mércores 20/10/21

Construcción del instante

Si alguna vez necesitan cambiar su mirada y adentrarse en la calma, el pueblo de Apeiranthos, en la isla griega de Naxos, es su lugar. Un paseo por la blancura y la mansedumbre, al abrigo del viento, con aroma a aceituna y libre de preocupaciones.
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Escalinata y casas blancas del pueblo griego de Apeiranthos. | FOTO: Mila Ojea

Si alguna vez necesitan vaciar sus ojos de gris y llenarlos de blanco, sólo hay un lugar al que deben ir: Grecia. Cuando necesiten salvarse del alquitrán, de la prisa, del sofoco. Desde sus colinas plagadas de verdes olivos, desde las cúspides de las iglesias, en lo alto de sus castillos, a orillas de su fina arena, podrán comenzar a crear una vida nueva y otra mirada. Esa que huye del cansancio, agotada de respirar humo y ávida de quietud. Un verano en blanco y azul nos espera en cualquiera de sus islas Cícladas.

548Sentada en la puerta de la iglesia. | FOTO: I.A.

Hoy huimos a Naxos y a un pueblo hecho enteramente de mármol: Apeiranthos. El más luminoso de la tierra greca, con sus calles y casas de piedra secándose al sol, adormecidas en el sopor de la tarde, solitarias. Sólo escucharán el leve aullar de la brisa y querrán quedarse para siempre. Un lugar para caminar sin prisa, sentarse bajo un campanario o recoger alguna flor silvestre de esas que desafían a su propia naturaleza naciendo donde les place y poniendo un punto de color al mundo.

549Detalles de color. | FOTO: Mila Ojea

A la sombra piadosa se refugian los ancianos, sentados en cualquier escalinata, para hacer eso que mejor saben: observar el paso de la vida. Con paciencia y resignación, con sabiduría y amor por la tradición, sus manos sabias habrán labrado antes el hierro, o dado forma a jarrones cerámicos inmensos que huelen a aceite y orégano, a salitre y gaviota, a verano blanco de miel.

550Vista de Apeiranthos entre las colinas. | FOTO: Mila Ojea

Apeiranthos se extiende como una alfombra por la ladera de una colina y todas sus calles se distribuyen en pendiente. Desde la parte más alta de la aldea se divisa el azul turquesa del mar a varios kilómetros y los fértiles campos teñidos de verde. Guarda un castillo veneciano, el Pirgos Sevgóli, del siglo XVII, inalterable, testigo mudo del silencio, con su torre incrustada directamente en la roca.

551Vida y silencio en las calles. | FOTO: Mila Ojea

Todo aquí está hecho en mármol y el viajero debe tener cuidado de no resbalar cuando pasee por el desgaste de las calles. Como lamidas por un gato persistente, las losas brillan igual que el hielo. Las escalinatas y bancos también presumen de su epidermis blanquecina. Fueron los prisioneros de Creta, liberados cuando su prisión excedió el número de residentes en el siglo X, quienes construyeron obligados esta población al abrigo de los vientos.

Las fachadas encaladas, los niños que pasan corriendo y riendo –esa fuente de vida que todo lo mueve- por el laberinto de callejuelas, las campanas cantando, desmenuzando la magia, construyendo las horas y los minutos, todo se envuelve en el encanto de mi adorada Grecia.

IMG-20210325-WA0013Artesanía típica greca. | FOTO: Mila Ojea

Las mujeres aparecen brevemente para salir a hacer la compra y regresan a sus casas a tejer paños. Están hechas a la calma y al hábito, a la convicción sin cuestionarse nada más ni tener necesidad de ello. Bajo los arcos se esconden pequeños restaurantes con terrazas asomadas al infinito -650 metros sobre el nivel del mar- llenas de flores secas. Naxos es la isla más grande de las Cícladas pero este reducto de calma reconcilia al ser humano –y al viajero en especial- con la vida.

Es imposible imaginar la lluvia aquí, pese a que su invierno existe igual que el nuestro. Pero bajo un sol restaurador y con su vestido de mármol, me dejo llevar por el entusiasmo de saberme a salvo de todo. Hoy puedo reconciliarme incluso conmigo misma. Los burritos descansan en una escalera a la sombra y se dejan acariciar dóciles por mi mano amiga. Qué placer hundir los dedos en el pelaje de su frente… Un animal que despierta en mí una ternura devastadora. Es esta mi postal soñada y que trasciende al paso de los días perdidos.

553Haciendo amigos. | FOTO: I.A.

Su nombre en griego significa “lleno de flores” y no han podido elegirlo mejor. Las fachadas encaladas, los niños que pasan corriendo y riendo –esa fuente de vida que todo lo mueve- por el laberinto de callejuelas, las campanas cantando, desmenuzando la magia, construyendo las horas y los minutos, todo se envuelve en el encanto de mi adorada Grecia.

En la parte baja del pueblo descansa el cementerio y la iglesia de Panagia Apeirathitissa, una de las más antiguas de la isla. Los habitantes de Apeiranthos han desarrollado su propio dialecto, como si hubieran quedado deliberadamente ajenos al resto del país, encerrados en su burbuja de mármol labrado al pie del monte Fanari, protegidos por el hedonismo, ocultos a la amenaza.

IMG-20210325-WA0021Caminando entre luces y sombras. | FOTO: Mila Ojea

Antes de irme, recordé un poema de Felipe Benítez Reyes, “Apunte”, que ilustra perfectamente todo aquello que me otorga y enseña mi camino por el mundo:

Cuando el pasado adquiere

la densidad del mar y de las nubes

es señal de que todo,

no sé, ya va perdiéndose:

tomarás posesión de lo arrasado,

de una turbia región que no es de nadie,

pues ni mares ni nubes tienen dueño

y quien mueve el pasado mueve el fondo

de un mar enrarecido

sobre el que pasan nubes

con formas de una nada minuciosa.

 

Fue allí, en aquel recodo al abrigo del tiempo, cuando volví a rozar el sigilo, la mansedumbre y lo reconocible. En ese momento con acento griego, con el olor espeso y acre de la aceituna, llena de verdades y vacía de pesadez, me detuve en el instante y al fin pude respirar hondo.

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