Sábado. 02.07.2022

Cosmogonía marroquí

En 2019 el director Oliver Laxe presenta una película que le llenó de alegrías y premios, "O que arde". Navegar por el interior de su mente y escuchar su pasión por Marruecos es una experiencia espiritual para el viajero que camina, una mañana cualquiera, por las calles de Marrakech observando cómo la vida se despliega a su alrededor.
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Trajín de seres en una calle de Marrakech. | FOTO: Mila Ojea

Oliver Laxe, director de cine nacido en París, hijo de padres emigrantes gallegos, pasó varios años viviendo en Marruecos. Durante ese periodo de inmersión total y voluntaria en otra cultura, rodó sus dos primeras películas, “Todos vós sodes capitáns” en 2010 y “Mimosas” en 2016. Las montañas del Atlas le inspiraron para profundizar en la filosofía y cultura sufíes. Posee una sensibilidad que es una rara avis exquisita. Su forma de hablar de este país resulta apabullante, profunda y sinceramente emocionante.

Me fui a morir un poco a Marruecos, a una cueva lejana, con mi pequeña antorcha apagada, a prenderla de nuevo. Allí cultivé la pobreza de manera muy positiva. Eso hizo que pudiera dedicarme a mi obra. Decidí venir a Marruecos para desarrollar mi mirada, para tener tiempo. Fue como una llamada a la errancia, explica.

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Preparando las verduras para la venta. | FOTO: Mila Ojea

 

En su obra, efectivamente, queda reflejado el espíritu de este pueblo colorido, tradicional y generoso. En él podemos ver el trajín de sus mercados matutinos, los niños corriendo a raudales por las estrechas calles y los hombres que fuman sentados en el suelo dejando que el tiempo pase de largo. No hay preciosismo sino cotidianidad.

Siempre hemos sido extranjeros: en Francia éramos españoles, cuando volvimos a Galicia éramos franceses, estuvimos también errando un poco en Cataluña. De alguna manera, es una circunstancia que sufres de pequeño, pero es una buena distancia, la distancia del artista. Cuando me fui a vivir a Marruecos, estaba muy acostumbrado a ella. Y es quizá la única distancia desde la que puedes ver las cosas. De cerca no vemos nada, nunca. Todo está desenfocado, admite Oliver.

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El mercado a punto de abrir. | FOTO: Mila Ojea

 

Es temprano en Marrakech y ya las calles se van llenando de movimiento. Es el momento de buscar esa distancia para ver las cosas. Esas texturas tan distintas a las nuestras, otra piel y otro pulso, el aroma del cardamomo, la humedad que disipa la primera luz de un sol blanquecino. En el suelo, sobre las telas, se extienden ramilletes de verduras, cestas con fruta, zapatos viejos y balanzas de metal para pesar la mercancía.

Hay conexión atlántica y mediterránea… Además, entendí el país muy rápidamente. Es lo que más tarde he dado en llamar ´soberana sumisión´, que se ha convertido para mí en un concepto estético. Es la aceptación de lo que te da la vida, y te hace libre. A veces se expresa a través del infortunio, de la desgracia, pero visto con otros ojos, se vuelve positivo. Me acuerdo de caminar mucho, de perderme en las medinas. Y que la llamada al rezo y las propias mezquitas me hacían sentir un eco interior grande, que no sabría racionalizar.

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Puesto móvil de naranjas. | FOTO: Mila Ojea

 

En una de sus películas, los protagonistas son los niños de Tánger. También en la vida cotidiana que observo mientras me muevo entre los puestos de fruta y pan. No los imagino distintos a los de Marrakech. No eluden la cámara cuando esta los mira, son vivarachos y tremendamente espabilados. Han nacido para sobrevivir a toda costa, para pulverizar las horas. Les desborda la vida, aún no la intuyen corta o solemne.

Marruecos para mí fue un choque de tiempos, la muerte, la vida, los espacios tan habitados, los aspectos arquitectónicos… Era extremadamente estimulante. Yo había grabado ya antes cosas. Soy una persona que está peleando siempre contra mi propio control, lo que es necesario en el cine, hay que ser perfeccionista, y al mismo tiempo hay que pelear por tener cierta espontaneidad. El proyecto con los niños fue volver a la infancia, fue un exorcismo sano, me reí bastante de mí y del arquetipo del artista romántico, del artista explotador, del ladrón, del europeo que idealiza todo, y bailé con la realidad, bailé con los niños, me divertí.

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Habitantes de la mañana. | FOTO: Mila Ojea

 

Me fascina la riqueza del mundo interior de este hombre, ese modo de ordenar las cosas en su cabeza. Pasa de lo sensorial a lo espiritual y explica todo con una voz aterciopelada que es un paisaje sonoro. Su lenguaje es pausado, sereno, ausente de caos. Admiro su talento y la falta de vanidad frente a una sociedad donde el egocentrismo es un ácido que todo lo corroe. Sabe ya tantas cosas: la vida muerde. Conoce el modo de sujetar las raíces, de llegar a la esencia y expandirla, está unido a la tierra, es el hombre-bosque.

La alteridad y la relación con el otro era inevitable. Filmarme a mí mismo con estos niños de la calle fue de una violencia extrema. Tuve que protegerme mucho para que no diera asco esa imagen. Asumí el juego de espejos deformantes, la dialéctica, y al mismo tiempo, gracias al cine y al arte, esa dualidad se rompe: me convierto en un niño, y los niños no tienen patria, no tienen cultura, todos tienen la misma conexión con su inocencia. Con ´Mimosas´ yo sentí que tenía que seguir en Marruecos, me dije que necesitaba otra muerte, y esta sí fue más fecunda. Ahí sí que creo que ensanché mi mirada de verdad, y desapareció esa dialéctica entre yo y el otro. Es un rezo que no es cultural, que trasciende la dialéctica norte-sur, occidente-oriente, categorías que ya son caducas, subraya.

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Moviendo la mercancía. | FOTO: Mila Ojea

 

Marruecos lleva al viajero a una deconstrucción del alma. Se dan todas las dicotomías y se necesita tiempo para desgranar cada vivencia, cada huella. Hay un estado permanente de consciencia, de desprendimiento. Metida en medio del tumulto, me centro en escuchar las voces a mi alrededor, esquivar el trote de los carros que pasan repletos de naranjas –el mejor regalo de diciembre, un frescor jugoso envuelto en cáscara blanca-, eludir la mirada de ciertos ojos tras los velos, ser global.

Uno de los lemas de mi vida es escapar de la facilidad como del demonio. Cuando veo que hay un camino fácil, me lo pienso mucho y tomo el camino inverso. Como en ´Mimosas´: cuando me dicen de ir por las mesetas, digo que no, que iremos por las montañas aunque estén nevadas, y llenas de bandidos. Uno de los dogmas del universo es que hay que merecerse las cosas. Es una cuestión de exigencia personal, de amor por la aventura. Me habitan mucho la inconsciencia, la inocencia y la locura. Y un amor un poco absurdo y un poco desatado, dionisiaco. Es muy inconsciente y muy natural.

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Trabajando la madera. | FOTO: Mila Ojea

 

Oliver mantiene intacta el alma aventurera del verdadero viajero. Aquel que huye del tiempo acotado para dar el primer paso hacia el infinito. Me encantaría sentarme con él frente a una hoguera, envuelta en una manta, con un té humeante y estrellas de anís entre las manos, en algún recóndito valle de piedra del Atlas, que nos alcance la madrugada entre bostezos, ante el fuego, con la mirada llena de verdades, y contarnos la vida. Partiendo de un mismo origen, llegar a conclusiones opuestas. Aprender uno del otro, dialogar, ser depurativos, interiorizar, regalarnos el mundo.

En Marruecos la tradición es fuerte pero también ves un Marruecos degradado. Pero al lado sí que hay un Marruecos muy vertical, muy trascendente. Yo siempre digo que es un país espejo porque te va a dar aquello que tú eres. Si eres generoso recibirás regalos y bendiciones. Es un lugar en el que ves lo más execrable y lo más angelical del ser humano, recalca.

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Puesto de frutas. | FOTO: Mila Ojea

 

Hay una foto del rodaje de “Mimosas” en el Atlas que me encanta, en ella se ve a este hombre reflexivo y austero caminando por un cañón estrecho, metido en el agua hasta la cintura, con las riendas de un caballo sobre su hombro mientras guía al animal. A lomos del mismo, sonríe una de las actrices de la película. Demuestra Laxe con su humildad que hay personas que no saben vivir en los márgenes y que brillan con luz propia. Y esa luz traspasa al resto.

La vida está llena de dogmas, y toda esa red espiritual necesita su disciplina y sus normas. El universo está lleno de normas. El problema de ciertas religiones materialistas, o que se han materializado, es que sólo hay dogma, y no hay aquello para lo que sirven, que es para llegar al amor. Marruecos está tan cerca de Europa que las atrofias que provoca la colisión entre tradición y modernidad son un poco más patentes. Y de la misma manera que se generan contradicciones y monstruos, todavía hay una conexión con la esencia fuerte, se encuentran auténticos devotos, gente que ejercita el desapego, la aceptación o el amor de manera muy bella y heroica, como hacían mis abuelos, reflexiona.

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Venta ambulante de huevos. | FOTO: Mila Ojea

 

En 2019 Oliver rueda la película “O que arde”, y recibe el espaldarazo de crítica y público, además de multitud de premios. Se trata del retrato intimista de una Galicia rural que no sólo se quema sino que también parece abocada a desaparecer. En el personaje de Benedicta reconocí rasgos de mi abuela Josefa. En una de las escenas esa mujer se refugia de la lluvia metida en el hueco de un árbol y el tronco la envuelve formando un abrazo alrededor de su cuerpo menudo. Me resultó de una ternura infinita. No hace falta ser madre para comprender perfectamente el dolor de Benedicta. Es el dolor de todas. Su sufrimiento traspasa la pantalla. No puede haber amor más puro. En su imagen, en el fuego y la lluvia, encontré mi arraigo.

Sí, en algunos momentos de mi carrera sí que he ido un poco rápido; en aquel momento, en cambio, fui despacio, fui paciente. Sabía que para hacer cine primero tenía que aprender a mirar, saber qué es la imagen, qué es un ser humano. Y en un país donde la tradición es aún importante, donde aún hay choques entre tradición y modernidad… Es un trabajo de aceptar mi mirada de artista colonizador, extractivo, explotador. Una vez que acepto eso, dejo espacio para el amor.

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La panadería. | FOTO: Mila Ojea

 

Se empieza a hacer tarde y este pequeño viaje va acabando. Hemos de levantar el poblado, sacudir el polvo del camino, prever la vuelta. Resulta difícil marcharse de ciertas personas. Hay que tomar la vida tal cual es. Todos vivimos con el riesgo de caer fulminados por un rayo. Los hombres van recogiendo los puestos, acomodando la mercancía en cajas, apagando las luces. Somos una mezcolanza de inquietudes y anhelos. Todos buscamos corrientes más cálidas para iniciar el vuelo a otro lugar que nos señale el universo.

Me gusta mucho el mundo, las cosas, los detalles, los gestos, las comidas, los árboles. Mi sensibilidad se ha estilizado pero sigue siendo muy bruta. Me considero un cineasta de imágenes que crea atmósferas. Trato de pelear contra el totalitarismo de las ideas. Me gusta evocar la cruz cristiana para definir mi trabajo: hay una horizontalidad que tiene que ver con lo humano, con lo cotidiano, con el olor del pan y de la lumbre y lo contingente, luego hay una verticalidad que se proyecta hacia lo eterno.

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Empieza el día. | FOTO: Mila Ojea

 

Venía de un invierno temprano, inesperado. Ingresé en una primavera repentina, también inesperada. Así es Marruecos en diciembre: un rayo de sol tibio, prístino, que acaricia. En la azotea de mi rihad se posaban las palomas. Observaba el movimiento nervioso de sus cabecitas, queriendo verlo todo, dueñas del cielo. Necesitaba alargar ese momento. Rodeada de flores e incógnitas en medio de un vendaval emocional, con el sonido de la calle vibrando allí abajo, perfumada de especias. Tal vez yo también vine a morir un poco.

El fondo de todo aquello es lo que aprendí en Marruecos, que no somos nada, que nada es nuestro, concluye Laxe. Y qué gran verdad…

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