mércores 11.12.2019

Y el anillo, ¿pa' cuándo?

El dedo de la autora, María Soliño, sin anillo.
El dedo de la autora, María Soliño, sin anillo.

Deberéis saber que este verano ha sido de los más prolíficos en cuanto a momentazos dignos de ser contados. Uno de ellos fue presenciar atónita como “la marca de la casa” era condición indispensable para distinguir si las mujeres mentimos o decimos la verdad, y ríete tú del famoso polígrafo de la CIA. No. Ahora, para saber si estamos solteras o casadas, la prueba irrefutable es vernos el anular. ¿Llevas alianza? Casada. ¿No la llevas? Soltera. Así de fácil y así de simple. 

A veces pienso, sinceramente, que cuando me topo con situaciones así me están grabando con una cámara oculta y en cualquier momento se encenderán unos enormes focos que me iluminarán hasta deslumbrarme, mientras una musiquita repetitiva comienza a sonar y los actores de turno se descubren en medio de risas y aplausos.

Pongámonos en situación: Mes de agosto otra vez. Sábado noche, 01,35 horas y un local precioso en la Mariña Lucense. Me dispongo a pasar una velada agradable con una de mis mejores amigas, que este año me ha acompañado por alguna de las ferias de verano.

Antes, os cuento que mi amiga y yo tenemos un código. Cuando el moscón de turno se acerca y no nos apetece nada su compañía, le damos un nombre falso. No somos María y E. Somos Catalina y Anais.

En esas estamos, cuando un individuo se acerca a nuestra mesa y le dice a E. si puede conocerla y puede presentarse.

    —Bueno—, dice ella con cara de circunstancias.

    —¡Hola, me llamo Ramón! (nombre ficticio)—, dice él plantándole dos besos en la cara y cogiéndole las manos.

Ya estamos, sin tocar ¿eh?

    —Yo soy Anais.  

¡Código activado!

En ese momento, el tal Ramón, comenzó a disparar una batería de preguntas dignas de un interrogatorio en Alcatraz.

    —¿Casada o soltera?

    —¿De dónde eres?

    —¿Cuánto tiempo te vas a quedar por aquí?

Y tres o cuatro más que ya no recuerdo.

    —¡Coñooo, pues sí que vais rápidos aquí!—, murmuro por lo bajo.

    —¡Casada, casada!—, responde E. sacudiendo las manos para soltarse.

    —¿Casada? Nooo… ¡Imposible! ¿Cómo vas a estar casada? A ver el anillo—, vocea el tal Ramón (os recuerdo que es un nombre ficticio, aunque no creo que vaya a poner en peligro su identidad), cogiéndole de nuevo las manos y volteándoselas buscando el rastro de un anillo— ¿Ves? No llevas. Me estás mintiendo. No estás casada porque no llevas ningún anillo.

Se me atragantó la copa y tosí escandalosamente a propósito.

Ramón me miró y me preguntó mi nombre también.

    —¡Catalina!

Código activado por duplicado.

Bueno, en ese momento comenzó una mini conversación bastante absurda del tal Ramón, en la que todo giraba a que las dos le estábamos mintiendo porque no llevábamos ningún anillo en las manos. Y que no podíamos estar casadas. Y punto.

    —Vamos, que no estamos marcadas como las vacas, ¿te refieres a eso, Ramón?—, le espeté.

    —¡Claro, mujer! Es lo lógico.

Alucino.

Bueno, Ramón, todo hay que decirlo, pilló la indirecta y decidió retirarse, convencido, eso sí, de que estábamos solteras (no sé si enteras) y que le habíamos mentido descaradamente.

Mira tú, que apenas diez minutos después, otro espécimen de Australopithecus Afarensis aparece copa en mano y esta vez dirigiéndose a mi, me suelta que está de fiesta con unos amigos, pero que prefiere quedarse en la terraza con nosotras que seguro que somos más divertidas, mientras apoya su copa en nuestra mesa. ¡Chúpate esa!

     —Mira, chaval, me llamo Catalina y estoy casada. Así que te agradecería que levantases tu copa y te fueses con tus amigos a seguir la fiesta esa que tenéis.

     —¡Mujer! ¿Qué vas a estar casada? ¡Si no llevas anillo!—, me contesta arrimándose y empujando mi hombro con su brazo.

Otro que toca. En esos momentos, miré mi mano desnuda y deseé portar una alianza con un pedrusco del tamaño del Everest, para incrustárselo en toda la jeta al individuo en cuestión.

Mi amiga E., percibiendo como mi nivel de agresividad estaba a punto de dispararse, saltó rápidamente mandándole una indirecta, bastante directa, que el personaje en cuestión pilló retirándose a tiempo.

Estoy segura de que a vosotras también os ha pasado estar sola o solas tomando algo y que se os acerque el gracioso de turno sin invitación, desplegando sus plumas de pavo real para iniciar la ceremonia del cortejo

Estoy segura de que a vosotras también os ha pasado estar sola o solas tomando algo y que se os acerque el gracioso de turno sin invitación, desplegando sus plumas de pavo real para iniciar la ceremonia del cortejo. Hasta aquí, vale. Los hay más o menos insistentes y eso ya depende de lo rápidos que sean pillando las indirectas que les enviamos cuando no queremos nada. Pero lo que no me había pasado en la vida era tener que dar explicaciones de mi estado civil y mucho menos justificar el llevar o no un anillo en el dedo. Nunca. Y mira que ya voy teniendo unos añitos. Creía que estas creencias ya estaban superadas. Llevar o no llevar anillos es cuestión de gustos, y no de si tienes marido. No sé, pero me pareció que lo que nos faltaba ya, era llevar un cartel en la frente con el nombre de nuestros “esposos/dueños”.

E. y yo nos quedamos comentando un rato la situación tan kafkiana que acabábamos de vivir cuando reparo en la música que el pinchadiscos hacía sonar en el local. Era una de las canciones top del verano. Escucho el estribillo.

          "Ya lo tengo todo, pero

          ¿Y el anillo pa' cuándo?

         ¿Y el anillo pa' cuándo?"

Enarco las cejas y agarro el gin-tonic. El anillo te lo metes por…

Hoy va por todas las que no llevamos anillos, ni tampoco los esperamos.

Y el anillo, ¿pa' cuándo?
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