domingo. 19.07.2026

Corazón hecho marisma

Desde la carretera se divisa la silueta quieta rodeada de olivares y granjas del pequeño pueblo de Montefioralle. Contiene el secreto de la vida rural que sólo aspira a la quietud y la belleza de la Toscana. Un rincón tocado por la mano de Dios.
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Un rayo de sol ilumina una bodega en Montefioralle. | FOTO: Mila Ojea

Una de las ventajas de escribir es ese extraño fenómeno que da como resultado vencer al olvido. Se produce muy pocas veces y es raro dar con la tecla adecuada, guardar un instante a la temperatura exacta para que no se marchite u oxide, respetar sus tiempos, dejarle asomar de vez en cuando, que respire, que trote, que cambie de color, que crezca o se difumine, que alcance su punto de ebullición, que ascienda y se vuelva terremoto o flor. Por eso hoy vuelvo a Italia –sí, siempre Italia- para hablarles de uno de mis pueblos favoritos y que, así, estas líneas lo transformen en alguna forma química de eternidad.

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Vista de Montefioralle desde los viñedos. | FOTO: Mila Ojea

Montefioralle es una pequeña villa feudal envuelta en olivos y protegida por las montañas de la región de Chianti. Reina sobre una verde colina en la que la primavera se ha posado con su fibroso poderío y parece no querer marcharse. Hasta aquí no llegan los sonidos de Florencia, cumbre de la Toscana, a menos de 30 kilómetros de este núcleo vegetal y silencioso que reta al viajero a no irse nunca. Se calcula que fue creada allá por el año 1085 como fortificación, quedan testimonios romanos en ella y mantiene sus murallas medievales en perfecto estado.

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El valle tras los olivos. | FOTO: Mila Ojea

Desde la carretera se divisa su silueta quieta rodeada de olivares y granjas. Contiene el secreto de la vida rural que sólo aspira a la quietud. Sus casas de piedra entrelazadas en las estrechas callejuelas se protegen las unas a las otras. Guardan el alma vieja de lo inamovible. ¿Recordáis cómo era abril cuando éramos jóvenes, esa sensación de líquida impetuosidad y el viento extrayendo cucharadas azules del aire, y los pájaros fuera de sí en los árboles que ya habían echado brotes?, escribió John Banville. Así exactamente es este reducto de calma.

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Belleza de piedra. | FOTO: Mila Ojea

La principal atracción es el castillo de Monteficalle, nombre antiguo de la población, situado en el centro del burgo. El monje alemán Tanchelmo, en su viaje de Cluny a Roma, tuvo tiempo de fundar un monasterio siguiendo el estilo de la arquitectura militar germánica en el año 931. Es el comienzo de Montefioralle. Ese monasterio fortificado primigenio perteneció después a las familias de los Ricasoli, Benci, Gerardini y Buondelmonti. En 1325 Castruccio Castracani se apropió de él y modificó su arquitectura reforzando el recinto con una segunda muralla y aumentando el número de torres. Ya convertido en castillo estuvo bajo el control de Florencia y de Siena. Fue sede de un ayuntamiento y del hospital de Santa Maria del Bigallo. Además administró y controló las tierras circundantes durante mucho tiempo.

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Detalles vegetales. | FOTO: Mila Ojea

Dicen que la familia Vespucci fue propietaria de una casa a finales de 1400 y este hecho dio pie a la creencia de que Américo Vespucio, comerciante florentino compañero de Colón en el descubrimiento de América –y por el cual dicho continente lleva su nombre- pudo haber nacido aquí. Pero no existe ningún documento o evidencia que pruebe tal leyenda. Aun así se oferta una visita a una residencia marcada por el símbolo de la familia Vespucci en la puerta: la "vespa" o "avispa".

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Calles solitarias. | FOTO: Mila Ojea

En el Montefioralle actual viven apenas cien personas encapsuladas en un núcleo de calles adoquinadas dispuestas en sucesivos anillos concéntricos, cuyas laderas están revestidas de viñas, cortijos y bosques. Hay tres puertas en la muralla para acceder a su interior y si van en coche deberán dejarlo aparcado en las zonas señaladas para ello. El pueblo se camina entero en un par de horas. Fuera de su perímetro, diversas terrazas situadas en los alrededores del Valle de Greve, a unos 400 metros sobre el nivel del mar, se benefician y explotan un suelo silíceo y calcáreo con una increíble capacidad de drenaje que permite que las vides entierren sus raíces a gran profundidad.

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Vino de la tierra. | FOTO: Mila Ojea

Este hecho unido a un microclima único ha dado como resultado la creación de un elogiado vino tinto que producen bajo la denominación de Chianti Classico y vendido bajo la icónica etiqueta Gallo Nero. Chianti es considerada la primera región vitivinícola del mundo gracias a un edicto promulgado por Cosimo III de Medici en 1718 aunque la historia referida a los caldos de esta zona se remonta al siglo VIII a. C. A finales de septiembre se celebra el festival Montefioralle Divino, con catas de Chianti y degustación de bruschetta en el centro del pueblo. Y el tercer fin de semana de mayo varias bodegas locales organizan I Vini del Castello (Vinos del Castillo) con varios puestos de bebida y fritelle, unas delicias dulces fritas con forma de bolitas.

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Iglesia de Santo Stefano. | FOTO: Mila Ojea

La iglesia de Santo Stefano, con sus muros adornados de glicinias, se ubica en el punto más alto del pueblo. Conserva el aspecto original de una construcción del siglo XVII-XVIII. En la nave principal hay algunas obras de arte de gran valor, como una talla del siglo XIII del Maestro de Greve que representa a la Virgen y el Niño, o una Trinidad de San Miguel Arcángel, Jacopo, Stefano y Domenico probablemente obra del Maestro de la Epifanía de Fiesole, Orazio Fidani. Desde allí aún se ve el camino que unía los tres valles principales de la región: Val d’Elsa, Val di Pesa y Val di Greve. Con el tiempo Greve se construyó río abajo y Montefioralle perdió gradualmente su importancia hasta que quedó solo en lo alto de su colina como vestigio de una hermosura sencilla, revestida de hiedra, jilgueros y ropa al sol.

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Restaurante Nella Tana del Lupo. | FOTO: Mila Ojea

Se pueden visitar algunas bodegas y recomiendo encarecidamente quedarse a comer en Nella Tana del Lupo, un restaurante ubicado en una vieja casa con un jardín balconado. Allí llegué sin haber hecho reserva, improvisando, acompañada de mis buenos amigos C. y L., y pedimos alegremente una mesa. Por supuesto estaba todo ocupado pero algún fino resorte tocó la ternura de su dueña ante nuestras súplicas y, tras una llamada telefónica no sabemos a quién y un guiño cómplice, nos preparó un rincón encantador asomado al valle. Esta peculiar fonda - en un pequeño rincón del paraíso, inmerso en el silencio de la campiña toscana, reza su lema- carece de carta alguna, sencillamente uno se sienta y los camareros empiezan a traer los platos típicos de la zona que cocina Alberto, ya sea quesos, embutidos, focaccias, cestillos de pan, salumi y bizcochos.

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La maravillosa gastronomía italiana. | FOTO: Mila Ojea

Entre café y risas, en lo alto de aquel balcón que asomaba al infinito, borracha de felicidad, mi vaso lleno de alegría, no podía dejar de mirar esa primavera evanescente y poética que ante nosotros se extendía. Entre cipreses y vides, con las nubes bailando en el cielo, el sol bendecía aquella tierra e iluminaba las colinas a ratos, poniendo en relieve los edificios de una bodega que el silencio protegía. La hierba era un océano de olas verdes que el viento peinaba, una belleza colosal y sobrecogedora emergiendo de un pantano metafísico. Me recorrió un escalofrío y me dejé deslumbrar por el fogonazo pétreo del instante. Ese es uno de los momentos de mi vida que he salvado del olvido con todo mi arsenal, hoy, aquí, en estas líneas de palabras, con la maniobra quirúrgica de escribir con el estómago lleno de sal, la sangre caliente y sin diques. Todo mi corazón hecho marisma. Nuestro deber en este mundo es atrapar el tiempo, no lo olviden.

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Postal del verde valle. | FOTO: Mila Ojea

Lo escribió Mario Benedetti: Te libero de mí, de mis males, de mi mal genio, de los domingos por la tarde en donde nunca puedo más, del odio a mi cumpleaños, de no saber cómo hacer para regalarte algo que no pierdas. Te libero de mi desengaño, de tu karma, de mis novedades, de la contradicción que represento. Te libero de mis llamadas que te saben a autocompasión, de mis enredos, de mi cabello suelto, largo, sin peinar. Te libero de mi consciencia, del desconcierto a fin de mes, de la caída, de la llegada, de mi huida inevitable. Te dejo libre para que me dejes, para que me veas de lejos y me quieras menos…

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