viernes. 14.06.2024

Nadie sale indemne

En Namibia uno puede encontrar sitios increíbles como la librería alemana Die Muschel. Un rincón silencioso que parece totalmente fuera de lugar y, sin embargo, está exactamente en el punto que le corresponde.
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Un rayo de sol ilumina el interior de la librería Die Muschel. | FOTO: Mila Ojea

Eva Serrano escribió que hay libros que se leen para entretenerse y para reconocerse, otros para aprender, otros por obligación. Y hay algunos libros cuya lectura es un riesgo, porque nos obligan a pensar, o lo que es lo mismo a entender que podemos estar equivocados y que todo -o gran parte- de lo que era inamovible pudiera no ser más que ideas heredadas, clichés, prejuicios, frases hechas. Libros incómodos que nos mueven el suelo bajo los pies, o libros deslumbramiento que nos llevan a lugares de los que no se vuelve. Hay libros que nacen de la irrenunciable libertad de contar una mirada, una revelación, un fracaso, un dolor, un desamor, una revolución, una melancolía por todo lo perdido, una tabla de salvación, una desolación, un hallazgo. Libros que si no te alcanzan por un lado, te hieren por otro y de los que no se sale indemne. Libros escritos con sangre porque el escritor deja en ellos lo mejor de sí mismo: su talento, muchas veces incomprendido, su soledad destilada, su inevitable necesidad de ponerle palabras -y sentido- a la vida.

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Estanterías llenas de tesoros. | FOTO: Mila Ojea

Para aquellos que vivimos la literatura con esta pasión, y a través de ella, completamente conectada, la pasión del viaje, es una alegría encontrar lugares como este al que quiero llevarles hoy. Estamos en un punto del mapa que no parece real: una ciudad de aires coloniales encuadrada entre el mar y el desierto, al borde de esas dos fuerzas de la naturaleza que aquí conviven en extraña armonía, y con acento alemán. Se trata de Swakopmund, en la zona oeste de Namibia, en la costa atlántica.

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La caracola. | FOTO: Mila Ojea

En estas calles de edificios de colores, ordenadas y limpias, cuadriculadas y diseñadas siguiendo la perfección de las líneas rectas, en la esquina de Brauhaus Arcade y Tobias Hainyeko se encuentra la librería Die Muschel. Les llamará la atención su cúpula de tejas rojas con una veleta en forma de gallo y el dibujo de una caracola marina trazada en negro sobre uno de los recuadros blancos.

Pensé en ello mientras acariciaba las páginas de un volumen de fotografía que me mostraba ese exterior que esperaba ahí fuera, a pie de calle, allí donde empieza la primera ola y, por ende, el mar. 

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Colecciones de sellos. | FOTO: Mila Ojea

Al atravesar su puerta, siempre abierta de par en par al público, quedarán impresionados por el colorido que despliega su exposición. Rincones para sentarse a hojear mapas o libros de viajes, obras de arte (cuadros, figuras, ilustraciones…) al lado de un expositor de posters, estanterías repletas de títulos recién editados o clásicos ordenados por temática, lámparas japonesas, mesas con globos terráqueos o colecciones de sellos y postales, alfombras étnicas, imanes de recuerdo y marcapáginas. Todo es posible en este templo del papel.

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La terraza al lado de la entrada. | FOTO: Mila Ojea

Die Muschel (“La Caracola” en castellano) ofrece también exposiciones temporales y conferencias de diversos temas. El trato es muy amable y cordial, siempre con una sonrisa. Por si fuera poco, anexo al local hay otro que es cafetería con una terraza soleada en la que merece la pena sentarse a saborear un trocito de tarta o una copa de Amarula -mi bebida africana favorita, asociada a hogueras bajo las estrellas rodeada de buenos amigos-. En estas latitudes donde el sol engaña y el frío viento sierra la piel, se agradece un rincón a salvo donde templar las manos y el alma.

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Margit tras el mostrador. | FOTO: Mila Ojea

La propietaria de este encantador complejo es Margit Nickel, una alemana de cabello blanco y sonrisa sincera, amante entusiasta del arte y la literatura. Hace más de 30 años que llegó a este país de arena y distancias imposibles, y se enamoró de sus gentes, sus paisajes y horizontes, y especialmente de los animales que los pueblan. Recauda fondos y los dona a asociaciones locales que luchan contra la caza furtiva y la desaparición de especies como los elefantes del desierto o los rinocerontes negros.

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Obras de arte. | FOTO: Mila Ojea

Las librerías son refugio para el viajero lector siempre ávido de curiosear los secretos escritos del mundo. Die Muschel ha creado una atmósfera propia y reconocible, una marca de la casa que rompe con la idea de locales inmensos y sin personalidad para ofrecer un trato familiar al que traspasa su puerta. Hay conversación, hay quietud, hay tiempo para sentarse y observar, pasar las páginas lentamente, apreciar el reflejo de un rayo de sol que atraviesa el escaparate y se posa sobre una alfombra.

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Literatura y luz. | FOTO: Mila Ojea

En este conjunto de librería, galería y cafetería se venden obras en alemán, inglés y afrikaan. En 2015 cumplieron 30 años abiertos al público y para celebrarlo ofrecieron música en directo y una exposición de mosaicos realizados por el artista japonés Chiharu Rosenberg afincado en Mamibia. Die Muschel fue la primera librería de este país que ofreció la venta on line de su extensa colección de títulos. Les diré una cosa que seguro que ya saben… Sucede igual con los libros y con los lugares: no los encontramos nosotros sino que son ellos los que nos encuentran.

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Sección de libros de fotografía. | FOTO: Mila Ojea

Mientras buscamos el antídoto para curarnos, lo nuevo, aquello que sólo se encuentra en lo ignoto, hay que seguir transitando por el sexo, los libros y el viaje, aun sabiendo que nos llevan al abismo, que es, casualmente, el único sitio donde encontrar el antídoto. Esto lo escribió Roberto Bolaño y pensé en ello mientras acariciaba las páginas de un volumen de fotografía que me mostraba ese exterior que esperaba ahí fuera, a pie de calle, allí donde empieza la primera ola y, por ende, el mar.

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Rincones que son hogar. | FOTO: Mila Ojea

Me habitó el silencio por un momento, arrastrado por esa ola de espuma que era el futuro. Estaba llena de palabras y propósitos, de ganas de continuar caminando el mundo. No puedo parar, no quiero parar. Me guía un instinto primitivo hacia las auroras boreales y otros inviernos. Es este vagar el que me construye, y los libros que me explican el alma –esa caracola y el eco que guarda- y la desmenuzan dentro de mí. Desplegar las páginas es abrir las alas antes de echar a volar, cruzar un cielo escarlata, dejar atrás las renuncias de una cansada fortaleza. Sonrío ante la plena intuición de todo lo que nos espera. Tan sólo sé que nadie sale indemne de un libro ni de un viaje.

Nadie sale indemne
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