jueves. 18.07.2024

El nombre más corto del mundo

Venimos de lo que fuimos y es un hecho incontestable. Estamos hechos de trocitos de pasado y lo descubrimos cuando abordamos como piratas lugares que nos lo cuentan y son un libro abierto sobre nosotros mismos. 
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Los rorbur asomados al mar en las islas Lofoten. | FOTO: Mila Ojea

Ciertos lugares atrapan al viajero y ya nunca le permiten escapar. Todo esfuerzo es inútil. No dejan cicatrices pero sí un temblor en la línea de la existencia. Como encontrar una amapola en el desierto, como un hueso tirado en el asfalto de la autopista, como un nuevo significado importante de lo intrascendente. Lugares impregnados de soledad, salitre y silencio, eso tan necesario para respirar.

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Un rincón perfecto para leer. | FOTO: Mila Ojea

En el municipio de Moskenes, en las islas Lofoten, se halla el pueblo con el nombre más corto del mundo: Å. Así escrito, sí, con su arito coronando la cumbre de esa a mayúscula y tímida, que parece no darse importancia en los mapas. No se confíen: en el alfabeto noruego, la Å  es la última letra y además se pronuncia como “o”. Anclada en la superficie de las mareas, a salvo de huracanes, protegida por bahías secretas.

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El hogar de las gaviotas. | FOTO: Mila Ojea

Se trata de una población ejemplo perfecto de la tradición pesquera noruega, volcada en la pesca, desecación y salazón sobre todo del bacalao. Y estilísticamente una postal del país que la acoge, con sus pequeñas cabañas de madera que parecen flotar, con el color rojo como seña de identidad y una sensación de calidez inaudita. Repleta de detalles cuidados y amables que dan la bienvenida al que llega.

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Detalles con amor. | FOTO: Mila Ojea

Los rorbur, esas cabañas rojas, se sostienen sobre pilotes de madera hundidos en el mar y empezaron a construirse a finales del siglo XIX. Suelen colocarse en la orilla, a caballo entre las rocas y las aguas, y se protegen como un bien tradicional y único de este país bellísimo. Aquí la pesca es la actividad más importante y se desarrollaba durante los crudos meses de invierno, por lo que los pescadores disponían de un alojamiento temporal que cubría sus necesidades básicas de descanso, higiene y practicidad. Al estar enclavados directamente en el mar permitían la descarga del pescado de un modo cómodo y fácil.

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Reflejos al atardecer. | FOTO: Mila Ojea

Con un fondo de montañas verticales que alcanzan unas altitudes desafiantes e inesperadas para el tamaño de estas islas, la naturaleza ha creado el fiordo de Bokna, donde se desarrollan varios hábitats que permiten a las aves llevar una vida protegida y libre al mismo tiempo. Las corrientes del golfo de México hacen que la costa sea templada para esta latitud.

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Flake con bacalao skrei. | FOTO: Mila Ojea

Estamos por encima del Círculo Polar Ártico y eso influye en las temperaturas y también en el carácter de la gente que habita estos rincones detenidos en el tiempo. En muchas casas encontramos los secaderos del bacalao variedad skrei, colgados boca abajo como adornos de Navidad en bastidores de madera llamados “flakes”.

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Asomado al mar. | FOTO: Mila Ojea

Å es la población situada más al sur de la carretera E10, la vía principal de unión entre todo el archipiélago. Se accede atravesando un túnel que acaba en un parking donde dejaremos el coche para luego caminar por el pueblo con total tranquilidad. Aquí viven menos de cien personas y su calidad de vida es envidiable. El edificio principal es el Museo local de Pesca Noruega pero yo recomiendo simplemente pasear entre las casas y los rorbur llenando nuestros pulmones de esa brisa fresca que acompaña al paisaje.

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Letrero de la panadería. | FOTO: Mila Ojea

Verán también, en un edificio con fachada blanca y mesas de madera en el exterior, un letrero colgante que representa un dulce pretzel con una corona. Pese a su sencillez, no dejen de entrar. Encontrarán la panadería del pueblo, conocida como Gammelgården (“la casa vieja”), que fue construida en 1844. Tuvo que ser reconstruida en 1888 tras un incendio y el edificio que la alberga ha sido catalogado como monumento histórico. La planta baja se conserva en su integridad tal como era y podrán ver a la gente trabajando. Tras un pequeño mostrador lleno de repostería, pan recién hecho, rollos de canela y un dispensador de café, el personal amasa y hornea todo frente al público.

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Detalles de la panadería. | FOTO: Mila Ojea

Nos encantó su ambiente, como punto de encuentro entre los habitantes del pueblo y los extranjeros que recalábamos en ese rincón del mundo. La gente charlaba animada mientras se servía un café y elegía con qué acompañarlo. M. y yo nos sentamos en unas viejas sillas de madera a disfrutar nuestro desayuno mientras los rayos de sol que cruzaban la ventana invadían la estancia y potenciaban el dulce olor de los pastelillos que salían del antiguo horno de piedra. No es barato, pero la felicidad no se mide en dinero.

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Un rayo de sol ilumina la estancia. | FOTO: Mila Ojea

Al otro lado de la carretera encontrarán una bahía que parece encerrada entre montañas, con sus aguas en calma aterciopelada como un lago, donde descansan y se balancean las barcas mirando al cielo. Es el mar pero no es el mar, una laguna dormida que arrulla las naves. Nada se mueve y todo resulta imperturbable, aletargado y bucólicamente perfecto. Retornamos constantemente a estos lugares que nos salvan de la pesadumbre cotidiana, del tedio, la tosquedad y sus daños colaterales.

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La calma de la bahía. | FOTO: Mila Ojea

Entrarán en un estado de ensoñación al ver las gaviotas guardando sus nidos, el reflejo rojo de la madera en las aguas, los pescadores preparando las embarcaciones, la alfombra verdosa de un césped espeso y nutrido salpicado de margaritas, y los restaurantes llenos de flores en sus mesas. Hay una sensación de hogar incomparable, un alma de hoguera encendida, de abrazo maternal y de mano que toma tu mano en un gesto protector. Como si volviéramos a casa, una casa que desconocíamos antes de estar aquí y de la que ya somos miembros.

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El museo y el mar. | FOTO: Mila Ojea

Escribió Pilar Álvarez este inventario de aromas que palpitan en la memoria: guardo en un rincón del sistema límbico el olor de la camioneta del único tipo que me quiso, la colonia del único hombre al que he querido y que jamás se enamoró de mí, el olor de los colchones de lana de la casa de la abuela, el cloro de un verano en los noventa y el olor a leche y crema hidratante del capazo azul en el que mi madre transportaba a mi hermano en un Panda rojo.

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Mar calmado. | FOTO: Mila Ojea

Pues venimos de lo que fuimos y es un hecho incontestable. Estamos hechos de trocitos de pasado y lo descubrimos cuando abordamos como piratas lugares que nos lo cuentan y son un libro abierto sobre nosotros mismos. Así es Å: sencilla como su nombre, vibrante como sus olas, callada al atardecer y cuando el primer rayo de sol despunta abriendo el día de nuevo. Es aquí donde el mundo aligera su peso y florece otra esperanza. Se nos agarra al cuello un tiempo nuevo hecho de gozos, afectos y mínimas victorias, cosido con las manos de la experiencia. Esa que te cuenta lo que necesitabas saber antes de haber abrazado por última vez un cuerpo al que amaste desesperadamente. Es decir, del único modo en que se debe amar.

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