Luns. 04.03.2024

Respirar molinos

Monet visitó la región del río Zaan en 1871 y  se inspiró para pintar varios cuadros de molinos. No es de extrañar y todo se comprende cuando uno tiene el placer de pasear por estos campos y es seducido por el paisaje y la calma.
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Viento y agua forman el paisaje de molinos holandeses. | FOTO: Mila Ojea

Me fui a Holanda a respirar molinos, canales, bicicletas. Me fui a buscar libros viejos, calles viejas, a ver si me encontraba. Volví llena de un territorio diminuto pero extraordinariamente grande. Llanuras alfombradas de vacas y tulipanes, mujeres que se inventan tras escaparates de luces rojas, cuadros de Van Gogh y cafés habitados por el alma incombustible de los gatos.

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Casas al borde del río. | FOTO: Mila Ojea

Estaba en el país de agua y todo lo que me rodeaba era líquido. Zaanse Schans se ubica en el norte, es un barrio del municipio de Zaanstad, y su silueta de aspas girando al borde del río me enamoró en cuanto puse un pie en la hierba y lo vi. Este enclave de cuento a 20 kilómetros de Ámsterdam aglutina llanuras cuajadas de ovejas pastando, queserías tradicionales, el olor de la fábrica de chocolate Blik Op llenando el paisaje, fábricas de zuecos klompen o barriles, y cabañas de colores reflejadas en los manantiales.

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Molinos en las orillas. | FOTO: Mila Ojea

A mediados del siglo XVI fue la primera región industrial del mundo gracias a los 600 molinos que poblaban su espacio vital. Muchos de ellos fueron abandonados debido al desarrollo de la maquinaria, pero antes servían para moler grano o especias. Ya en el siglo XX el arquitecto Jaap Schipper elaboró un plan para devolver la vida al pueblo mediante la restauración y traslado tanto de molinos como de casas antiguas, recreando así la imagen tradicional de la antigua aldea holandesa que una vez fue.

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Pasión por el verde. | FOTO: Mila Ojea

De todo ello quedan ocho molinos, algunos rehabilitados y otros construidos en el siglo XX, alineados a orillas del río Zaan. Desde lejos parecen enormes joyeros con su estructura de madera pintada de vivos colores. Esa fue mi primera visión al amanecer, tras cruzar un pequeño puente, y quedé cautivada. Pude entender que Monet visitara la región en 1871 y pintara varios cuadros de molinos inspirado por la belleza del entorno.

Caminar por aquí es caminar por el pasado. Un pasado, eso sí, privilegiado y cuidado con un mimo exquisito. Eso implica quedar atrapado en la telaraña de lo que ya no volverá a ser

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Manejo de la maquinaria. | FOTO: Mila Ojea

Cada uno tiene su nombre propio y su historia: De Kat –el único que queda en todo el mundo dedicado a la producción de pinturas, tiza, aceites y pigmentos de alta calidad para artistas-, De Huisman –de tabaco y mostaza, fue trasladado a su actual posición en 1955-, Het Jonge Schaap –reconstrucción exacta de un molino aserradero hecho en 1860 que se demolió en 1942-, De Gekroonde Poelenburg –otro aserradero desarmado y reconstruido que se trasladó para la construcción de la línea ferroviaria Ámsterdam-Alkmaar en 1963-, De Os –uno de los más viejos, de 1663, producía aceite primero con energía eólica y después con un motor diésel-, Het Klaverblad –aserradero del año 2005, el más joven fue construido por un molinero que tenía un sueño y lo hizo realidad-, De Zoeker –el más antiguo, fue molino de aceite de linaza, colza y lino, y también de pintura, se calcula que es del año 1610 y llegó aquí en 1958-, y De Bonte Hen –produce aceite desde 1693 y ha sobrevivido a todas las tormentas que le han caído encima-.

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Molinos y calma. | FOTO: Mila Ojea

Quedan también dos miniaturas de molinos de viento: el molino de pradera De Hadel y el De Windhond, a los que se accede por los senderos Zonnewijzerspad y Kraaienpad. La mayoría de los molinos se pueden visitar por dentro tras el pago de entrada ya que el barrio cumple también la función de pueblo-museo. Están rodeados de prados donde vacas lecheras, patos y ovejas pasan las horas tranquilamente sin inmutarse, y al otro lado del río se puede dar un paseo por las calles del barrio disfrutando de su ambiente o tomar un café en una terraza. Existe además la opción de subir a unas embarcaciones que antiguamente se usaban para el transporte de vacas y ahora hacen un recorrido por el río. Hay un predominio del verde que llena la mirada, una alegría escondida.

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Buscando molinos. | FOTO: L. Pacho

Caminar por aquí es caminar por el pasado. Un pasado, eso sí, privilegiado y cuidado con un mimo exquisito. Eso implica quedar atrapado en la telaraña de lo que ya no volverá a ser. De pequeño, cada vez que pasábamos por la plaza del Corgo, en O Grove, mi abuelo me decía: antes todo esto era mar. Y lo repetía tanto que yo ya había imaginado una obra faraónica y pretérita, cientos de hombres echando paladas de tierra al mar hasta ganarle la partida a las olas, en una lucha contra la naturaleza sólo al alcance de unos pocos y peligrosos ex presidiarios que por lo que sea habían llegado a las Rías Baixas con el único cometido de alejar la orilla unos cientos de metros para que muchos veranos después yo aprendiera a andar en bicicleta en una explanada con pocos peligros y menos encanto. El otro día al pasar por allí pensé: antes todo esto era infancia, recuerda Bruno Pardo.

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A merced del viento. | FOTO: Mila Ojea

Volví a casa después de respirar molinos, canales, bicicletas. Traje libros viejos, calles viejas y una nueva yo. Me gustaba lo que me esperaba y eso hacía todo mucho más fácil. Me invadía una felicidad completamente nueva, sin estrenar, otra luz. Es pequeño el universo pero está lleno de túneles subterráneos que pasan bajo basílicas, atalayas y décadas y me llevan a mi territorio interior. Hay tantos lugares a los que llamar casa…

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