Luns. 30.01.2023

La poesía cruel de no pensar más en mí

La lisboeta calle Nova do Calvalho esconde un pasado oscuro y sensual que ha quedado recogido en el edificio que alberga uno de los mejores locales de la ciudad. Ayer fue pensión y hoy es un conjunto de recuerdos, ambientes y música en el que pasar una tarde tranquila y pensar en aquellos que fuimos cuando amamos.
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Vista de la sala más barroca del local lisboeta Pensao Amor. | FOTO: Mila Ojea

Los bares no pertenecen a las ciudades sino a las gentes que los habitan. Son ellos sus dueños absolutos: aquellos que apoyan el codo en la barra y sonríen al espejo; los que apuran la última página del periódico y las noticias que ya vuelan hacia el pasado mientras se enfría el café; esos que buscan otros ojos entre las mesas que se unan en un rincón para apaciguar salvajemente el deseo y la soledad; los que necesitan cantar sus victorias y abrazar al contrario; los que fumaban cuando fumar no era delito sino sensualidad; los que rumian un remordimiento o una infidelidad; los que dormitan mientras alguien rasguea una guitarra.

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Uno de los salones del Pensao Amor. | FOTO: Mila Ojea

Y entre los bares hay que encontrar ese que nos define, que nos acoge, que huele a hogar, donde no importa que el tiempo corra desbocado porque allí dentro todos los relojes están a cero. Da igual que afuera canten los pájaros, que el día se haga noche, que un manto de nubes vuelva gris el azul, que el sol queme las retinas, que crezca un bosque en el asfalto. Así decía el tango “Cafetín de Buenos Aires”: como una escuela de todas las cosas, ya de purrete me diste entre asombros el cigarrillo, la fe en mis sueños y una esperanza de amor...

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Fachada con mensajes frente al Pensao Amor. | FOTO: Mila Ojea

Hoy volamos a una ciudad que también está hecha de nostalgias, fados y vasos vacíos para tomar algo en un local de esos que son parada obligada. En el número 19 de la lisboeta calle Alecrim, en el distrito de Cais do Sodré, encontramos el Pensão Amor, que no puede tener un nombre más evocador. Traducido como “Pensión Amor”, su puerta principal está unida por una pasarela flotante a la acera. Desde fuera no imagina uno lo que esconde, pues tiene una fachada discreta que pasa desapercibida. En las paredes de los edificios de enfrente nos encontramos con una suerte de mensajes llenos de significado: “aquí cabría un poema”, “nada existe más allá del instante”, “cuanto se pospone, se pierde” o “nadie manda en lo que la calle dice”.

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Entrada al local. | FOTO: Mila Ojea

Una vez dentro encontramos un salón oscuro con sillones aterciopelados de diversos colores, mesas redondas de mármol, paredes rojas cubiertas de cuadros, barrocas figuras de bronce, un piano y, destacando sobre todo el conjunto, un techo pintado con imágenes de santos y ángeles que acapara toda la atención. Este espacio resulta ideal para sentarse a leer una tarde de lluvia, acompañados de un buen café y la música de las gotas de agua repiqueteando en las ventanas.

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Decoración vintage. | FOTO: Mila Ojea

Al pasar el salón llegamos a la zona de la barra, donde atienden cualquier petición con una sonrisa, sugieren opciones de su selección de vinos u ofrecen un cuidado listado de cócteles. En esta sala, la más grande, donde suena de fondo una música excelente que acompaña perfectamente la atmósfera, hay un escenario que ofrece espectáculos de burlesque, conciertos, lecturas de poesía o cabaret, y una sala de baile para regocijo del personal. También hay servicio de pitonisa por si necesitan que el tarot les aclare algún asuntillo relacionado con el futuro.

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Retrato de marinero. | FOTO: Mila Ojea

Y al traspasar la sala de la barra, encontraremos otras pequeñas habitaciones decoradas cada una de un modo diferente, como un piso desordenado donde cada espacio tiene su propia personalidad: lámparas abstractas, televisores viejos, fotografías en blanco y negro, papel pintado en las paredes, cortinones dorados, camas, bolas de espejos de discoteca, candelabros, barra de pole dance. También hay una biblioteca. Caminar por estas salas es hacer un atípico viaje corto pero intenso. Sigue el tango: sobre tus mesas que nunca preguntan lloré una tarde el primer desengaño, me hice a las penas y bebí mis años y me entregué sin luchar...

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Escaleras del viejo edificio. | FOTO: Mila Ojea

Así llegaremos a la puerta trasera, que da a las escaleras del edificio pero aquí no acaba la fiesta. El Pensão Amor está en el segundo piso pero si bajamos iremos descubriendo interesantes grafitis pintados en todas las paredes con motivos de todo tipo: bellísimas y lúbricas mujeres con peinados de otros tiempos y escasa lencería, grafismos envejecidos, anuncios vintage, rudos y atractivos marineros de gorrita blanca, pipa encendida y tatuajes, todo ello con la temática erótica como base. En el primer piso (cuarto 104) hay una boutique y sex-shop, Purple Rose, muy interesante. Estamos –ahora lo sabemos- en un antiguo burdel reconvertido en museo repleto de colores, lujuria y tentaciones.

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Pintadas en las paredes. | FOTOS: Mila Ojea

Esta proliferación de sensualidad decadente, ese ambiente de prostíbulo, tiene que ver con la calle a la que saldremos al bajar las escaleras y cruzar la puerta del edificio. Se trata de Nova do Carvalho, apodada cariñosamente la rua Cor de Rosa, donde ejercían la profesión más vieja del mundo algunas de las sugerentes chicas que hemos visto dibujadas en las paredes: Clarissa, Simone, Valentina, Regina, Lidia, Suzet, Zita, Solange, Gilda, Ursula… Cuántas veces sus tacones, en el eco de la madrugada, caminaron por aquí…

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La calle rosa. | FOTO: Mila Ojea

De pasado problemático y reputación maldita por la proliferación de delincuentes, escándalos y clubes, hoy es una calle peatonal más de esa Lisboa que duerme en la ternura del olvido. Un proyecto de reurbanización dejó en ella un llamativo homenaje en forma de suelo pintado de color fucsia, un molino de neón y una chica semidesnuda dibujada en un toldo. Entre los locales hay también una pizzería que, siguiendo la temática, responde al nombre de La Puttana. De noche se enciende de vida y todos los bares están atestados de gente, música y petiscos.

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Techos barrocos. | FOTO: Mila Ojea

Así pues, brindemos por el pasado y, sobre todo, por el amor que fuimos y que nos trajo hasta aquí. Si hemos de morir, que sea brindando. Y que esa puerta que se abra, la última, nos reciba henchidos de júbilos, enamoramientos desbordados, amigos eternos y alborozada lujuria, satisfechos de haber exprimido cada minuto con ansia y sin freno. Como escribió Antonio Agredano: una vez amé sin pensar en el futuro y fueron cinco minutos maravillosos.

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El piano. | FOTO: Mila Ojea

Yo me despido, copa en mano, acodada en el piano, con mi fragmento favorito del tango: cómo olvidarte en esta queja, Cafetín de Buenos Aires, si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja. En tu mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas, yo aprendí filosofía, dados, timba y la poesía cruel de no pensar más en mí...

La poesía cruel de no pensar más en mí
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