Xoves. 06.10.2022

La patria líquida

¿Qué es lo último que pasa por nuestra cabeza minutos antes de morir? Tal vez el recuerdo de una tarde de septiembre, una playa solitaria y la fuerza de todas las mareas. Tal vez la inmensidad. Tal vez.
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Vista de la playa noruega de Fredvang. | FOTO: Mila Ojea

A comienzos de 2022 la ciencia descubrió algo que llamaron, poéticamente, “tormenta de recuerdos”. Yo lo calificaría como tener la capacidad de entrar en lo insondable. Los científicos, por pura casualidad, vieron a través de un encefalograma el proceso de la muerte de una persona y certificaron el siguiente hecho: justo antes de desaparecer, se desata en el cerebro una actividad anómala, la acumulación de memorias que retratan la vida.

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El arroyo serpenteante. | FOTO: Mila Ojea

Las máquinas registraron los datos del proceso de la muerte de un hombre de 87 años, epiléptico, que sufría hematoma subdural traumático. Tenía un electroencefalograma conectado que permitió ver su salida de la vida, cuando le dio un infarto, hasta varios segundos después de fallecer. La mente cerró una puerta pero abrió otra. La clave del estudio fue que, aunque la actividad cerebral iba disminuyendo progresivamente, se analizaron las ondas cerebrales y se observó que había una onda, la Gamma, que predominaba sobre las demás. Treinta segundos después de la parada del corazón, Gamma seguía emitiendo señales.

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Vista de la playa de Fredvang. | FOTO: Mila Ojea

Esta frecuencia se descubrió no hace tanto tiempo, cuando los ordenadores pudieron intervenir en el análisis de datos de encefalografía. El cerebro oscila constantemente cuando estamos vivos, en nuestro día a día, y esas oscilaciones se miden en número de frecuencias por segundo. Hasta entonces se conocían las frecuencias Alfa o Beta, pero la llegada de la informática sacó a la luz a Gamma, de cuarenta ciclos por segundo aunque puede abarcar hasta ciento cincuenta, y que remite a patrones de la cognición más elevada del ser humano: la consciencia, la concentración, la meditación e incluso los sueños. Y -he aquí lo que nos interesa- la recuperación de recuerdos.

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Praderas y montañas. | FOTO: Mila Ojea

Según los que descubrieron este intenso proceso cerebral, concretamente el equipo del neurocirujano Ajmal Zemmar, la persona que moría en esos instantes presentaba una placidez absoluta, una ausencia total de agitación o angustia, porque estaba rememorando episodios vitales en completa paz. Este fenómeno puede ser un mecanismo biológico de defensa antes de cruzar la frontera al Más Allá.  

¿Qué es lo último que pasa por nuestra cabeza minutos antes de morir? Supongo que cada uno tiene su percepción y su escala de importancia en cuanto a lo sucedido a lo largo de la vida. Y, a veces -seguro que a ustedes también les sucede- acuden a su memoria ciertas imágenes que creíamos olvidadas, o perdidas en ese enjambre de sensaciones que somos y que nos retrotraen a esa persona que fuimos una vez. A ese antes.

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La calma. | FOTO: Mila Ojea

Estoy convencida de que una de las imágenes que me llevaré conmigo para siempre será esta playa noruega, Fredvang, cuyo recuerdo me transporta al final de un verano que creí infinito. Y, dentro de esa foto mental que guardo de aquel día, a M. bajando hasta la arena, recorriendo la orilla del agua y subiendo a una roca para enfrentarse a la visión magnífica y emocionante de aquél horizonte azul que lo llenaba todo.

Una lámina elástica de mar turquesa, como lengua de dragón, se extendía entre las montañas de un modo desmedido, abrazando la arena blanca, purísima, delimitada por un campo fértil y contenido. En la cercanía, las casitas de colores permanecían en silencio, los perros ladraban y las ovejas pacían sin que nadie las molestara. Se acercaron a saludarnos como si necesitaran una caricia, en busca de un trozo de cariño. Yo observaba desde la altura, frente a las casas con el tejado de hierba. Acababa de empezar septiembre pero allí el estío ya era un moribundo que había bajado la persiana. Aquella playa vacía fue sólo nuestra.

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Las ovejas buscando compañía. | FOTO: Mila Ojea

Nosotras hicimos de aquella nuestra patria líquida, el lugar al que quisimos pertenecer voluntariamente. Nos rendimos a su cinturón montañoso y protector, una corona de cumbres triangulares, al riachuelo que serpenteaba entre la hierba para hacerse salado unos metros más adelante, a la veleta que giraba en el tejado señalando el sur, a la valla de madera que delimitaba la carretera y las flores polinizadas bajo el zumbido monótono de las abejas, a la mañana bebida a sorbos.

A veces acuden a la memoria ciertas imágenes que creíamos olvidadas, o perdidas en ese enjambre de sensaciones que somos y que nos retrotraen a esa persona que fuimos una vez. 

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M. frente al infinito. | FOTO: Mila Ojea

En esa hora luminosa no tuvimos miedo de nada. La vida ya nos había garabateado retos en las entrañas, nos había fortalecido, y nada nos silenciaba. Contemplábamos lo extraordinario, el orden y el desorden del mundo, en la palidez de aquellas mareas. Sabíamos que, a partir de cierta edad, vivir es sólo arrastrar muebles viejos. Habíamos cruzado varias negruras marchitas y esqueléticas pero ya nos habitaba la luz. Aquella playa era nuestro espejo. Desde aquel promontorio de piedra, donde la lengua de dragón se bifurcaba, en lo alto de un escenario particular sin telón y ante un público exigente que era ella y sólo ella, M. hablaba consigo misma. No sé lo que se decía pero era importante. Y yo lo sentía desde arriba, desde la loma donde permanecía de pie, respetando su íntima soledad.

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Tejados de hierba y veletas. | FOTO: Mila Ojea

Contaba Carlos Risco que en 2015 planté una caravana en una finca. Allí viví un año de dos primaveras. La casa más cercana estaba a siete kilómetros. Vi cómo el sol cambiaba de ángulo en las montañas y entendí un par de cosas sobre el firmamento. Mis vecinos fueron los jabalíes, los zorros y los herrerillos. Apenas tenía una placa solar y recogía el agua de lluvia. Fue el año más feliz de mi vida. De vez en cuando recuerdo aquel silencio y aquel vivir con las estrellas y sé que hay una capa de la vida en la que todo funciona. Ahí trato de regresar cada vez que me descentro, porque esto de vivir es un descentramiento constante y un continuo regreso a la inocencia, verdadera fuente de todo lo mejor. Me entero hoy de que la ciencia acaba de demostrar que, efectivamente, la vida pasa por delante de los ojos justo antes de morir. Quizá por eso los indios lakota entonaban su canción de muerte para prepararse para el tránsito y los orientales escriben hermosos poemas antes de largarse. Hoy sé que esta caravana mirando a los picos nevados será uno de los últimos fotogramas que pasarán por mis ojos antes de fundirme con la eternidad (o con la nada). Lo pienso y sonrío.

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Y el viento. | FOTO: Mila Ojea

Ahora ya sé que en la llamarada última, antes de que todo se apague para siempre, esta playa volverá a mí. Seremos uno. Junto con los besos quebrados, las carreteras ardiendo, las treguas sutiles, los avisperos que agité, los hallazgos feroces, la lluvia martilleante de ciertas noches en vela, andanzas y desasosiegos precoces, el lenguaje húmedo de nuestra piel cuando éramos inmortales, las derrotas voraces, la tarde que crucé la puerta de Tannhäuser. Todo aquello que me construyó. Me impregnará una alegría incontenible al saber que guardo dentro de mí instantes como este. Se irán conmigo para siempre, a salvo del olvido, a esa capa de la vida en la que todo funciona: la tormenta de recuerdos de mi existencia. No habrá luto alguno sino testimonio y un rastro de cerillas apagadas y golondrinas exhaustas. Sólo lo percibirá la frecuencia Gamma y será nuestro secreto. Una salva de fuegos artificiales y después…

…nada.

La patria líquida
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