Domingo. 27.11.2022

Todo fue ayer

El sol hiere y palidece en la mañana del mercado hindú de Pahar Ganj, cuando la ciudad empieza a despertar y moverse. Reflexiono sobre la fortuna de vivir en el lado bueno del mundo, sobre los extremismos y las enfermedades, y sé que al final de todo quedan siempre la belleza y el amor. Eso que nos salva de la desesperanza.
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Vendedores de cebollas en el mercado matinal de Pahar Ganj. | FOTO: Mila Ojea

Uno no se da cuenta de que es viejo hasta que descubre que ya no entiende a las nuevas generaciones. Esas que vienen empujando, como la vida, para poner cada cosa en su lugar, y en las que una vez estuvimos nosotros. De repente nada de lo que creíamos saber es válido para aquellos que llevan menos tiempo que nosotros sobre el mundo. Eso me sucede a mí muchas veces porque, en mi mente, sigo siendo una veinteañera llena de planes, sentimientos, retos y sueños por cumplir. Pero la realidad es otra que el espejo devuelve cada mañana justo después de que suene el despertador.

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Vista de la calle desde un puesto. | FOTO: Mila Ojea

Hace unos años, en el aeropuerto etíope de Adís Abeba donde tenía que hacer una conexión de vuelos, bajé del avión por la escalerilla y monté en uno de los autobuses que las compañías aéreas ponen a disposición de los viajeros para llevarles a su terminal. Mientras esperaba a que se llenara y saliéramos hacia el edificio, entablé conversación con un adolescente que estaba de pie a mi lado, agarrados ambos a las cintas de cuero que sirven de soporte para no caer con el movimiento del vehículo.

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A la rica fruta fresca. | FOTO: Mila Ojea

El chico, de 17 años, venía de la India. Era pleno julio y me contó que había estado allí haciendo un voluntariado para construir pozos en una zona muy pobre y degradada. Se había ido con un grupo de amigos de su misma edad y el plan era pasar allí un mes ayudando a aquella gente que lo necesitaba. Cuando se cumplió el plazo, todos volvieron a casa menos él, que decidió quedarse un par de meses más para seguir con la tarea. Su pequeña pero relevante historia me dejó muy sorprendida y admiré que alguien de esa edad, con la seguridad de un verano y unas largas vacaciones por delante, en la que puede ser la mejor etapa de su vida, decida regalar ese tiempo a una causa tan noble y sacrificada.

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Mercado matutino. | FOTO: Mila Ojea

Hablar de pobreza referida a la India no es cualquier cosa. De hecho, creo que uno no sabe lo que es eso hasta que llega a este país. Bajarse de un avión y pisar una ciudad como Nueva Delhi, mirar alrededor, respirar el aire viciado y húmedo de sus calles enfangadas, coarta cualquier viso de encanto que uno pudiera albergar en su mente. Yo nunca había visto un lugar tan sucio, caótico y malsano hasta que llegué allí. Mi primer recuerdo sucede sentada en un taxi que me llevó hasta mi modesto hotel mientras, más allá de la ventanilla, veía basura tirada por todas partes, perros muertos o agonizando en las cunetas, cientos de motos que pitaban ensordecedoramente, vacas caminando por el asfalto con lentitud y debilidad, y ese viento masticable y ponzoñoso que se metía por la nariz hasta impedirme respirar. Sabía que iba a ser duro pero fue, más bien, un bofetón de realidad. De una realidad muy distinta a la mía.

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Vendedor de aves. | FOTO: Mila Ojea

India fue uno de los primeros países que logró controlar la pandemia por coronavirus del año 2020. Cuando Europa y Estados Unidos eran devastados por la segunda ola -más trágica aún que la anterior-, allá por enero de 2021, el primer ministro Narendra Modi dio un discurso en el que se vanaglorió de lo preparado que estaba su país para superar la crisis sanitaria y prácticamente se burló de las predicciones que los expertos habían dado sobre el número de contagios y muertos que se alcanzaría. En un país que alberga el 18% de la población mundial, hemos logrado contener el coronavirus y, de esa forma, hemos salvado a la humanidad de una gran catástrofe, explicó.

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Dioses tallados. | FOTO: Mila Ojea

Fue sólo un espejismo: en el mes de abril de 2021, India colapsó batiendo todos los records de afectados y fallecidos día tras día. Esta vez, cuando Europa y Estados Unidos empezaban a ver la luz gracias a la vacunación masiva y los confinamientos, India se hundió en la más miserable ruina de la enfermedad. La respetada escritora Arundhati Roy lo contó de este modo (y me sigue poniendo los pelos de punta cada vez que lo leo): Los hospitales se han quedado sin camas. Los médicos y el personal sanitario están al límite de sus fuerzas. Algunos amigos cuentan historias de salas de hospital en las que no hay profesionales y con más pacientes fallecidos que vivos. La gente muere en los pasillos de los hospitales, en las calles y en sus casas. En los crematorios de Delhi ya no hay leña. El departamento de parques de la ciudad ha tenido que conceder un permiso especial para que se talen sus árboles. Los más desesperados utilizan cualquier cosa para prender fuego. Los parques y los aparcamientos se están utilizando como crematorios. Es como si hubiera un ovni invisible revoloteando sobre nosotros y robándonos todo el aire de los pulmones. Un ataque aéreo como no se había visto jamás.

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El puesto de café y té de Amit. | FOTO: Mila Ojea

El que haya estado allí puede entender uno de los principales motivos de la agresividad de ese virus que se ensañó con la población e incluso mutó creando una variante nueva y más mortífera. La sociedad hindú es básicamente callejera y de multitudes, el contacto es masivo y constante. Todo el mundo está en el exterior: callejones, parques, orillas del río, mezquitas, plazas, trenes, mercadillos. Y son muchos, claro. Muchísimos. Les encanta estar en grupo, en contacto estrecho, hablando o bailando o sentados en las aceras tragando a bocanadas el humo de los coches. Los hombres acostumbran a ir de la mano de otros hombres que son sus amigos, algo que a los occidentales nos llama mucho la atención porque lo asociamos a otro tipo de unión afectiva, y que en su caso obedece a una demostración de amistad. El concepto que nosotros manejamos de “distancia social” allí no existe.

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Ordenando la fruta. | FOTO: Mila Ojea

Partimos además de la falta de higiene que hay no sólo en las grandes ciudades sino también en el campo. En el caso de Nueva Delhi, su río, el Yamuna, es un sumidero de aguas residuales, una auténtica cloaca que discurre por los estados de Haryana, Himachal Pradesh, Uttarakhand y Uttar Pradesh hasta desembocar en el Ganges arrastrando toda la contaminación y bacterias que encuentra. Las calles, a su vez, están llenas de deshechos y basura hasta niveles inaceptables para cualquier ser humano. Los hindúes conviven con todas estas circunstancias con total naturalidad.

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El movimiento de las calles. | FOTO: Mila Ojea

Recuerdo que una mañana, metida con mi hermana en un laberinto de estrechos callejones buscando una dirección, nos fuimos adentrando en una zona que estaba anegada de un lodo parduzco y maloliente que se hacía cada vez más espeso y hondo. En cierto momento, me detuve, miré hacia abajo y el agua ya me cubría los tobillos, no podía ver mis pies chapoteando entre la inmundicia y, en lugar de agobiarme, me dio un ataque de risa incontenible por la situación. Esa risa se la contagié a mi hermana y, mientras todos los que pasaban a nuestro lado o los vendedores que estaban sentados en sus tiendas nos miraban sin entender nada, le dije:

-Si mamá nos viera ahora mismo aquí metidas, se pondría a llorar…

Y nos reímos todavía más.

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La compra cotidiana. | FOTO: Mila Ojea

Nueva Delhi no es una ciudad fácil ni mucho menos pero enfrenta al viajero con la realidad de la vida, esa en la que las enfermedades, las mutilaciones, la suciedad, la barbarie y las consecuencias de religiones y extremismos no se parecen en nada a nuestra existencia apacible y privilegiada. Podemos quejarnos de muchas cosas, la mayoría banales y ausentes de importancia alguna, pero no somos conscientes del esfuerzo que realizan algunos en ciertas partes del mundo como esta para llegar a la noche con vida, llevarse un trozo de pan a la boca, superar el desamparo y la desigualdad o sencillamente no sufrir lo insufrible. Y, de esos, aquí hay muchos, créanme.

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Flores para las ofrendas. | FOTO: Mila Ojea

Escribió también Arundhati Roy, una voz necesaria y feroz para denunciar todas las lacras que oprimen a su país, estas palabras sobre aquellos difíciles días que nunca olvidaremos: ¿Cómo van a hacer frente a la covid? ¿Disponen de pruebas diagnósticas? ¿Hay hospitales? ¿Hay oxígeno? Más aún, ¿hay algo de amor? Dejemos de lado el amor, ¿hay algo de interés? No. Porque, donde debería estar el corazón público de la India, lo único que hay es un agujero en forma de corazón lleno de indiferencia.

Parece que han pasado mil años pero no. Todo fue ayer.

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Una mañana cualquiera en el mercado. | FOTO: Mila Ojea 

Y luego está la parte buena de la historia, esa en la que hace su aparición la belleza. Porque la belleza, por suerte, está en todas partes. Y aquí la encontramos en un mercado callejero de Pahar Ganj, a primera hora de la mañana, con el sol hiriendo y palideciendo sobre la espalda, rasgando los poros, evaporando el perfume. Aquí está en las flores que preparan para las ceremonias y las ofrendas a sus dioses y para los rezos; está en las sonrisas de los que pelan las cebollas moradas y relucientes para el cliente; en el colorido de los pañuelos de las mujeres que regatean el precio de las verduras antes de echarlas en su cesta; en la fruta fresca bañada de lágrimas que ilumina el poso amargo de los edificios desconchados que nos rodean. ¿Hay algo de amor? Sí, lo hay.

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Los niños haciendo de las suyas. | FOTO: Mila Ojea

Y vuelvo, desde este punto, desde el recuerdo de este mercado abarrotado y hormigueante, a aquel adolescente que en el autobús de un aeropuerto, en el recorrido de diez minutos que van desde la escalerilla del avión a la puerta de mi terminal, en otra ciudad de otro país de otro continente, me hizo ver que soy más vieja de lo que creía. Porque ya no tenía la energía para hacer algo como lo que él hizo: ofrecer sus brazos, su sonrisa y su verano para que alguien, en algún punto de este país caótico y descabalado, pudiera beber agua cuando lo necesitara.

También era vieja entonces y lo soy ahora porque no entiendo a los adolescentes que veo a diario con la mirada atrapada en las pantallas de sus teléfonos móviles, sentados ante el ordenador todo el día o apostando en locales dudosos un dinero que no tienen mientras la vida pasa de largo a su lado. Y creo que, el día que levanten los ojos, será demasiado tarde para volver atrás y recuperar lo único que jamás vuelve: el tiempo.

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Esperando a los clientes. | FOTO: Mila Ojea
Pero el muchacho del autobús me devolvió aquella lejana noche algo que había empezado a perder: la esperanza. Sí, la esperanza en esa juventud despreocupada y desprovista de valores que no vislumbra un futuro claro. Porque en aquel joven sí había un compromiso, un esfuerzo, una visión del mundo que aún debe ser construido con manos como las suyas. Necesitamos más gente así: que cave pozos, que haga vacunas para frenar pandemias, que aporte y humanice, que sepa acariciar. De modo que, cuando nos despedimos en un pasillo del aeropuerto sabiendo que nunca volveríamos a vernos y nos deseamos suerte, en mí ya brillaba otra mirada. Y era más vieja pero también más feliz de serlo. Y, sobre todo, era más sabia.

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