sábado 16/10/21

El tiempo pasa tan despacio en Hamnøy

"¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella?", se preguntaba Paul Bowles. Tal vez la respuesta esté en un diminuto pueblo pesquero de Noruega, allí donde los últimos rayos de sol iluminan un instante radiante, inagotable, pleno e ilimitado. 
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Vista del pueblo noruego de Hamnøy en la puesta de sol. | FOTO: Mila Ojea

Viajar y escribir me salva de la furia de lo cotidiano. Cuando tengo un mal día me agarro a las pequeñas cosas para que no me lleve la turbia marea: una tarrina de helado; un episodio cualquiera de la serie “Frasier”; una fotografía de la sonrisa de mi sobrina; que alguien me envíe un mensaje para tomar un café; reírme con mi chico de todas las cosas que nos hacen reír; encontrar un tesoro en la estantería de cualquier librería; que un amigo me confiese un secreto que sólo yo puedo guardar; un trozo (grande, por favor) de bizcocho de chocolate.

673Puesta de sol sobre las aguas. | FOTO: Mila Ojea

Si hay un lugar en este planeta que me dio paz, una paz desconocida y nueva, ese fue el pequeño pueblo noruego de Hamnøy. Enmarcado dentro de las islas Lofoten, en el Círculo Polar Ártico, esa línea invisible que delimita un mundo dentro de este mundo, este conjunto de pequeñas casas es un reducto a salvo de la violencia y el ruido. Detenido para siempre en mi memoria, imperturbable bajo un cielo de colorido abrasador, quiero hoy regalarles una de las puestas de sol más maravillosas que han visto mis ojos.

674La niebla lamiendo la costa. | FOTO: Mila Ojea

Aquí estuve viviendo durante unos días con mi amiga M., en las cabañas que usaban los pescadores, llamadas rorbu, y digo usaban porque en la actualidad están más dedicadas al alojamiento de turistas que a su verdadera condición. Pero es tal el encanto de estas que no importa esa pérdida de autenticidad. De hecho, gracias a ello podemos disfrutar de una sensación única y soñar, aunque sea durante unas horas, que somos parte de esa civilización en vías de desaparición.

Un incendio inmenso y flotante, los rayos del último sol querían jugar con las cumbres de las montañas, aparecían y desaparecían, se colaban por los huecos e iluminaban ese pequeño mundo que era entonces mi casa. 

675Atardece sobre los rorbu. | FOTO: Mila Ojea

Hamnøy es una postal en sí misma. Ejemplo de pueblo pesquero, se aposenta en una colina de roca y sus escasas cabañas se reflejan en el agua tranquila de esta bahía acotada por orgullosas montañas. Los rorbu son tradicionalmente de color rojo, con el tejado de pizarra y los marcos de las ventanas en color blanco, y se erigen sobre pilares de madera enterrados en el mar para proteger la base de la humedad y las mareas.

La nuestra se asomaba además a un pequeño muelle en la parte trasera, donde descansaba un barco pesquero típicamente noruego, esperando el momento de salir a buscar el bacalao, uno de los símbolos de este bellísimo país. Cuando salía el sol, un bien muy apreciado por estas latitudes, M. y yo nos sentábamos en el muelle a disfrutar de ese bendito calor y la visión de un paisaje sublime.

676Paisaje en calma. | FOTO: Mila Ojea

Nuestra vida allí consistía básicamente en ser dueñas del tiempo. No puedo imaginar mayor lujo. Por las mañanas desayunábamos té y manzanas mientras escuchábamos música clásica, pasábamos el día descubriendo playas y parajes alejados de la rutina y el ruido, amparados en la belleza inabarcable, y por las noches leíamos o veíamos una película arremolinadas entre mantas en el sofá. Pura felicidad.

Me gustaba ver la salida del sol al otro lado de la carretera, tras un par de casas blancas que guardaban frente a ellas sus propios barcos, separadas del conjunto y con otra estética. Eso, unido a la quietud y el silencio de la mañana, sólo roto por alguna gaviota aventurera, era mi particular momento perfecto del día.

677Amanecer nublado desde mi ventana. | FOTO: Mila Ojea

Una tarde, volvimos antes de lo previsto a nuestro hogar en aquellas tierras y decidimos ocupar por separado las horas que restaban de luz. Es importante darse tiempo y, sobre todo, espacio, cuando uno viaja con otras personas. Hay que respetar y detenerse y permitir crear el vínculo y las soledades que cada uno necesita en un lugar que no es el suyo.

M. se fue a dar un paseo hasta el otro lado del puente y yo me quedé en el pequeño Hamnøy para disfrutar de la calma y el quieto paisaje. Fui rodeando el conjunto de cabañas y llegué hasta las casas blancas que cada mañana veía perfilar el amanecer desde nuestro rorbu. Cómo cambian las cosas cuando uno llega hasta ellas. Y el punto de vista cuando uno se encuentra al otro lado. Es esa el alma del viajero: descubrir, aprehender, no dejar rastro pero guardar para siempre la imagen de lo que fue nuestro.

678Postal de Hamnøy en la tarde. | FOTO: Mila Ojea

Desde allí veía nuestra cabaña como si estuviera lejísimos, una fachada blanca con una puerta y una ventana pequeña que me regalaba un sol y unas nubes distintas cada día, reflejada en el agua mansa del atardecer. Me senté en una piedra a disfrutar el cambio de perspectiva y la soledad elegida, y entonces el cielo me regaló una visión sobrecogedora, casi una epifanía, envuelta en la paz más absoluta y perfecta.

Todo se volvió de colores rojo, violeta, anaranjado. Un incendio inmenso y flotante. Los rayos del último sol querían jugar con las cumbres de las montañas, aparecían y desaparecían, se colaban por los huecos e iluminaban ese pequeño mundo que era entonces mi casa. Los barcos descansaban en el embarcadero o en medio de la bahía, ajenos al paso del tiempo, agotados por sus quehaceres, acariciados por el salitre. Y yo, testigo muda de esa naturaleza esquiva y atormentada, boquiabierta por el regalo divino que estaba recibiendo, falta de palabras pero llena de imágenes.

679Luces y sombras sobre el agua. | FOTO: Mila Ojea

Fue entonces cuando la paz me inundó, inundó mi alma y el paisaje, mis guerras internas y el balanceo de los barcos, inundó el vuelo pausado de las esquivas gaviotas, inmunes al desaliento, que fueron mis únicas compañeras en ese instante de pureza absoluta. Todo quedó en suspenso. Era precisamente ese el Hamnøy que había soñado antes de llegar a él. Solitario, vacío, fértil y profundamente espiritual. Y me llené de universo y lo guardé para siempre dentro de mí.

Llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizás cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena? Quizás veinte. Y, sin embargo, todo parece ilimitado, escribió Paul Bowles.

680Primeros rayos de sol. | FOTO: Mila Ojea

Pues así fue aquella tarde radiante, inagotable, plena, ilimitada. Sin vértigo, sin relojes que me recordaran que el tiempo rema en contra y angustiosamente rápido, sin responsabilidades ni mentiras, sin miedo ni culpa ni estruendo. Sólo fervor, franqueza, serenidad y una delicadeza irrepetible. No sé cuántas veces la recordaré a lo largo de mi existencia, pero serán las suficientes para que me mantengan viva –incluso en los domingos asesinos-. Y ese modo de estar viva, de perseverar y estremecerme, de sentir el mundo, me acompañará siempre.

El tiempo pasa tan despacio en Hamnøy
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