Ha sido establecido científicamente que el abejorro no puede volar. Su cabeza es demasiado grande y sus alas demasiado pequeñas para sostener su cuerpo. Según las leyes aerodinámicas, sencillamente no puede volar. Pero nadie se lo ha dicho al abejorro. Así es que vuela. Esta fascinante cita de Paulina Readi Jofré me abre las puertas para hablar sobre una fisura en la corteza de Perú que forma un lugar extraordinario: el Cañón del Colca.
Recibe su nombre del río que lo parte en dos, horadando una de las grietas más profundas del planeta. A 4.150 metros bajo nuestros pies apoyados en alguno de los miradores apenas es audible el caudal de agua que se desliza entre las rocas sinuosamente. Estamos en la provincia de Caylloma, en el extremo noreste del departamento sureño, una de las ocho divisiones que conforman la región de Arequipa. En 2019 la Unesco declaró al Cañón y a los Volcanes de Andagua como geoparque mundial, siendo el primero y único de Perú -y el tercero en Sudamérica- en recibir esta distinción. Aquí se pueden ver lequeleques, guallatas, pariguanas, y mamíferos como el zorro andino o atoq, gatos silvestres, osos, vicuñas, tarucas, vizcachas y el cuy silvestre.
Las desglaciaciones durante el Cuaternario y una falla de la corteza terrestre influenciada por las actividades de los volcanes Sabancaya y Hualca Hualca lograron la formación de este paisaje singular. Gracias a las pinturas rupestres e instrumentos líticos podemos saber que hacia el año 5000 a.C. los cazadores y recolectores buscaban camélidos sudamericanos como alpacas y llamas para alimentarse y domesticarlos. Este proceso de dominación de la naturaleza derivó en vencer las enormes dificultades de un espacio geográfico terriblemente adverso y se calcula que entre el año 200 a.C. y 600 d.C. los humanos desarrollaron una economía agraria ordenada y solvente.
El Imperio wari, proveniente de Ayacucho, controló tiempo después los diferentes valles, haciendo que la agricultura de secano cambiara a la irrigación a través de canales. De ahí se pasó al pastoreo y surgieron sociedades locales. Colca proviene de las palabras Collaguas y Cabanas, dos etnias incorporadas al Imperio incaico por Túpac Inca Yupanqui. Los españoles hicieron su aparición en 1535 y se repartieron las tierras con los curacazgos existentes: Yanquecollaguas, Laricollaguas y Cabanas. Los frailes franciscanos se ocuparon de la evangelización de la zona estableciendo dos conventos, la Purísima Concepción y San Antonio de Padua, que fueron acogidos con agrado por la población indígena.
En la actualidad el valle atrae a turistas interesados en deportes de aventura como trekking o rafting, culturas ancestrales o conexión con la naturaleza. Yo llegué allí en busca de esta última opción pero, sobre todo, con la esperanza de avistar uno de sus mayores tesoros: los cóndores. Y es que la aparición de estas majestuosas aves andinas, las más grandes del mundo, es un motivo más que suficiente para justificar la visita a esta maravilla natural. Han tenido que pasar cientos, miles de años, para que estas montañas hayan cincelado el hogar ideal para este tipo de rapaces asombrosas nativas de Perú.
Sus expectativas de encontrarlas se verán gratamente satisfechas dado que todo ha sido preparado para no molestarles en su visualización, permitirles toda la libertad que precisan y que no les turbe la presencia humana. Simplemente habrá que llegar allí al amanecer, la mejor hora para verlas, y esperar a que salgan de su abrigo rocoso ejecutando un elegante vuelo, acrobacias fantasiosas, y la necesaria búsqueda de comida para sobrevivir en su territorio.
Sus alas extendidas pueden llegar a medir 3´5 metros de ancho y elevan sin problema un cuerpo de hasta 15 kilos de peso. Nadie les ha dicho cómo hacerlo, pero vuelan. El vultur gryphus (los locales le llaman Apu Huamani o Apu Kuntur) puede alcanzar una altura de 7.000 metros en el aire y planear cientos de kilómetros sin apenas aletear. Pura ingeniería natural. Se caracteriza por una banda de plumas blancas alrededor del cuello y al final de sus alas, y por carecer de plumaje sobre su cabeza rojiza, que cambia de color según el estado emocional del ave. Es un carnívoro carroñero que se alimenta de cadáveres de guanacos, vicuñas y ganado cumpliendo un rol ecológico al acelerar el proceso de descomposición de los animales muertos. Puede también resistir hasta cinco semanas sin comer.
Está en peligro de extinción y, aunque su caza se considera delito, es sumamente vulnerable. Los ganaderos los persiguen bajo la creencia equivocada de que mata a sus animales para alimentarse cuando en realidad sólo come carroña. La hembra pone un huevo cada dos años por lo que su tasa de reproducción es muy baja. El número de ejemplares que quedan es una incógnita. En 2015 la Unión de Ornitólogos peruanos calcularon la existencia de entre 200 y 300 pero la agreste e inaccesible orografía de las áreas que habitan y su facilidad de movimiento impiden establecer un censo concreto. Uno comprende la dificultad de esta tarea cuando espera su aparición. Sentada entre los matorrales que se calcinan bajo un sol frío y saturado en las paredes escarpadas del cañón, era imposible saber en qué instante asomarían para desfilar ante nuestros ojos. Pero sucedió.
El primer ejemplar comenzó volando bajo y suave y todos suspiramos de felicidad por el regalo de su presencia. Nos otorgó ese raro momento que es la consecución de un deseo largamente esperado. Siempre empieza así: con un vuelo de calentamiento en la parte profunda de los precipicios, donde las corrientes son más estables, para después elevarse por encima de la puna y mezclarse con los vientos. Su plumaje oscuro dibujó zetas suspendidas sobre un fondo gris de piedra desnuda. Seguíamos su trayecto con la mirada, obnubilados, presos del pálpito de lo imposible. Poco después apareció otro cóndor, se elevaron juntos hacia el cielo, y un rato más tarde alcanzamos a ver hasta cinco sobrevolando simultáneamente nuestros cuerpos a gran altura.
Fue una coreografía perfectamente ejecutada, una danza cautivadora dedicada en exclusiva a nosotros, pequeños humanos ateridos con los pies enterrados en el suelo. Nadie nos había enseñado a volar, pero, al contrario que el abejorro, éramos desgraciadamente conscientes de ello. Todo intento era inútil. Sólo con la imaginación podíamos ver el mundo desde allí arriba: sus venas de agua, los oasis líquidos entre la maleza, los verdes bancales de huertos germinando, los peces dentro de pompas de jabón, las semillas flotando a punto de convertirse en amapolas, los cadáveres de los besos que no dimos. El cañón era un paisaje de conos volcánicos, modelado por corrientes de lava y deshielo de los glaciares, con monolitos y bosques de piedra irreales.
Tal vez estemos abocados tener los pies enterrados, por eso el vuelo manso del cóndor nos hipnotiza. También nosotros queremos probar el cielo, en todas sus formas y colores, con desarmante franqueza. Pero el error nos delata, no queremos ser breves ni vivir enraizados. Al fin y al cabo soy un animal sintiente y vulnerable. Y ahora prometo una brutal sinceridad en mi confesión: nadie me ha explicado con exactitud por qué no puedo volar. Algo sabía El Kanka cuando cantaba aquello de volar, lo que se dice volar, no vuelo. / Pero, desde que me dejé el bolso en la estación / y le pegué fuego a la tele del salón / te prometo, hermano, que mis suelas / no tocan el suelo. / Volar, lo que se dice volar, no vuelo. / Pero, desde que tiré las llaves, ya no quiero entrar / desde que quemé las naves y aprendí a nadar / si quieres buscarme mira para el cielo. No se alarmen, el secreto está en saber que hay muchas maneras de volar. Frente a la realidad que cae por su propio peso, la imaginación es extensamente libre. De modo que me descalzo, tomo aire, extiendo mis brazos, convierto mis dedos en plumas, elevo la vista al horizonte, deseo partir. No necesito alquimia, motores ni narcóticos, sólo un mínimo impulso.
Y vuelo.
