Domingo. 03.03.2024

Diálogo secreto entre caminante y camino

Para los japoneses el trayecto es tan importante como el destino. Esta premisa se resume en una palabra: geidō. El estado de ánimo, la energía y la disposición influyen en el resultado final de todo. Pude comprobarlo en el santuario de Fushimi Inari.
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Japoneses caminan por el interior de los torii tradicionales. | FOTO: Mila Ojea

En esa inmensidad sensorial que es Japón, el santuario sintoísta de Fushimi Inari Taisha, en la región de Kansai, es el principal de los dedicados a la deidad Inari de los alrededor de 30.000 que existen en el archipiélago nipón sobre este dios. La todopoderosa Inari representa el arroz y los cereales y es patrona de los comerciantes, ya que en la antigüedad se asociaba tener una cosecha abundante con la prosperidad en los negocios. Puede ser representada con forma masculina o femenina o adoptar figuras que van desde un zorro blanco hasta una serpiente o dragón.

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Entrada al santuario. | FOTO: Mila Ojea

Se sitúa en el monte Inari y en realidad aquí se venera a cinco deidades diferentes que están en el salón Honden. Este santuario pertenece tanto al pueblo como a la Corte Imperial desde su construcción, en el año 711. De acuerdo al relato mítico recogido en la obra literaria Yamashiro Koku Fudoki, un antepasado del clan Hata practicaba la puntería usando mochis (pastel de arroz). Una flecha atravesó uno de los pasteles y se transformó en un cisne que voló hacia la cima de la montaña, donde empezó a crecer el arroz. Este evento milagroso da nombre al Monte Inari.

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Detalles del colorido de los torii. | FOTO: Mila Ojea

La característica del santuario que más llama la atención son los más de 10.000 torii que encontramos uno detrás de otro, por sus cuatro kilómetros de recorrido, y que forman un pasadizo techado. Todos ellos han sido donados por comerciantes que ponen los nombres de sus negocios en los torii para que el dios Inari les sea propicio. También hay altares de piedra llamados otsuka.

¿Pero qué es exactamente un torii? Pues un arco tradicional japonés que suele encontrarse a la entrada de los santuarios sintoístas (Jinja), marcando la frontera entre el espacio profano y el sagrado. Consisten en dos columnas sobre las que se sustentan dos travesaños paralelos, frecuentemente coloreados siguiendo la técnica inari-nuri en tonalidades rojas, naranjas o bermellones, formando una puerta. Algunos poseen tablas escritas montadas entre las barras horizontales. Tradicionalmente los torii eran de madera o piedra y algunos de los que hay aquí pertenecen al periodo Edo (1603-1867).

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Puestos de comida. | FOTO: Mila Ojea

En la entrada al monasterio encontraremos varios pabellones llenos de decoraciones y simbología japonesa, la puerta Romon y fuentes tradicionales en las que la gente se agolpa para recoger agua. A mitad de camino hay un puesto de té en el que reponer fuerzas o comprar amuletos de tela omamori, tablillas de madera ema o papelitos de la suerte omikuji. En este punto, la intersección de Yotsutsuji, se disfruta de una vista panorámica de Kioto. Y después de acceder a los torii, al salir del santuario, encontraremos puestos de comida variada, envueltos en humo y aromas tradicionales de su gastronomía. Podremos degustar el inari sushi (rollito de primavera con arroz frito), takoyaki (buñuelos de pulpo), okonomiyaki (torta japonesa) o kitsune udon (caldo con fideos de trigo y tofu frito).

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Los torii en medio del bosque. | FOTO: Mila Ojea

Fushimi Inari es un lugar al que antes sólo acudían los japoneses, pero su aparición en algunas escenas de la película “Memorias de una geisha” disparó su popularidad y ahora está atestado de gente –tanto japoneses como turistas que acuden en masa- por lo que intentar hacer una fotografía en soledad es tarea harto complicada. Si aun así quieren llevarse ese recuerdo les recomiendo ir en horas fuera de los circuitos habituales y caminar a lo largo de los pasillos que forman los torii. Cuanto más se alejen de la entrada al santuario, más oportunidad hay de no sólo hacer la fotografía soñada sino de disfrutar del silencio y la espiritualidad que guarda este lugar mítico.

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La foto soñada. | FOTO: P. Nadal

Yo lo conseguí y para ello avancé por ese túnel serpenteante teñido de rojo que auguraba la eternidad. Asombrada por su longitud y belleza, dejé atrás los ecos de las voces que no me seguían, escuché mis pisadas, quedé absorta en el silbido del viento. Estaba a salvo en el vigoroso bosque, entre la maleza que intentaba tragar las columnas grabadas con letras hechas a navaja, encontrando los símbolos que me hablaban del pasado. Simplemente no soy de este mundo. Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie… ¿Qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. No lo querré acaso. Lo escribió Alejandra Pizarnik y en ese instante me representaba.

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Uno de los simbólicos zorros. | FOTO: Mila Ojea

Como suele ser habitual en todos los santuarios dedicados a Inari, el zorro o kitsune es una de las figuras prominentes dado que es el mensajero del dios. Encontré varios en los dos kilómetros de paseo que hice por el famoso camino Senbon Torii o “Camino de las mil puertas torii” que cubren todo el recorrido desde el santuario interior hasta la cima del monte antes de que anocheciera y la oscuridad me obligara a volver. Algunos zorros llevan una llave en la boca que pertenece al lugar en el que se guarda el arroz, es decir, la riqueza.

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El sol se diluye en la naturaleza. | FOTO: Mila Ojea

La noche se me echó encima y sólo alcancé la mitad del recorrido, pero si logran llegar hasta el final verán el Okuno-in, un salón de plegarias construido en 1499 desde el que se divisan los tres picos del monte Inari, y el estanque Shin-ike, donde la leyenda afirma que si estás buscando a alguien y das dos palmadas en la orilla del agua, el eco te mostrará el camino para llegar a esa persona.

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Último recuerdo. | FOTO: Mila Ojea

Japón nunca decepciona. Sus leyendas, profecías y costumbres son un maná de historias interesantes que contar y experiencias que vivir. Por eso siempre hay que volver. Para los japoneses el trayecto es tan importante como el destino. Esta premisa se resume en una palabra: geidō. El estado de ánimo, la energía y la disposición influyen en el resultado final de todo. Es el arte que mezcla ética y disciplina. Le sucede también al viajero: no hay atajos, debe disfrutar el proceso, cada paso, permitir que el mundo le deslumbre. Se establece un diálogo secreto y profundo entre el caminante y el camino. Y así pasa a habitar con frenesí la luna.

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