Luns. 15.08.2022

Maneras de instalarse en la vida

Todos los años se produce un viaje agotador por África que lleva a las cebras en busca de agua. En el camino nacen sus potrillos, pierden ejemplares de la manada y retan a la supervivencia. A orillas del lago Nakuru encuentran el sosiego que se han ganado con gran esfuerzo. Y ahí empieza la belleza.
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La belleza del lago Nakuru, henchido de calma y animales. | FOTO: Mila Ojea

Una vez al año, invariablemente, sucede un milagro en África. Un milagro inmenso pero cotidiano, no por esperado menos valioso. Se llama la Gran Migración y comienza en Tanzania, al final de la temporada de lluvias, más o menos en diciembre. Por esas fechas millones de animales –principalmente ñus, antílopes y cebras- comienzan el camino en busca de tierras más fértiles y sin ausencia de agua. A mediados de verano llegarán a Kenia, tras haber recorrido más de tres mil kilómetros con éxito. No todos lo logran y he aquí otro pequeño milagro dentro del milagro.

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Paseo tranquilo. | FOTO: Mila Ojea

En esa ruta larga y lenta se enfrentarán a multitud de obstáculos: depredadores hambrientos, sequías, cansancio, falta de alimento, enfermedades. Parten en grupo desde el Serengeti –la llanura infinita, como la denominan los masai- y van en dirección norte, en un movimiento cíclico, un espectáculo de la naturaleza, siguiendo la dirección de las agujas del reloj. Al llegar al cráter del Ngorongoro, los supervivientes se dividen en dos grupos. Unas manadas continúan en dirección al río Grumeti y otras, las más valientes, cruzan el peligroso lago Victoria.

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Cerca de las poblaciones. | FOTO: Mila Ojea

Tanto uno como otro están llenos de cocodrilos esperando a que los sedientos animales se acerquen a las orillas. Además los guepardos vigilan y persiguen a los ejemplares que se desorientan o pierden el rebaño. Las hienas actúan separando ejemplares del grupo. Los leones atacan de repente tras permanecer escondidos entre la maleza. Y los leopardos suben las piezas cazadas a los árboles para devorarlas con deleite. Unos viajan por alimento y son alimento a su vez. Cada uno tiene su estrategia de supervivencia.

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Baño con los búfalos. | FOTO: Mila Ojea

Para defenderse, y gracias a su instinto animal, los herbívoros se organizan perfectamente en filas que miden decenas de kilómetros de largo. Su compenetración es asombrosa. Además se reparten los pastos frescos de las llanuras para evitar agotar sus reservas de alimento –consumen unas cuatro mil toneladas de hierba al día- y descansar un poco hasta continuar la ruta prevista. Durante semanas no cae ni una gota de agua en estos territorios, todo se seca y desaparecen las pozas. Será a finales de primavera o principios de verano cuando lleguen a la reserva de Masai Mara, formando columnas de millones de animales.

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A orillas del lago. | FOTO: Mila Ojea

Y aquí, en la sabana ardiente, sucede otro pequeño milagro, sólo visible entonces: aparecen las crías que han nacido durante el traslado –el lago Ndutu es un lugar clave donde van a parir las hembras- y han logrado sobrevivir a todas las adversidades. Los nacimientos se producen en enero y febrero, pero no es hasta marzo cuando las crías están preparadas para enfrentarse a su primera migración. De algún modo la naturaleza se nivela por las pérdidas inevitables del camino. Será en otoño cuando inicien el regreso a Tanzania, cerrando el círculo de la vida.

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Comiendo. | FOTO: Mila Ojea

De los animales que realizan esta ruta salvaje, mis favoritas son las cebras. En el lago Nakuru de Kenia pude observarlas con total tranquilidad y sin molestar sus rutinas. Siempre en grupos pequeños y buscando alimento, se desplazan con soltura pero en alerta constante. Sus ojos, localizados en cada lado de la cabeza, les otorgan un amplio campo de visión para la vigilancia.

En apenas unas semanas tras su nacimiento ya están lanzándose al mundo e inmersos en su primer gran viaje. Ese que asimilarán y repetirán, invariablemente, una y otra vez a lo largo de su vida. 

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Hembra con su cría. | FOTO: Mila Ojea

Los potrillos van pegados a sus madres y juguetean entre sus patas, con la torpeza propia de ese cuerpo cuyas dimensiones están aprendiendo a habitar, mientras ellas los acicalan con ternura. Las hembras paren una vez al año y los pequeños se yerguen y caminan a los veinte minutos de nacer. Al principio sus vetas son blancas y marrones. Sus madres los cuidan durante el primer año de vida y los distinguen porque memorizan el patrón cromático de su pelaje para seguirlos allá donde vayan en busca de agua y comida. En apenas unas semanas tras su nacimiento ya están lanzándose al mundo e inmersos en su primer gran viaje. Ese que asimilarán y repetirán, invariablemente, una y otra vez a lo largo de su vida. Es asombroso.

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En el camino. | FOTO: Mila Ojea

Su característico pelo de rayas desiguales blancas sobre fondo negro es el que más me gusta de todas las variedades naturales que se observan en África. Actúa como una huella digital pues su patrón jamás se repite entre los miles de ejemplares. También hay teorías sobre si cumple una función de camuflaje, aunque a mí me resultan especialmente llamativas y resaltan sobre los fondos vegetales de las praderas. Se cree que los depredadores no distinguen a los individuos por separado cuando una manada está en movimiento. También la luz puede variar y distorsionar la percepción de la distancia real a la que se encuentran. Ese pelaje sirve como defensa contra los ectoparásitos y frente a las picaduras de moscas de establo y tábanos.

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La belleza del lago Nakuru. | FOTO: Mila OJea

Cada macho forma una familia con varias hembras y, dentro de las manadas, mantienen su unidad de grupo. Hienas y leones son sus mayores depredadores y la cebra se defiende en rebaño: cuando un ejemplar es atacado los demás lo rodean para protegerlo. Sus cuerpos son robustos y similares a los de los caballos, incluso en la crin erizada, y duermen de pie. El ser humano ha intentado domesticarlas pero no lo ha conseguido.

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En el espesor de la naturaleza. | FOTO: Mila Ojea

Si tienen alguna vez la oportunidad de verlas en su hábitat natural pueden sentirse unos privilegiados. Es fascinante y magnético observar la elegancia de sus movimientos, el mimo que ponen en el cuidado de sus pequeños y el ágil trote en sus desplazamientos. Han caminado tanto y han completado varios milagros en su ruta por el continente africano. No es fácil sobrevivir a todo lo que las rodea. Cruzan constantemente por puentes a punto de derrumbarse. Dependen de su intuición, su prudencia y las lecciones que aprenden desde bien pequeños. No hay lugar para los débiles, pero han encontrado su singular manera de instalarse en la vida.

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Rodeadas por la civilización. | FOTO: Mila Ojea

Me pregunto en qué piensan cuando arrecia la noche y deben detenerse para descansar después de un día agotador. Qué miedos tendrán antes de cerrar los ojos mientras la selva se llena de ruidos amenazadores, oscuridad, terrores y enemigos latentes. ¿Cómo perciben el universo? Toda su existencia es una prueba constante para seguir respirando al día siguiente: hay que improvisar ante la ferocidad. Sus pequeñas victorias son mantenerse vivas un poco más.

Cuando la tierra respondía como una caja de resonancia, con un ruido fértil y profundo, y el mundo cantaba en torno a ti, en todas las dimensiones, por encima y por debajo, ésa era la lluvia. Era como volver al mar cuando has estado mucho tiempo lejos de él, como el abrazo de un amante, escribió Karen Blixen, que habitó estas tierras desbordada por las emociones.

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Refrescándose. | FOTO: Mila Ojea
Todos recorremos un camino en busca de sosiego, cobijo y paz. Poder aferrarnos a una creencia y la compañía de los buenos –y siempre escasos- amigos. Aprender a lamernos las heridas. A veces callar. La vida es una bellísima flor carnívora. Sólo necesitamos poner un trozo de pan en la mesa y escuchar cómo la brisa balancea y choca las conchas vacías que cuelgan de un cordón en la ventana, o el fuego crujiendo en la chimenea. Que a un jueves le siga un viernes y a este, un sábado. Que los magnolios florezcan exultantes una y otra vez. Que llegue diciembre para reencontrarnos con el sabor efervescente de una naranja. Puede ser así de simple. Que volvamos a movernos, aunque sea en círculos, como las cebras. Y me acuerdo de algo que escuché decir al escritor Alejandro Palomas: aprendí que huir de tu casa no te lleva a ninguna parte más que a volver a casa.

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