Mércores. 05.10.2022

Carta de amor a un puente

El Golden Gate de San Francisco es una de las piezas icónicas de Estados Unidos. Su historia es parte del país y sus gentes. Cruzarlo y disfrutarlo, aunque la niebla intente impedirlo, es una obligación si se viaja por la Costa Oeste.
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Vista del Golden Gate vistiéndose de niebla al atardecer. | FOTO: Mila Ojea

Querido San Francisco:

Me gusta todo de ti. Tus cuestas imposibles, el edificio de tu Ayuntamiento, tu parque japonés, tus hamburgueserías, tus murales, tu isla de Alcatraz atrapada en el vacío, tus neones fosforitos, tus carteles sobre la existencia de Dios, tus fachadas de colores…

Pero, si hay algo que te representa, y que me encanta recordar, es ese puente naranja de estilo art decó, atemporal, gigante de hierro y cables, que conecta la ciudad con el Condado de Marin. Sí, tu Golden Gate. Ese icono mastodóntico, inclasificable, que se apoya en el mar y se pierde en la niebla. Lo amo.

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Vista de Sausalito y su bahía. | FOTO: Mila Ojea

227 metros de altura alcanzan sus dos torres y un total de 2737 metros de largura – de los cuales 1280 están suspendidos- configuran ese paisaje reconocible en cualquier postal, con las playas a sus pies y los puertos de la bahía. Más de cien mil vehículos lo cruzan cada día a través de los seis carriles de la ruta US 101. Cifras y cifras y más cifras. Vayamos a su corazón metálico: hay un paso para bicicletas, otro para peatones, un centro de visitantes, una tienda de recuerdos y una zona de exposición donde explican su historia, su construcción, diseño e ingeniería.

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Vista desde una calle inclinada. | FOTO: Mila Ojea

Me fui a verlo con mi amigo B. una tarde soleada de finales de agosto. Cuando salí del hotel, me esperaba en la calle y me miró de arriba abajo.

-¿Vas a ir así vestida? –me preguntó. Bajé la vista y revisé mi ropa: vaqueros negros, una camiseta, un plumífero ligero, un pañuelo al cuello.

-¿Qué hay de malo en mi vestimenta? –pregunté yo.

-¡Que allí siempre hace frío! –exclamó. Le llamé exagerado: era verano y estábamos en California. ¿De qué me hablaba?

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Muerta de frío con B. | FOTO: Mila Ojea

Craso error. Cuando me bajé del coche, en el parking H. Dana Bowers, un viento helado atravesó todas mis capas textiles, absolutamente inútiles, y me congeló la sangre. Qué horror. Se me saltaban los mocos del frío que tenía, los dientes me castañeteaban y temblaba como un junco verde.

Caminamos atravesando las ruinas de lo que parecía una zona militar, el Blue Star Memorial Highway, un tributo a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, y por fin llegamos a una explanada en lo alto de la colina. Apareció ante nosotros, bellísima, esa estructura anaranjada que me tenía cautivada. La vista era espectacular. Pero sólo fue un espejismo: una niebla esponjosa empezó a bajar a toda velocidad engullendo la parte superior del puente.

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Pareja de novios dándose calor. | FOTO: Mila Ojea

Había una pareja de orientales haciéndose fotos vestidos de boda. Iban muy sencillos pero lo estaban pasando fatal para posar. El paciente novio retiraba infructuosa y constantemente el velo del rostro de la novia, que el viento furioso se empeñaba en tapar. El fotógrafo y su ayudante sudaron tinta para hacer el reportaje fotográfico antes de perder la luz y la visión completa e imponente del puente.

También hay muchas personas que sueñan con que sus cenizas sean arrojadas desde allí. Pues ahí lo teníamos: la vida frente a la muerte, desde el mismo punto, donde todo confluye extrañamente. 

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El puente y los recién casados. | FOTO: Mila Ojea

Me resultó curioso que alguien viajara hasta allí, vestidos de novios para la ocasión, y así tener ese singular recuerdo del lugar. Sí, es precioso, pero según las estadísticas, el Golden Gate es el lugar del mundo donde se producen más suicidios. También hay muchas personas que sueñan con que sus cenizas sean arrojadas desde allí. Pues ahí lo teníamos: la vida frente a la muerte, desde el mismo punto, donde todo confluye extrañamente. Mirad el mar, contemplad sus fauces sin dibujos, su música sin cautiverios. En vuestra contemplación del mar estáis vosotros, allí, sin lugar; sucediendo sólo en el crujido de la nada, como escribió Tomás Rodríguez Reyes.

El arquitecto Joseph Strauss diseñó esta obra para salvar el estrecho de 120 metros de longitud que separa el Océano Pacífico de la Bahía de San Francisco y que, antes de su construcción, sólo podía atravesarse en ferry. Empezó a construirse en 1933 y se inauguró cuatro años más tarde. En aquel momento era el puente más largo del mundo (hoy en día es el chino Danyang – Kunshan).

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Vista del puente desde el coche. | FOTO: Mila Ojea

Su estructura metálica se pintó de ese color entre naranja y rojo, vibrante e inconfundible, con el objetivo de proporcionar una mayor visibilidad a los buques en tránsito y finalmente se convirtió en su característica más llamativa, el rasgo más icónico de su personalidad, que se ha conservado hasta ahora. Es imposible imaginarlo vestido de otro tono. Lo interesante es que su nombre, Golden, es decir, “Dorado” en castellano, remite al capitán John C. Fremont que lo bautizó así porque le recordaba a un puerto de Estambul llamado Chrysoceras, el Cuerno de Oro.

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La bahía desde el puente. | FOTO: Mila Ojea

Ha aparecido en innumerables películas y es una de las mayores atracciones de la Costa Oeste de los Estados Unidos. Pero yo recuerdo, sobre todo, el frío que pasé. Le suplicaba a B. que me hiciera las fotografías rápidamente, porque los ojos me lloraban y era incapaz de abrirlos con el viento gélido que me quebraba. B. se moría de la risa y, en la única foto que tenemos juntos allí, me abraza divertido y cariñoso para protegerme de un catarro traumático.

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Engullido por la niebla. | FOTO: Mila Ojea

Y aún así lo amo. Amo ese puente casi rojo que simboliza a una ciudad, a un estado, a un sueño. Y sonrío cuando recuerdo que, de vuelta a San Francisco, B. puso un cd  a todo volumen en el coche y cantamos a coro, presos de la histeria y la euforia, a grito pelado, con Scott McKenzie el clásico si vas a ir a San Francisco, asegúrate de llevar algunas flores en tu pelo… Para entonces ya se me había quitado el frío, ya era verano otra vez, ya se me había vuelto el corazón californiano, ya sucedíamos sólo en el crujido de la nada y vivía como más me gusta: intensamente, experimentando sin tregua, entusiasta, por instinto, perdida y ubicada en otro lugar y en otro tiempo. En otro yo.

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