martes 17/05/22

Los días que transitamos (Ámsterdam, una introducción)

En Ámsterdam sufrí un enamoramiento repentino y loco y se convirtió para siempre en mi ciudad favorita. Nada ha conseguido que olvide aquellos días de canales, bicicletas, casas danzantes y lluvia. Permítanme que les cuente esta historia de amor con todo lujo de detalles...
1
Bicicletas y agua, la seña de identidad de la bella Ámsterdam. | FOTO: Mila Ojea

Si buscamos en el diccionario la definición de “ciudad” leeremos que se trata de un conjunto de edificios y calles regidos por un ayuntamiento cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas. He perdido la cuenta de todos los lugares que podría enmarcar en esa explicación en los que he estado, pero si hay uno que encabeza mi lista por méritos propios, ese es Ámsterdam. Sí, mi ciudad favorita sin ningún género de duda.

8La vida al borde del agua. | FOTO: Mila Ojea

Añadan al significado de ciudad que les he dado los siguientes elementos: canales rebosantes de agua, bicicletas por doquier, calles empedradas, bolardos, zuecos de madera, edificios de colores que parecen balancearse en su construcción, flores y flores y más flores, ventanas sin cortinas que dejan ver la vida que allí dentro transcurre, murales de todos los estilos pintados en los muros, museos interesantes, aguaceros constantes y el milagro fulminante de un rayo de sol repentino que abre el cielo, sirenas de tranvías, porcelana azul, gente amable, tiendas de quesos, puentes iluminados que abren paso a la noche…

2Atrapada en el puente. | FOTO: L. Pacho

No puedo dejar de preguntarme qué me atrapó de esta ciudad. Fueron tantas cosas. Han pasado los años, han pasado más ciudades, otros territorios, vivencias inolvidables, las huellas de todo lo vivido. Pero Ámsterdam es y –a estas alturas estoy convencida de ello irremediablemente- seguirá siendo mi ciudad favorita. Aquella en la que dejé, voluntaria y sin arrepentimiento, parte de mi corazón viajero. Fue un amor fulminante, de agua y fuego, resquebrajó todos sus encantos ante mí y me llevó con ella para siempre.

3El colorido de los zuecos. | FOTO: Mila Ojea

Transitamos el mundo pero también el tiempo. Y qué extraña belleza hubo en aquellos días en los que mis pies caminaron por estas calles húmedas e inconsolables para que nunca los haya olvidado sigue siendo un misterio. No me gusta el frío y tolero la lluvia sólo en determinadas ocasiones –me derrumba, pieza a pieza, por dentro- pero en esta ciudad es una parte más del paisaje y ya sólo puedo amarla con todas sus consecuencias. Nunca se repite un viaje. No, al menos, del mismo modo. Como escribió Ernesto Sábato: siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección. Para mí, ese instante de perfección fue una ciudad entera.

Se aprecia la vida de otro modo, más simple, más orgánico, en una vuelta atrás para recuperar aquellos que fuimos una vez.

4Tarde de cerveza sin lluvia. | FOTO: Mila Ojea

Contra la lluvia, nada como entrar en cualquier restaurante, siempre con una luz acogedora, y degustar sopa recién hecha, broodje (bocadillo de arenque) o las deliciosas kroketten. Desde mediodía hasta las cuatro de la tarde, siempre hay una sonrisa para dar la bienvenida al viajero que cruza la puerta. Y a media tarde ya se puede cenar también. Se encadenan las cervezas, una tras otra, disfrutando la placidez. En las terrazas nadie teme al frío, siempre hay una manta y un calefactor para entrar en calor sin renunciar al aire libre.

Adoro además sus innumerables tiendas de diseño, llenas de artesanía y objetos hechos con las manos, potenciando lo local, lejos de la producción industrial en masa que convierte al resto del mundo en un mismo patrón de comportamiento. Se rechaza el plástico. Los holandeses son unos artistas del interiorismo. Aquí se habla con la gente, se tocan y acarician las cosas, se percibe el detalle, lo bohemio y las colecciones conceptuales, se siente con el tacto, el gusto, el oído… Se aprecia la vida de otro modo, más simple, más orgánico, en una vuelta atrás para recuperar aquellos que fuimos una vez.

5Un día sin una sonrisa es un día desperdiciado. | FOTO: Mila Ojea

Ámsterdam no guarda secretos sino que se ofrece a la vista. Es una vitrina inmensa de la vida. Los amplios ventanales de las casas dejan ver el hogar que habita cada salón. En los restaurantes es frecuente que se cocine a la vista del cliente, sin tapujos, con naturalidad. La gente consume drogas blandas legales en los Coffee Shops. Nada que esconder. Incluso esas mujeres del Barrio Rojo que se exhiben sin apenas ropa en su escaparate particular resultan de una naturalidad pasmosa.

Los parques se llenan de familias haciendo picnic o barbacoas en cuanto asoma un rayo de sol y hay un respeto total por la naturaleza. Me encanta ver a los padres que transportan a sus cachorros en un carrito anexo a su bicicleta. La esencia de esta sociedad son los hábitos saludables y crear un entorno seguro. Su alma nunca será selvática. Tenemos tanto que aprender aún de los nórdicos y su saber vivir…

6Las fachadas danzantes. | FOTO: Mila Ojea

Pero si hay un elemento que resume la imagen de esta ciudad es sin duda la bicicleta. Las hay a miles. Es el medio de transporte por antonomasia y resulta cómodo, ecológico y barato. Hay 400 kilómetros de carril bici. La lluvia, el granizo o la nieve no son un impedimento para verlas pasar a toda velocidad. Sus dueños además suelen personalizarlas con detalles coquetos y únicos: flores, cestas, fundas de sillín, alforjas estampadas, timbres, dibujos… Siempre una pincelada, un matiz.

En los canales aparecen más de 15.000 bicis tiradas al año. La empresa Waternet es la encargada de pescar este tipo de residuos y el mantenimiento de las aguas de la ciudad. Para ello utilizan un barco grúa con una pinza acuática que revisa diariamente los más de 160 canales. Una vez rescatadas e inservibles por el óxido, se reciclan como chatarra. Asumen que esa gran cantidad de bicicletas va a parar al fondo del agua por actos de vandalismo y robos. En realidad tiene una explicación histórica: los canales habían servido antiguamente de vertedero municipal. Mucho antes de los sistemas de saneamiento públicos, los habitantes de Ámsterdam lanzaban al fondo todo tipo de basura y desperdicios. Y parece que esa idea sigue primando en su mente…

7Vivir en el agua. | FOTO: Mila Ojea

Pero no nos quedemos con esa imagen. Pasear por los canales, especialmente al anochecer, es abrir una página inexcusable del libro de esta ciudad hecha de agua. Juré amor eterno -y desproporcionado- y lo cumplo. Ámsterdam inauguró para mí una nueva vertiente, otra gratitud, una prosa distinta. La emoción de encontrar mi sitio en los días que transitamos. Aquí nadie llega tarde. En los cafés encienden miles de velas y las calles se llenan de puntos de luz que titilan. Entramos en la ensoñación y el susurro. Hay muchas razones para desgranar este camino de lluvia. Sólo es la introducción a una historia de amor. Un amor que vacía todas las leyes escritas. Y de un instante de perfección en el que podemos permanecer para siempre.

Los días que transitamos (Ámsterdam, una introducción)
comentarios