jueves. 18.07.2024

Pequeño fado de la estación

Desde su púlpito privilegiado, la estación ferroviaria de Sao Bento, románticamente silenciosa, observa la circulación constante de las vías, las aceras y las avenidas de ese Oporto que la abraza en el exterior. Dentro, un mundo de recuerdos reflejados en azulejos, hacen de este lugar parte de la historia de Portugal.
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Murales y gentes en el hall de la estación de Sao Bento. | FOTO: Mila Ojea

Iré al grano: Oporto tiene la estación de tren más bonita del mundo. Sí, sé que es un riesgo decir algo así, tan directo y contundente, totalmente subjetivo, pero no albergo la menor duda de ello. Hay estaciones preciosas, con un pasado impactante, con una historia que contar, con la luz de mil soles derramándose sobre sus vías, pero créanme: São Bento es la bella por excelencia.

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Bienvenida a Oporto. | FOTO: Mila Ojea

En la clavícula que forman la Avenida de los Aliados y la Torre de los Clérigos, en pleno centro de la ciudad, donde bulle el hormigueo de turistas y autóctonos, donde los pasos de cebra resisten bajo miles de pisadas diarias, donde los semáforos enloquecen conteniendo el tráfico, ahí nos espera. Desde fuera verán un edificio de granito color pardo con cristales de colores, y una pequeña escalinata que marca las entradas y salidas. Tal vez no les sugiera nada pero esperen a entrar en el hall…

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Hall de la estación de Sao Bento. | FOTO: Mila Ojea

Veinte mil azulejos decorados a mano en tonos azules les esperan en las paredes de este recibidor celestial. Sus ilustraciones nos llevarán a otros tiempos y lugares: la batalla de Valdevez, la conquista de Ceuta en 1415 o la visita del rey Juan I con su mujer Felipa de Lancaster a Oporto. Historia y tradiciones, pintadas una a una en esos cuadrados cerámicos esmaltados por un sólo artista, Jorge Colaço, que nos cuentan lo que es Portugal.

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Mural cerámico. | FOTO: Mila Ojea

Diseñada por el arquitecto José Marques da Silva, de estilo art nouveu y ubicada en la Praça Almeida Garrett, fue inaugurada en 1916 aunque los azulejos empezaron a hacerse en 1905. Y vamos más atrás: el primer tren llegó en 1896, con la estación aún sin terminar. Su nombre se debe al convento San Bento del Ave María, que se alzaba en el mismo lugar, destruido por un incendio en 1783, y su arquitectura recuerda a las estaciones francesas de primera mitad del siglo XX.

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Turistas y viajeros en el hall. | FOTO: Mila Ojea

En realidad la construcción comenzó en 1890 y se dio por terminada en 1896, pero un año después se produjo un deslizamiento de tierra que impidió finalizar el túnel en el sector sur. En 1900 empezó a construirse el andén. Dieciséis años después pudo disfrutarse tal como ahora la conocemos, con tres plantas y el cuerpo central. El techo del vestíbulo está sostenido por pilastras cubiertas de azulejos.

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Azulejos en detalle. | FOTO: Mila Ojea

El friso superior, el más estrecho, presenta motivos geométricos en color azul y oro. Debajo de él aparecen escenas que representan la evolución de los medios de transporte en el país, estas en varios colores para distinguirse del resto. Se repite otro friso como el primero y bajo este ya están los murales propiamente dichos. De gran formato y en tonos azulados, con su corazón de tinta, muestran distintos episodios de la historia lusa, escenas campestres y alegorías sobre el ferrocarril.

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Hormigueo de gentes. | FOTO: Mila Ojea

El techo, pintado en amarillo, señala con relieves blancos, a cada lado, los dos ríos que gobiernan Portugal, el Minho y el Douro. Hay que colocarse en el centro del hall y girar sobre uno mismo para apreciar toda la información que nos rodea. Así lo hice yo. Sonaba en mi cabeza el “Pequeño fado” de Mónica Molina: dime si aún me recuerdas en tus naufragios de sangre y sal, dime si no te muerde la soledad… Toda la vida se encontraba encapsulada en aquellas imágenes de trazos precisos y sombras terrosas, entre relojes y nombres. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos, sucedió que no había nadie allí, la soledad me arropaba y me permitía un instante de intimidad en aquél salón que era mío.

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Señalización del río Douro. | FOTO: Mila Ojea

Las canciones, qué hijas de puta. Qué animales de sombra. Cómo muerden cuando intentas acariciarlas. Las canciones, el goteo de los aires acondicionados, las sábanas con olor a cieno. Decir adiós como un ejercicio de años. La melancolía tras el brezo, en las urbanizaciones de ceniza, con los coches disciplinadamente abandonados. Un ladrido a lo lejos. La desordenada risa de los niños. Es un dolor pequeño. Pero es un dolor. Y es el mismo. Verano tras verano. Lo sabía y así lo contó Antonio Agredano.

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Observando los murales. | FOTO: Mila Ojea

Ese sentimiento me recorrió y me partió en pedazos allí mismo, bajo esa sinfonía de historia e imágenes. Por eso estoy segura de que es la estación de tren más bonita del mundo. Ninguna otra exhibe con tanto desparpajo aquello de lo que fue hecha: el líquido caminar del tiempo, la hojarasca vertebrada de recuerdos, esa ausencia de falsedad y cipreses. São Bento se desnuda ante nuestros ojos y nos transporta a otros lugares que ya no existen: batallas épicas, coronaciones, carruajes de madera astillada y desembarcos.

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Vista de Oporto desde el interior de la estación. | FOTO: Mila Ojea

Tal vez crece una malva entre las vías, enterrando sus raíces y elevando sus pétalos, ajena a la megafonía que anuncia la puntualidad de los pasajeros y el reinado nocturno de los gatos. Sucedió que una noche de alacranes y estrellas me regalaste tu huella y con ella el adiós… Desde su púlpito privilegiado la estación, románticamente silenciosa, observa la circulación constante de las vías, las aceras y las avenidas: aquellos que arrastran los pies al caminar; los que sudan cargando maletas llenas de meteoritos; los que esconden un minuto –un minuto eterno, eso sí- en la cartera de los documentos oficiales; los que atraviesan la vida por el lado hojaldrado; los que enarbolan la poesía como un arma de resistencia; los que levantan la vista para asegurarse de que nada es medible; los que entran, los que salen; los que saben que una flor es un nido; los que conservan un corazón en almíbar dentro de un frasco de cristal. Todos esos son también yo.

Y tú.

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