De qué se compone el mundo, me pregunto mientras veo pasar como un fogonazo amarillo los campos de colza en flor más allá de la ventanilla del coche. Respuesta: de todo aquello que permanece o ha quedado prendido en mi memoria y en todas las fotografías que aquí recojo o en las palabras que ahora escribo. Es decir, todo lo que no es imagen tangible sino verbo, poesía, ausencia de artificio, cauterización, estructura elemental del recuerdo.
Estoy aquí para recordar su existencia, la sufrida existencia de una región, Tíbet, sumida en los contrastes, encapsulada en una triste historia, colgando de la cuerda a punto de deshilacharse que une pasado y presente. Estoy aquí para recordar que, incluso herida, pervive. Y lo hace gracias a sus gentes, a sus tradiciones, a su disimulado adoctrinamiento bajo la sombra omnipresente de las banderas rojas. Algo late fuerte aquí, todavía.
El viaje revela sus ángulos: monasterios; carreteras; frondosos bosques y caudalosos ríos como venas de la tierra; lagos; estupas; glaciares a punto de licuarse; la agitación musical de las banderas de oración frente al viento; pieles arrasadas por un sol blanquecino; mujeres cuyos rostros no corresponden a sus edades; niños tímidos y boquiabiertos ante el cabello rubio de una extranjera; miradas decorosas.
De qué se compone el mundo, pienso. De los mapas; de las cegueras; de los saltos de agua –todo aquí es agua en realidad-; de la caligrafía ordenada y pulcra de los monjes; de los libros guardados en cajas de madera tallada; de la nieve virgen e inalterada; de la sonrisa misteriosa e inexplicable de Buda; de los yaks dibujados como puntitos negros salpicados por las laderas de las montañas. De la lejanía.
En el valle del Yarlung Tsangpo -nombre que toma del río que nace en el monte Kailash y recorre la meseta tibetana de oeste a este antes de pasar a Bangladesh donde su nombre cambia a Bramaputra-, cerca de la ciudad de Tsedang, encontramos el monasterio Samye. ¿Qué tiene de especial este lugar? Que es el más antiguo de Tíbet, fue el primer monasterio budista de la región en el año 762 y se mantiene en pie, un mérito muy difícil de superar teniendo en cuenta la feroz historia de estas tierras milenarias.
El conjunto de este complejo tiene forma de mandala, siguiendo la idea del universo descrito en los sutras, en una compleja mezcla de estilos indio, tibetano y han. En el patio mayor, que recibe al viajero, hay algunas pequeñas tiendas en las que comprar elementos religiosos o comida. Frente a la puerta del templo central se yerguen tres grandes incensarios en los que la gente deposita las ramas secas para que ardan lentamente. Una nube de humo blanco flota sobre los monjes que entran en grupo a sus quehaceres diarios y los visitantes que disfrutamos de la calma matinal. También hay tres columnas engalanadas con multitud de banderines de oración.
El edificio principal, Ütse, cuadrado y con tejados dorados, venera al monte Meru de la cosmología budista representado por el majestuoso Salón de Wuzi y las capillas del Sol y la Luna. Se ubica en el centro exacto protegido por muros adornados con 1.008 pequeños chörten que simbolizan el Chakravla (anillo de 1.008 montañas que circunda el universo), en los que los pájaros descansan y observan al viajero. En las cuatro esquinas se encuentran las pagodas roja, blanca, negra y verde que protegen el Dharma como los reyes celestiales.
Tras cruzar las majestuosas puertas de madera encontraremos cuatro salas grandes y dos pequeñas en las que derrochan pinturas murales que cuentan la historia del budismo, cuencos repletos de agua hasta el borde que reflejan el brillo incandescente de las velas encendidas, imponentes estatuas de Buda y Bodhisattvas, cestas de frutas en las que la gente deja billetes como ofrenda, cortinajes bordados, estatuas del gurú Rinpoche y calderos de cobre rellenos de mantequilla de yak. Una serpiente disecada es la guardiana de la salida.
En la altura intermedia hay un pasillo escasamente iluminado de color rojo que conduce hasta un balcón con una vista fantástica del patio de los incensarios y los adornos dorados de los tejados: ciervos, dragones, campanillas, escudos y ruedas de oración. En esta planta se hallan los aposentos del Dalai Lama, una sencilla estancia compuesta por antesala, alcoba y sala del trono repleta de reliquias, entre ellas el pelo y el bastón de Rinpoche.
El piso superior es una galería abierta con estructuras de madera llenas de dibujos y escrituras, y se repite la figura de Buda en diversas posiciones y tamaños. Representa los registros históricos del monasterio y la biografía de Padmasambhava. Desde ahí arriba podemos ver los límites del muro y la disposición de todas las construcciones que alberga con el fondo de la montaña de Haburi protegiendo el horizonte.
De vuelta abajo, rodeo el porche donde cientos de ruedas doradas giran al paso e impulso que la gente les otorga manualmente con suavidad mientras formulan sus mantras y deseos. Hay un silencio secreto frente a las estupas y ventanas de cortinillas con volantes que manifiestan el viento. Unos rezan poniéndose en pie ágilmente y estirándose en el suelo alternativamente, una mujer realiza su labor de pulido de una pieza religiosa con bolitas de piedras preciosas, y yo me quedo mirando la gran campana que me despide de este espacio singular y lleno de espiritualidad.
El resto de edificios del conjunto se dispersan sin un orden concreto y cada uno cumple una función distinta. Hay estupas de varios tipos, residencias para los monjes, capillas ling, un patio donde celebran sus debates y algunas paredes derruidas que vivieron mejores tiempos –hasta 108 edificios llegó a albergar el monasterio- repartidos por los jardines. Pasear por allí sin vigilancia alguna, libre para entrar y salir, me dejó sentir lo que es una mañana normal en este lugar. Más allá de los muros se deslizaba el sonido de los puestos del mercado y los vehículos en los que llegaba la gente al pueblo.
Llegué hasta aquí para descubrir que mi corazón está lleno de afluentes y ramales y cascadas y marismas y charcos -todo es agua, insisto-. Y que no sólo me pertenece a mí sino a todos aquellos a los que amo. Es decir: al mundo. El mundo es un río, ni siquiera eso, un afluente que atraviesa los mismos paisajes una y otra vez, y nosotros, absorbidos por tareas supuestamente impostergables, nos dejamos llevar sin objetar el curso de la corriente, sin detenernos a evaluar si acaso estamos a la deriva, rumbo a un remolino que tarde o temprano nos tragará. Podemos estar largos años así, en modo automático, en calidad de zombis o marionetas, pasando por la vida sin que la vida se percate, escribe Renato Cisneros.
Pero hay un instante en este lugar que lo cambia todo: tengo acceso al recinto donde los monjes oran, en esa hora exacta en la que la suerte se pone de mi lado y me deposita en el momento perfecto. Está completamente prohibido tomar imágenes. Arrodillados y cubiertos con sus capas de color granada, colocados en largas filas y con sus libros de Larga Vida abiertos ante sí, unen sus manos en el rezo y sostienen entre los dedos un collar. Perpetúan un sonido, un eco que crece, un vapor soñoliento que sube y se disipa, las palabras masculladas que lanzan al aire son un murmullo cautivador. La vida entera se resume en ese cántico sordo y húmedo que se eleva hacia el techo de la sala. Hay un respeto profundo que viene de cientos de años atrás. Entonces me encuentro, justo ahí.
He logrado el imposible ejercicio del olvido para hacerme nueva y mi camino ahora será más ligero. Vuelvo a ser selva y me otorgo respuestas. De qué se compone el mundo, me pregunto nuevamente. Reformulo mis bocetos, los proceso y los dignifico. Es aquí, frente al papel, en la narración, donde aparece el destello y las incógnitas tejidas a lo largo del tiempo cobran sentido. El mundo, en definitiva, se compone de todo lo que dejo atrás y de todo lo que se extiende ante mí. Una acrobacia de luz y sombras. Y ese sendero es –concluyo- poderosamente infinito.
