jueves. 18.07.2024

Historias de Trinidad (III): gentes y colores

En mi memoria y en la de mi cámara de fotos, unos niños -hijos de esa Cuba deprimida y colorida de hace diez años- juegan para siempre al fútbol en las calles empedradas de Trinidad. El tiempo pasa demasiado deprisa y estos recuerdos son la prueba de ello.
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Una imagen que resume Cuba y sus gentes. | FOTO: Mila Ojea

Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él, dijo Ernest Hemingway, un gran amante de Cuba que dejó su huella en el país allá por donde pasó. Haciendo caso al escritor, una vez tomados tiempo y distancia, procedo a desmenuzar recuerdos que dejaron en mí las gentes que se cruzaron en mi camino en la colorida localidad de Trinidad.

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Casas de colores de Trinidad. | FOTO: Mila Ojea

Cuesta echar la vista atrás y más cuando hablamos de tiempos felices o, al menos, más fáciles. Resulta muy natural caminar por las calles y entablar conversación con cualquiera, pararse a disfrutar la música de algún grupo callejero, observar a los niños que vuelven del colegio vestidos de uniforme y cargados con pesadas mochilas, las mujeres que acuden a la iglesia, los hombres que fuman apoyados contra un muro mientras desentrañan los misterios de la vida.

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Esperando para comprar. | FOTO: Mila Ojea

La acción comienza bien temprano, antes de que el sol se conjure para quemar las horas. Salen las madres a comprar víveres en las tiendas estatales, donde los estantes parecen demasiado vacíos y los cartones de huevos se apilan en el mostrador. Aquí uno no elige lo que quiere sino que va a mirar lo que hay y después decide. Existen elementos que nosotros desconocemos: la cartilla de racionamiento, la libreta de abastecimiento, la escasez de aquello que necesitamos. Por Cuba no pasa el tiempo, es más, el tiempo pasa por encima de Cuba.

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Pasando la tarde. | FOTO: Mila Ojea

Las calles se llenan de carruajes que pasean a los turistas y los llevan a la playa cercana. Desde aquí no se oye el mar, pero está, sobre todo para esos extranjeros sumidos en la intrascendencia que buscan el viento cálido del Caribe y no quieren mirar más allá porque ciertas cosas escuecen y no quedan bien en las fotos.

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La partida de dominó. | FOTO: Mila Ojea

Hay un movimiento continuo de seres aunque a mí me gusta captar la imagen reposada de esos hombres que juegan al dominó en una mesa improvisada al lado de la acera. Esas banquetas de madera, esas piezas ajadas y viejas en las que apenas ya se pueden distinguir los puntos negros dibujados, esa plaza de aparcamiento robada a los coches es su cordón umbilical con la realidad, su Cuba de todos los días.

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Una mañana cualquiera en Cuba. | FOTO: Mila Ojea

Una pareja –diría que madre e hijo por la similitud de sus ojos mustios y emborronados- fumaban, un puro ella y un pitillo él, sentados en la escalera de entrada a una casa. Los tobillos de la mujer, tan finos que se perdían entre unos calcetines que parecían escayolas, apenas sujetaban unas bailarinas negras y se columpiaban con parsimonia. Me detuve ante su estampa relajada.

-¿Me permiten hacerles una fotografía? –pedí.

-Claro, muchacha –respondió ella. – Y luego llévala a España y enséñales cómo estamos acá –me pidió. Entonces aspiró del puro con regocijo y soltó el humo lentamente mientras yo disparaba la cámara. Su rostro quedó envuelto en una niebla grisácea para siempre.

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Puesto de venta ambulante. | FOTO: Mila Ojea

Hoy cumplo lo prometido y los coloco en portada, diez años después, y soy consciente así de la rapidez con la que el tiempo escapa y sepulta y nos desampara, abandonados a nuestra suerte. Querida mujer de vaqueros holgados y cabeza envuelta en un pañuelo: te recuerdo, donde quiera que estés. Volví y conté. Lo conté todo, sin romantizar ni un detalle. La ruina y los escombros y la verdad y sólo la verdad.

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Azariel Santander trabajando en su taller. | FOTO: Mila Ojea

Pasaron cosas bonitas. Fuimos a visitar a Azariel Santander, un alfarero curtido en la vieja usanza –la única que tienen allí- que nos mostró su tienda, su taller y zona de trabajo, el horno, y enseñó a L. a modelar una pieza vestida con un mandil y sin dejar de sonreír. Reconocí a aquel hombre de manos sabias, hidratadas entre el dulzor del barro durante décadas, en el póster que la ciudad de Trinidad diseñó para celebrar el 500 cumpleaños de su fundación. Ya es un caballero distinguido que forma parte de la historia, como merece.

-A los 76 años estoy cada día más convencido de que, sin esta Villa, la inspiración de todo cuanto hago es imposible. De solo abrir los ojos en cada amanecer, degustar el traguito de café, saludar a las tejedoras que en la esquina de mi casa-taller hacen y muestran su arte, las ideas llegan sin llamarlas- contaba, no hace mucho, en una entrevista para Radio Habana. Bravo, Azariel.

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Un trago vespertino. | FOTO: Mila Ojea

La UNESCO tuvo a bien destacar los hábitos de vida de los trinitarios y su conservación de todo aquello que los caracteriza a través de los años. Aquí todo es pausado, a veces incómodo, hay una rendición total porque ya no se puede conseguir cambiar nada. Trinidad está bellísima pero cansada y es comprensible. Mantiene sus destiladeros, su industria azucarera, sus patios y sus mansiones, pero a un precio imposible. Su realidad sumergida camina cada día por esas calles adoquinadas donde los colores de las fachadas esconden lo que sucede dentro de cada casa.

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Arreglando las flores. | FOTO: Mila Ojea

De lejos nos miraban las montañas azules del macizo Guamuhaya, en un horizonte estático y límpido. Crecía la vida allá abajo, personas que van y vuelven, limpian, cocinan, tocan instrumentos, se desperezan cuando sale el primer rayo de sol, besan a sus hijos antes de que se vayan al colegio, lavan la ropa, pegan azulejos desprendidos, pierden el apetito y a veces sienten ganas de llorar. No son muy diferentes de nosotros. En realidad, Trinidad me pareció el mejor lugar de ese singular planeta llamado Cuba para vivir, por su tranquilidad y tradición cuidadas.

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Hablando de la vida. | FOTO: Mila Ojea

Pero estamos ya en otra vida y viene a mi mente aquella tarde casi noche cuando L. y yo, después de haber tomado una cerveza helada sentadas en la escalinata de la Casa de la Música, caminábamos observando el quehacer de los que allí vivíamos aunque fuera temporalmente. Sonaba la música de fondo, esas percusiones atiborradas de ritmo machacón, y había un grupito de tres niños jugando al fútbol al lado de un muro, en la parte baja de la plaza. Nos paramos a hablar con ellos y se nos ocurrió ofrecerles unos chupachuses que llevábamos en el bolso. Pero antes de dárselos, les pedí que me dejaran fotografiarles. Vestían únicamente unos bermudas de colores claros y zapatillas de deporte desgastadas de patear el balón. Aceptaron posar y se colocaron agarrados unos a otros pasándose los brazos sobre los hombros, en un gesto espontáneo. Hice la foto y mientras disparaba me di cuenta de que estaban muy serios.

-¿Qué tal otra foto pero esta vez sonriendo?- sugerí amablemente.

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Un instante robado al tiempo. | FOTO: Mila Ojea

De inmediato sus rostros cambiaron radicalmente y me regalaron una sonrisa triple que nunca olvidaré. Pedí esas sonrisas pero no resultaron forzadas, de hecho tienen una timidez que me resulta adorable. No era una buena foto, apenas tenía luz para hacerla, pero la guardé. Ese era el espíritu que yo buscaba en la imagen, lo que había visto mientras jugaban despreocupados: la complicidad, el peso ligero de la amistad temprana y eterna, unos ojos sinceros que eran sables en la noche y estrenaban la emoción de la vida. La fugacidad de ese instante me trajo a la memoria a Cortázar: ¿Por qué, a ciertas horas, es tan necesario decir: “amé esto”? Dar testimonio, luchar contra la nada que nos barrerá. Así quedan todavía en el aire del alma esas pequeñas cosas.

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Esperando al tendero. | FOTO: Mila Ojea

Tomaron los chupachuses de la mano de L. y se fueron corriendo a terminar el partido mientras nosotras volvimos a la casa de Jesús, donde nos hospedábamos y éramos tremendamente felices, donde ya formábamos parte de la población y teníamos amigos con los que hablar hasta la madrugada mientras la luna pasaba de largo. Eran los mejores días de nuestra vida cubana llena de música y experiencias irrepetibles. Estoy ya tan lejos que, sólo ahora, puedo escribirlo.

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Fútbol callejero. | FOTO: Mila Ojea

Me pregunto a veces qué habrá sido de aquellos niños a los que conseguí sacar una tímida sonrisa y guardarla para siempre. Seguirán – me atrevo a suponer- jugando al fútbol en aquella plaza empedrada de nuestra memoria, como si el tiempo no jugara en su contra, como si mañana no fuera mañana.

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