes ciudades modernas. Lo hacen por tradición y por su propia belleza. Ellas no se visten de otro modo para los turistas como sí hacen otras tribus, explicó cuando la foto se viralizó.

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Grupo de mujeres con sus atuendos diarios. | FOTO: Mila Ojea

Así es. Pero me gusta especialmente este detalle que Persson destaca: por su propia belleza. Eso nos acerca a todas las mujeres del mundo, creo. Nos une una sensibilidad común y una fortaleza invisible. El atuendo de las mujeres Himba es verdaderamente fascinante. En realidad van semidesnudas para nuestros ojos occidentales, nuestras objeciones y prejuicios, pero eso es lo de menos. Ese protagonismo del cuerpo, la exposición adornada de la carne, es el vehículo que despoja a la mujer de erotismo. Ellas son un instrumento de ternura y maternidad. La mejor fotografía que hice aquella tarde soleada en su compañía retrata a una joven embarazada a la que sus compañeras ayudan a colocar el tocado de la cabeza mientras los pequeños, al fondo, observan la escena. Lo cotidiano para ellos resultó lo extraordinario para mí.

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Mujer Himba embarazada. | FOTO: Mila Ojea

Los Himba habitan la zona de Kunene, una región árida que lleva su nombre por el río que hace frontera entre Namibia y Angola. Esta zona es la menos desarrollada del país y una de las más salvajes del sur de África. Su clima es cálido y estepario, sin apenas lluvia, por lo que no es necesario abrigarse precisamente. Es por esa aridez que las Himba se protegen del sol y han desarrollado métodos naturales y eficientes para ello. El color rojizo mate de su piel se debe a que la cubren con una pasta llamada otjize compuesta de mantequilla animal, ceniza de raíces quemadas y el pigmento ocre de una piedra que contiene mineral de hierro y hierbas. Este mejunje cumple la doble función de ahuyentar a los mosquitos e hidratar la piel. Pero lo más llamativo es su pelo, un conjunto de rastas engrosadas en mechones largos por una pasta de arcilla agrietada.

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Jóvenes con las trenzas típicas de su edad. | FOTO: Mila Ojea

El peinado es un signo distintivo que se va transformando en cada etapa de la vida, marca el cambio de estatus como el paso de la pubertad a la madurez. Durante la infancia llevan dos trenzas sobre su frente hasta que entran en edad de “fico”, la ceremonia de paso a la adultez. Cuando las jóvenes alcanzan edad suficiente para casarse, se hacen más trenzas a las que añaden extensiones de lana. Siguen llevándolas hacia delante como un velo para ocultar su rostro a los hombres, parecen bastante incómodas pues bloquean parcialmente la visión. Una vez casadas, colocan las trenzas hacia atrás y después de haber dado a luz, decoran su peinado con un tocado de piel ornamentado llamado “erembe”.

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Un pequeño se abraza a las piernas de su madre. | FOTO: Mila Ojea

Las prendas las hacen con piel de cabra. Los pequeñines llevan un simple taparrabos de cuerdas y cuentas. Su estética es única. A medida que crecen se cubren un poco más, pero prácticamente viven en concordancia con sus costumbres y circunstancias climáticas. A los niños les hacen una cresta hacia atrás desde que nacen y no se la cortan hasta contraer matrimonio. Cuando son jóvenes utilizan fundas de tela para proteger esas preciadas trenzas y, después de casarse, los adultos llevan el pelo corto hasta su muerte. Otra curiosidad es que las mujeres no se bañan porque lo consideran desperdiciar el agua, un bien escaso, mientras que los hombres sí lo hacen.

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Una mujer atendiendo a sus pequeños. | FOTO: Mila Ojea

Ellas utilizan ropa tradicional como faldas y sandalias. Lo más estrafalario de su estilo es la abundancia de ornamentos como cinturones, brazaletes o collares hechos de piel y metal. Si en la tobillera llevan pintada una raya negra, significa que sólo han parido una vez, si tienen dos rayas, que tienen dos o más hijos. Mientras los hombres usan cada vez más prendas modernas como camisetas y calzado hecho de neumáticos. Mientras los observaba, me resultaba imposible calcular la edad de ninguno de ellos, como si flotaran en un tiempo imposible.

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La ternura de los más pequeños. | FOTO: Mila Ojea

Todos los miembros de este pueblo seminómada de 50.000 habitantes tienen una función asignada. Los hombres se encargan de pastorear el ganado, saliendo a veces durante largos periodos de tiempo. Las mujeres cuidan la aldea, hacen artesanías, buscan leña, cocinan y construyen las casas. Desde pequeñas, las niñas se ocupan de ir a buscar agua y de ordeñar el ganado. Los niños cuidan a los más pequeños. Estos últimos son, además, los encargados de que el fuego no se apague, una labor encomiable y de mucha responsabilidad.

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Mujer Himba con su hijo en brazos. | FOTO: Mila Ojea

La tribu no tiene ninguna religión, su única deidad es el “fuego sagrado”, situado entre la choza del jefe y el corral de los animales. Alrededor de este fuego se reúnen para celebrar las bodas y dar nombre a los recién nacidos. Únicamente el jefe tiene el privilegio de sentarse al lado del sacro elemento. Respetan una jerarquía tribal en la que el mandatario de cada tribu es también el líder espiritual de la comunidad. Además, los hombres son polígamos y no pueden pasar sin atender a cada una de sus esposas más de dos noches.

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Grupo de bienvenida. | FOTO: Mila Ojea

Aquí todos aportan dentro de sus posibilidades, así se construye la vida. Se han dedicado principalmente a la cría de ovejas y el cultivo de cereales como el maíz o el mijo. Miden su riqueza en cabezas de ganado y este sirve también como moneda de cambio en las ceremonias matrimoniales, siendo los padres de la novia quienes negocian la dote con la familia del novio. La aldea es un pequeño y completo universo. Cada niño, antes de nacer, trae consigo una canción que le acompañará a lo largo de su vida como símbolo de su identidad. Dicen que las mujeres intuyen cuándo van a quedarse embarazadas y se sientan bajo un árbol a esperar a que les llegue esa canción. Esta se transmitirá al padre y al niño durante todo el embarazo, y se le cantará al pequeño durante toda su infancia.

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Las casas del poblado. | FOTO: Mila Ojea

El poblado, o kraal, lo constituyen casas circulares hechas de madera, adobe y paja y un corralillo central para las cabras y vacas. Es la imagen totalmente africana que nosotros tenemos en la cabeza. Pídanle a un niño que dibuje, echando mano de su imaginación, ese asentamiento: será tal como este que aquí les muestro. La zona se protege rodeándola de matorrales espinosos para evitar la visita de animales salvajes. Dentro de las casas hay poca cosa, un fuego para ahuyentar a los mosquitos y perfumar el ambiente, y pieles de animal en el suelo a modo de esterilla. También construyen graneros y despensas sobre pilares. Es la humildad más absoluta. Para dormir, los hombres usan un pequeño taco de madera muy curioso que se ponen en el cuello como almohada, y las mujeres apoyan la cabeza sobre el antebrazo del hombre.

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Buscando la sombra. | FOTO: Mila Ojea

Reflexionaba Javier Albalá que para tomar estos versos hay que salir de la autopista y rodar en busca de una carretera comarcal chiquita que te conduzca lejos de lo trillado. Y atreverse más aún y en cuanto haya ocasión, desviarse por la senda de un camino que se aleje de la brea del asfalto y las líneas en blanco y asumir los baches de la tierra como una llamada a bajar del coche y caminar despacio y lejos, sin más objetivo que ir poco a poco cada vez más y más adentro. Dejar de rendir cuentas y asumir que tal vez este sea el principio de empezar a desaparecer y buscar con urgencia la oportunidad de vivir en coherencia con la verdad que palpita en cada uno de nosotros, sabiendo que es posible que nunca sea alcanzada y que todo se quede en el intento. Sabiendo también que es uno de los propósitos más dignos y preciados a los que puede dedicarse la existencia. Entregarse a caminar fuera de los márgenes en los que la vida no es mirada y sin embargo vale exactamente lo mismo que tantas otras vidas ejemplares y aplaudidas.

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Pura alegría. | FOTO: Mila Ojea

Otra cosa que aprendí aquel día fue que los niños no necesitan idiomas para hacerse entender. Tan sólo se dejan llevar por la euforia y ametrallan al viajero con sus risas y argucias para ser los protagonistas de juegos y mimos. Son un centro de energía que irradia una alegría acolchada que nosotros hemos enterrado. Cómo no sucumbir a sus tretas y risas pizpiretas. Después de jugar con ellos, ansiosos de atención, llegó el momento de la despedida. Para ello, las mujeres formaron un arco frente a nosotros y nos ofrecieron cánticos y un baile atolondrado que vimos con regocijo. Entraron en juego tres mujeres más vestidas con unas faldas de colores, enaguas y un curioso sombrero triangular que eran completamente distintas a las Himba que nos acompañaron y vendieron figuras de jirafas de madera. Unas giraban eufóricas y otras aplaudían en agradecimiento a nuestra visita. Están acostumbradas al turismo limitado que llega, le sacan su partido, pero a cambio también dejan un poso en nosotros. Su tez de chocolate, los ojos lácteos, la desenvoltura de los adolescentes frente a la timidez de algunos pequeños, las mujeres envueltas en abalorios como guerreras de otro tiempo, sombras de sombras.

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Baile y cánticos de despedida. | FOTO: Mila Ojea

¿Creen que ustedes no tienen nada que ver con estos seres humanos? Desengáñense: todos hemos sido humo. Es más, todos tenemos el deber de mantener el fuego encendido. Es esa la llama que nos une, de lo contrario desapareceríamos. El viajero ostenta el privilegio de encontrar algo de sí mismo en cualquier lugar al que va. Esto nos recoloca en el tiempo, ahí es donde debemos ahondar. Hay una herencia natural y tangible. Sólo al descalzarnos y dar el primer paso, piel sobre la arena, sabremos la temperatura del camino que pisamos. Sucumbimos a la realidad de nuestras vidas: somos pura casualidad, una amalgama de células, energía termonuclear y vibraciones. Nuestros cimientos tiemblan cuando uno menos lo espera. Una voz, un abrazo, una canción –la canción de un bebé que se acuna en el vientre de su madre, uniendo dos seres en uno-, y todo se desbarata. Entreguémonos a caminar fuera de los márgenes en los que la vida no es mirada para saber el significado de la palabra riqueza.

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