Sábado. 04.02.2023

Arquitectura vegetal

Los ficus y las ceibas que crecen alrededor de los templos de Angkor han convertido sus estructuras corporales en un abrazo eterno a los muros que una vez se tragó la selva. Es ya imposible disociarlos de ese paisaje de piedra y musgo, haciendo del conjunto un todo bellísimo que es testigo del tiempo.
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Los troncos abrazan los muros del templo de Ta Prohm. | FOTO: Mila Ojea

A finales del año 2020 una agencia de inteligencia desarrolló un satélite que podía obtener imágenes de alta resolución como nunca antes se habían apreciado. No sólo eso, además lo prepararon para, mediante sistemas de radar, láser y espectrometría, poder distinguir masas vegetales, algo que no se había logrado hasta entonces. Y ahora viene la magia de la cuestión: los árboles dejaron de ser invisibles para el satélite y se descubrió que una zona desértica como el Sáhara estaba en realidad poblada por millones de ellos.

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El abrazo eterno. | FOTO: Mila Ojea

Esa imagen reveló una capa vegetal que no era bosque, pero cumplía una función primordial. Cada árbol tenía una función importante, ecológica y vital. En la aridez del Sahel vivían nada menos que 1.800 millones de árboles dando sombra a la pequeña superficie privada que ocupaban, fertilizando el suelo, manteniendo los ciclos naturales del agua y almacenando su porción de carbono. En medio del silencio nacía, diáfana, la vida.

No dejo de sorprenderme por la capacidad de supervivencia y la poca importancia que damos a estos elementos que nos acompañan en nuestra existencia. Todo es importante, hasta la más mínima rama que sirve de base a un pájaro para que este descanse, o que termina su extremidad en un fruto. Y ahora les llevaré a un lugar al que llegué gracias a uno de estos seres callados y perseverantes, indemnes al paso del tiempo, erguidos por la constancia y la paciencia.

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Figuras talladas. | FOTO: Mila Ojea

Todo comenzó con un árbol. Con la fotografía de un árbol, en realidad. El que abraza irremisiblemente al templo de Ta Prohm, uno de los que habitan el complejo arqueológico de Angkor en Camboya. Fue este el motivo de mi viaje a ese país cauterizado por la historia. Necesitaba ver ese árbol con mis propios ojos, saber que era real y que respiraba entre la piedra milenaria a la que recubría.

Con el paso de los años, es como si ahora esos árboles sostuvieran al templo en su vejez, creando una doble pared, evitando su derrumbe definitivo. 

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Tentáculos vegetales. | FOTO: Mila Ojea

Ta Prohm sólo es uno de los cientos de templos que permanecieron escondidos durante años bajo la alfombra de selva que cubre este territorio. La densidad vegetal ocultó a los ojos del mundo un tesoro inconmensurable. Todo salió a la luz cuando, a mediados del siglo XIX, el naturalista francés Henri Mouhot dio a conocer la existencia de estas ruinas. El conocido como “templo de las raíces” es de finales del siglo XII y principios del XIII, y permanece engullido por esa ramificación que parece ahogarlo al tiempo que conviven en extraña armonía.

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Exteriores y detalles. | FOTO: Mila Ojea

Esos tentáculos que oprimen pero se adaptan a las formas de muros, puertas y columnas son un espectáculo visual para el viajero. Hay una energía en este punto del planeta que resulta indescriptible. Esa naturaleza que se adapta caprichosamente a la obra del hombre sin llegar a destruirla del todo es una historia de necesidad mutua, un matrimonio pacífico. En algunas partes, por donde corretean monos y otros animales, se aprecian perfectamente las figuras talladas con todo detalle.

En su origen esta construcción, denominada originalmente Rajavihara o “monasterio real”, era un monasterio budista –que después pasó a ser hinduista- en honor a la familia del monarca Jayavarman VII, rey del Imperio Jemer. Aquí también se impartía educación, en un espacio donde llegaron a estar alojadas más de 12000 personas. Todo queda reflejado en las imágenes e inscripciones que han salvado el paso del tiempo y la jungla que todo lo devora. Una mezcla de musgo, líquenes y piedra es la imagen actual de este lugar henchido de una belleza sobrenatural.

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Matrimonio en armonía. | FOTO: Mila Ojea

Cada raíz ha hecho su camino, se ha colado por hendiduras y huecos, ha buscado la protectora oscuridad y el oxígeno. Con el paso de los años, es como si ahora esos árboles sostuvieran al templo en su vejez, creando una doble pared, evitando su derrumbe definitivo. Se han atado unos a otros y ya no pueden vivir por separado. Son una perfecta simbiosis. Los troncos de las ceibas y los ficus soportan la estructura a la vez que descansan en ella. Uno parece una tela de araña, otro los tentáculos de un pulpo gigante…

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Explorando los templos. | FOTO: M.J. Ojea

Ta Prohm se sitúa en el centro del área como si fuera la capital y pieza más importante del complejo. Ocupa una hectárea y albergaba a la divinidad Prajnaparamita, la “perfección de la sabiduría”. Su estatua estaba rodeada por 260 divinidades menores. Los bajorrelieves se conservan en muy buen estado y representan escenas de la mitología budista. Uno de ellos ilustra la Gran Salida de Siddharta -el futuro Buda- del palacio de su padre. También cuenta con relieves de piedra de devadas (deidades femeninas menores), monjes meditando o ascetas, apsaras y guerreros junto con guardianes del templo. Unos están más erosionados que otros pero es sorprendente que no hayan desaparecido del todo lamidos por la lluvia torrencial y la insoportable humedad propias de un país como Camboya.

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Escenas en los muros. | FOTO: Mila Ojea

En su patio central es donde mejor se perciben los cuerpos de los árboles de algodón de seda elevándose hacia el cielo. ¿Los verán los satélites y reconocerán esas sorprendentes formas? Sus raíces aventureras han cubierto el foso, las puertas de entrada a los corredores y los muros, y se arrastran como un velo por toda la superficie. Un vestido de novia inmenso que arrastra sus pasos. Uno tiene la sensación de que si toca un solo ladrillo, el conjunto entero va a venirse abajo. Es por ello que toda la construcción está protegida para que la gente no entre en ciertas zonas y destruyan las partes más debilitadas. Ya sabemos lo que supone el paso del hombre por estas joyas arquitectónicas de tanto valor.

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Formas caprichosas. | FOTO: Mila Ojea

En medio de esta atmósfera mágica, uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que todo haya permanecido bajo el sombrío manto de la jungla sin ver la luz. Las hordas de turistas pululan por su interior y alrededores haciendo fotos, a ciertas horas hay que hacer cola para posar con una mínima intimidad en las zonas más representativas, pero merece la pena. Si es posible, el amanecer guarda el frescor y las horas idóneas para relajarse aquí y disfrutar verdaderamente de un lugar único.

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Detalles escondidos. | FOTO: Mila Ojea

No lo imagino en el mar del silencio, cuando ya se han ido todas las excursiones, los últimos fotógrafos y los elefantes que transportan a los turistas, y alguien cierra las puertas ante la llegada de la negra noche. ¿Se jurarán amor eterno entonces estas torres desmoronadas y estos gigantescos troncos maleables? ¿Se abrazarán más fuerte, con las carnosas raíces crujiendo bajo las estrellas? Todos, en el fondo de nosotros mismos, llevamos un pequeño cementerio con aquellos a los que hemos amado, escribió Romain Rollan.

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Raíces protectoras. | FOTO: Mila Ojea

Ta Prohm es un ejercicio estático de belleza en sí mismo, un hallazgo asombroso. Respira apenas a través de esas grietas por donde se cuelan la luz y las lagartijas. Nos recuerda lo pequeños y efímeros que somos, lo expuestos que estamos a caer una y mil veces, pero también la fortuna que poseemos para admirar lo que nos rodea. Como esos satélites que enumeran los árboles del desierto, tan lejos de aquí. Unos se hacen compañía a los otros y dejan de ser invisibles. Poblamos un planeta maravilloso y le debemos respeto y admiración. Un gran viaje puede comenzar, sí, en un simple árbol.

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