sábado 28/05/22

Sin memoria somos la nada

Volvamos a la memoria, que es tabla de salvación. Les invito a un paseo por el pueblo balinés de Ubud, donde nos mezclaremos con la gente, observaremos sus costumbres y respiraremos el tiempo que no cede al olvido. Todo esto es la pureza de Indonesia.
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Puerta balinesa tradicional en el pueblo de Ubud. | FOTO: Mila Ojea

Con la misma alegría con la que ahora prepararía una cena para mis amigos, con la que me subiría a un auto para salir a la ruta, con la que me iría de bares o me subiría a aquel tren al que me subí en 1989 para regresar desde París a España en el que conocí a una chica maravillosa y oscura que andaba descalza por todas partes y daba la impresión de estar desnuda aunque no lo estuviera, con la alegría con que me metería en un cine, con que me sentaría junto a una piscina a leer la última novela de Sara Mesa, con que saldría a comprar antigüedades a un mercado de pulgas o me iría a andar en bicicleta. Con la misma alegría con que me internaría por caminos de tierra a buscar girasoles o campos de maíz para robar choclos, con que me sentaría bajo la parra de la casa de la ciudad donde nací a conversar con mi hermano, con que me pasaría horas asando una carne a la parrilla entre el remolino de rosas que hay en el fondo de esa casa. Con la misma alegría con que recorrería las calles de Santiago con Matías, con que saldría a cenar en la ciudad de México con Claudia, con la que almorzaría y hablaría de libros con Juanjo en Madrid. Con la misma alegría que tiene ese aroma a limón que sube ahora desde algún sitio hasta mi casa, esa alegría joven y desenfadada, esa algarabía amarilla, ese aroma libre y brillante que me recuerda el júbilo absurdo con que despertaba en aquel hotel de Sicilia o en aquella hostería de Chiang Mai o en aquel sucucho de Ubud cuando al abrir la ventana del cuarto al que habíamos llegado en plena noche vi un campo de arroz inverosímil y, al fondo, un templo, un estanque, tantos monos, y me dije que mi vida podía terminar ahí, que para qué más. Esa alegría rampante, despreocupada, añeja, lejana. ¿Cómo era? Con esa alegría quisiera escribir. Pero sólo siento el látigo poderoso de la pérdida, de todo lo que no está, escribió Leila Guerriero.

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Tradiciones y colorido. | FOTOS: Mila Ojea

Comparto con esa alegría loca, desvergonzada, que me sobreviene como un caudal frondoso e irremediable al escuchar el nombre de ese pueblo balinés, Ubud, los sentimientos que la escritora argentina enumeraba en su texto. Y es que, amigos, no hay nada en este mundo que se compare a la vertiginosa euforia que invade al viajero cuando alcanza este lugar y lo camina y lo desmenuza y lo saborea.

Recuerdo perfectamente el día que amanecí aquí. Había llegado de madrugada tras muchas horas de avión y escalas y taxis y no pude más que desmayarme en el jergón que había alquilado. Pero cuando me desperté al comienzo del día, presa de la emoción y el jetlag, abrí las portezuelas de mi habitación, salí al balcón y respiré Bali por primera vez, me sentí tan viva que quise gritar. Se extendía ante mí un mosaico de tejados, un jardín interior con pequeños templetes donde una mujer barría los pétalos caídos de las flores con una escoba hecha de hojas, se escuchaba de fondo el claxon de las motos que pasaban cerca y todo, el día entero, la isla entera, el mundo entero era una promesa de felicidad inaplazable.

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Templos y restaurantes. | FOTOS: Mila Ojea

L. y yo desayunamos deprisa, nos urgía el ansia de salir a descubrir, y nos lanzamos a la calle para la primera toma de contacto. Y fuimos encontrando templos, estatuas forradas de musgo, cadáveres de flores por todas partes, restos de ofrendas a los dioses, platitos con comida, una humedad que nos desguazaba, el olor penetrante de la fruta caliente, puertas de colores, animales de todo pelaje.

Volver, volver a la alegría. A lo que nos mueve, a lo que nos inunda, a lo que nos traspasa. Al incendio y la ceniza, al deseo y la marea, a la rosa y la página en blanco. Volver para recuperar, para no envejecer, para ejercer el placer.

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Soledad en el templo. | FOTO: Mila Ojea

Así fueron nuestros días en Ubud, el centro artístico y cultural de esa isla que los dioses colocaron en el caparazón de una tortuga. Rodeada por bosques y arrozales como un cinturón verde que la protege de perder su esencia, trata de vivir para ser ella misma y satisfacer al numeroso turismo que la asola. Cientos de vehículos en las calles, mercados de artesanía, merus protegiendo sus viviendas, restaurantes y humildes warungs por doquier, fuentes repletas de flores, templos abandonados a su suerte, palacios en estado de coma, estanques plagados de nenúfares, marionetas tradicionales y, siempre, ante todo, como símbolo del alma de sus habitantes, una sonrisa. Esa que da la bienvenida, que escucha, que complace, siempre, uno recibe miles de sonrisas al cabo del día que convierten la experiencia de estar aquí en una vivencia subyugante.

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Costumbres y cielos. | FOTOS: Mila Ojea

Su nombre proviene de la palabra balinesa “ubad”, que significa “curación”. Cuenta la leyenda que Rsi Markedya, un sacerdote de Java, estaba meditando en el lugar donde confluían dos ríos y encontró el templo de Ganung Lebah, el punto cero del pueblo de Ubud, a donde todavía hoy se realiza un peregrinaje. El boom cultural se desarrolló en los años 20, cuando numerosas celebridades del cine o la literatura lo descubrieron y empezaron a atraer a otros visitantes con ínfulas artísticas.

Los años 60 trajeron una ola creativa y el desarrollo del Movimiento de Jóvenes Artistas. De todo aquello quedan hoy numerosos museos y galerías de arte que forman parte de la vida cotidiana del pueblo. El turismo que llega hasta aquí busca principalmente una experiencia espiritual, de conocimiento a uno mismo a través de la religión, el yoga, la meditación y la unión con la naturaleza.

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Ofrendas y dioses. | FOTOS: Mila Ojea

Nosotras nos dedicamos más a patear el pueblo entero, probar todas las delicias de la cocina balinesa, beber constantemente para no deshidratarnos en ese clima de fuego y humedad, y escapar de los macacos de cola larga cuando teníamos que pasar cerca del Monkey Forest, una reserva natural sagrada habitada por los monos que ha quedado ubicada en el corazón de Ubud. Aquí los dioses parecen haberse puesto de acuerdo para convertir esta isla en la exaltación de la fertilidad, pues una planta nace por cada gota de lluvia que cae. Es inaudita la capa de verdín que cubre cada baldosa, estatuilla, farola, puerta o elemento exterior. Ubud es una burbuja vegetal.

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Vegetación y sonrisas. | FOTOS: Mila Ojea

Mención aparte merecen los numerosos templos hinduistas. Pura Dalem, con sus estatuas sonrientes y solitarias, y Pura Taman Saraswati, un oasis dedicado a la diosa del conocimiento y con un estanque cubierto de lotos que emanaban un frescor delicioso, fueron nuestros favoritos. La mayoría suelen estar vacíos y es fascinante cruzar sus entradas y entrar en esos pequeños universos que contienen. Me gustaba ver las mesas con restos de velas consumidas, vasos o cuencos con varitas de incienso, cristales rotos, señales de la vida que por allí había pasado. Con esa vegetación que va devorando las superficies, la piedra labrada con escenas cautivadoras, los detalles de sus figuras, las flores colocadas en lugares estratégicos, las fuentes cantarinas…

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Estanque del templo Pura Taman Saraswati. | FOTO: Mila Ojea

Entre mis mejores recuerdos están las tardes que pasé en el porche de nuestra habitación en el Sehati Guest House, nuestro hogar en Ubud. Siempre había alguien tocando algún instrumento musical en el recibidor, con una dulzura que traspasaba el ambiente. Nuestro amigo Ketut Sedana Betty nos preparaba pancakes de frutas que desayunábamos bajo una pérgola, rodeadas de plantas que florecían en un estallido de colores, con la compañía del trino de los pájaros. A primera hora de la mañana ya le veíamos colocando las ofrendas en los rincones de las habitaciones. Nuestras camas eran inmensas y mientras L. se echaba una siesta reponedora, yo leía sentada en una hamaca con vistas al jardín. De pronto rompía a llover, el agua inundaba las macetas y yo flotaba en una paz que me unía al universo. Me mecía en la visión de las cascadas que formaban las enormes hojas de los plataneros y me dejaba llevar por la placidez más cándida ante aquella cortina de agua que duraba apenas unos minutos y levantaba una neblina de vapor que enseguida se disipaba.

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Vestigios de la vida. | FOTOS: Mila Ojea

Sólo sé que vivíamos en la alegría y que a ella volvería hoy y siempre. Al sabor del lassi de mango en una terraza; al arroz con verduras bajo un paraguas ornamentado con colgantes metálicos; a sentarnos en las escaleras de cualquier templete y respirar la tarde; a observar a los niños jugando en la carretera; a la visión de la hierba alta mecida por la brisa del anochecer, cuando a última hora los pájaros sobrevolaban los miradores con la sombra de las nubes; al runrún de las mujeres tejiendo el batik en máquinas de madera tradicionales; a las lamparitas de aceite encendidas como bienvenida; a las figuritas de lata que compré en el mercadillo y ahora viven en la habitación de mis sobrinos.

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Una mañana en Ubud. | FOTOS: Mila Ojea

Volver, volver a la alegría. A lo que nos mueve, a lo que nos inunda, a lo que nos traspasa. Al incendio y la ceniza, al deseo y la marea, a la rosa y la página en blanco. Volver para recuperar, para no envejecer, para ejercer el placer. Volver al roce que revive, a la caricia que redime, a tus ojos que todo lo ven. Con esa alegría quisiera escribir. El olvido es una estación de paso, un rehén de las madrugadas, una astilla clavada en la honda piel. Huir del desamor, de la sombra, del cuchillo. Volver a la memoria, que es tabla de salvación. Sin memoria somos la nada. Volver a nosotros mismos.

(Si les ha interesado Indonesia, les anuncio que organizo mi primer viaje de autor gracias a Viajes Embajador, que ha confiado en mí para diseñar una ruta a mi gusto por este país que adoro. He preparado un recorrido en el que nadaremos entre manta rayas, admiraremos los templos balineses, caminaremos por los arrozales, dormiremos en un barco tradicional, nos bañaremos en las playas de Nusa Penida y cientos de planes más. ¡Nos vamos del 13 al 26 de octubre! Si quieren más información pueden ponerse en contacto conmigo mediante WhatsApp y Messenger a través de Facebook. Vengan conmigo a vivir una experiencia que aúna el respeto por la Naturaleza, el conocimiento de otras culturas y gentes, la espiritualidad de un paraíso y el encuentro con uno mismo en la pureza de un país fascinante. ¡Les espero!)

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