Sábado. 02.07.2022

Días de espuma

Desde las colinas de Los Ángeles puede verse el universo entero. También el alma de la ciudad de las estrellas. Hoy hablamos de lo que fue y de lo que pudo haber sido, esas cicatrices que todos llevamos dentro y se abren cuando uno menos lo espera.
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Vista de Los Ángeles desde las colinas de Hollywood. | FOTO: Mila Ojea

Mia, una joven actriz pelirroja de grandes y expresivos ojos, está atrapada en un atasco junto a su marido. Los coches pitan alrededor pero ninguno se mueve. Ella propone cambiar de planes e irse a cenar solos. Él acepta, toma un desvío y salen del atolladero. Unas horas después, caminan por las calles de Los Ángeles tras haber disfrutado su cena. Llegan hasta el lugar donde han dejado el coche aparcado y, antes de subirse, se quedan escuchando la música jazz que sale de un local justo enfrente de ellos.

-¿Entramos a ver? –pregunta él y ella acepta sonriendo.

Siguiendo una flecha azul de neón bajan unas escaleras y acceden al recinto, que parece muy animado. Entonces ella ve el letrero con el nombre del local y se queda paralizada. Ese neón donde se lee Seb´s, con el apóstrofo dibujado como si fuera una nota musical, fue diseñado por ella hace años, en otra vida.

-Oye, está muy bien –dice su marido asomado desde la cortina de la entrada, invitándola a entrar.

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Vista del Observatorio Griffith. | FOTO: Mila Ojea

Mia da unos pasos y ve a la gente disfrutando de la música mientras beben algo. Se fija en objetos y cuadros que llenan las paredes, todo ambientado y girando alrededor de ese sonido que inunda el local. Hay un escenario al fondo donde está tocando en directo la banda que escucharon desde la acera. Su marido la guía hasta una mesa libre que ha conseguido y se sientan a disfrutar del espectáculo. Ella está nerviosa y mira a uno y otro lado, un poco aturdida por lo que acaba de descubrir. La música cesa y todo el mundo aplaude entusiasmado, ella también, mientras el líder de la banda sale a presentar a todos los músicos.

Entonces lo ve. Es él. Sebastian.

Y Sebastian la ve. Es ella. Mia.

El tiempo se detiene.

Hay un silencio absoluto, eterno, inmenso, hasta que Sebastian reacciona y dice:

-Bienvenidos a Seb ´s.

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La carretera serpenteante que sube a la colina. | FOTO: Mila Ojea

 

El pianista le cede el asiento y él se sitúa frente al piano. Parece derrotado, con las manos apoyadas en sus rodillas, reflexivo. Mia, completamente turbada, tiembla de emoción observándole. Algo se derrumba dentro de ambos.

Por fin Sebastian toma aire, acerca sus dedos a las teclas y empieza a tocar algo triste. La música sobrevuela tímidamente el local y va tomando forma despacio, los focos se van apagando, sólo queda uno que ilumina el cuerpo de Sebastian encorvado sobre el piano y el rostro sobrecogido de Mia entre el público anónimo.

Todos nos hemos estremecido al reencontrarnos con el pasado una mañana cualquiera al doblar una esquina cualquiera. O nos ha rozado la mano entre la multitud y se ha alejado a cámara lenta con una sonrisa cómplice...

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Uno de los murales de Hugo Ballin. | FOTO: Mila Ojea

Entonces ella vuelve mentalmente a esa otra vida en la que dibujó el nombre de él para el club que soñaba tener algún día. Su imaginación echa a volar y se ve entrando en otro local donde fue testigo del despido del pianista y, cuando él caminó hacia ella, lo hizo para abrazarla y besarla apasionadamente entre las mesas y todo daba vueltas alrededor de ese beso espontáneo y memorable.

También se ve entrando con él en una casa maravillosa cogidos de la mano, o a ella en lo alto de un escenario al final de la obra que representaba con todo el público puesto en pie vitoreándola, incluido un orgulloso y entusiasta Sebastian, recuerda el casting que pasó gracias a él y en el que consiguió su primer papel importante como actriz, y cómo viajaron a París donde él tocaba con virtuosismo en otro local mientras ella rodaba una película.

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Mirador del Griffith. | FOTO: Mila Ojea

Suena una trompeta solitaria y ellos bailan en la orilla del Sena, en la noche otoñal y parisina. Después se sentarán en el suelo frente a una pared que proyecta imágenes de su vida soñada: Mia pintando las paredes de su nueva casa, embarazada de su primera hija, celebrando el cumpleaños de la pequeña, los primeros pasos de otro bebé, y saliendo a cenar con Sebastian mientras los niños se quedan con una niñera. Atrapados en los atascos de Los Ángeles, deciden cambiar de planes, toman un desvío y, después de una cena, caminan por la acera de vuelta al coche que dejaron aparcado frente a un club de jazz, al que deciden entrar atraídos por la música que se oye allí abajo.

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Mural abovedado de Hugo Ballin. | FOTO: Mila Ojea

Esos diez minutos de metraje de la película “La la land” (Damien Chazelle, 2016) resumen una vida. La vida de una pareja. Pero en realidad nunca existió. Sólo está en la mente de Mia, que, cerrando una elipsis onírica, besa imaginariamente por última vez a Sebastian, entre notas de piano, sentados con la gente que ha ido a escuchar jazz al Seb´s.

Existieron como pareja pero las cosas salieron de otro modo. Ella trabajaba de camarera y acudía a cientos de audiciones para conseguir ser una  gran actriz mientras él tocaba música que no le gustaba para poder pagar las facturas. Cada uno tenía un sueño, pero no resultaban fáciles de conseguir. De eso saben mucho en Los Ángeles, una ciudad donde el invierno no se distingue del verano por una simple razón: no existe. Igual que el final feliz del amor entre Mia y Sebastian.

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Pasarela circular de entrada. | FOTO: Mila Ojea

Al principio, en aquellos días en que empezaron a conocerse, ella salía con otro tipo, al que dejó abandonado una noche en un restaurante para irse al cine a ver “Rebelde sin causa” con Sebastian. Y allí, con el rostro de James Dean llenando la pantalla en una escena que transcurría en el observatorio Griffith, auspiciados por la oscuridad de la sala, sus dedos se entrelazaron, se tomaron la mano despacio y acercaron sus rostros para besarse justo cuando el fotograma se quemó y la luz inundó la sala rompiendo la magia.

Decidieron hacer realidad esa película y se fueron al observatorio, uno de los edificios icónicos de esa ciudad eternamente estival que es la inmensa Los Ángeles. En el sur de la montaña famosa por el letrero de Hollywood, en el parque Griffith, los 3.015 acres de terreno y el dinero para su construcción fueron donados por el coronel Griffith J. Griffith en 1896. No fue hasta 1933 cuando se iniciaron las obras que durante dos años dieron forma a la sala de exposiciones y el planetario que el coronel quería y dejó detallado en su testamento. Su objetivo era que la astronomía fuera accesible al público en general.

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Monumento a los astrónomos. | FOTO: Mila Ojea

A su llegada al observatorio serán recibidos por el monumento a los astrónomos, una escultura que se encuentra al aire libre frente a un jardín que rinde tributo a seis de los más grandes astrónomos de todos los tiempos: Hiparco, Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Herschel.

Este lugar se usó para adiestrar a los pilotos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Navegación Astronómica durante la Segunda Guerra Mundial y en 1960 a los astronautas del programa Apollo. Desde su mirador se puede ver una panorámica del centro de Los Ángeles, los rascacielos del Downtown rompiendo la línea horizontal de sus típicas casas bajas, e incluso el océano Pacífico. Es además uno de los mejores puntos para disfrutar de la puesta de sol, cuando las últimas horas del día se derriten y una luz anaranjada tiñe todo de romanticismo.

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El icónico letrero de Hollywood en las colinas. | FOTO: Mila Ojea

La zona del Planetario, a la que se accede cruzando unas históricas puertas con detalles de bronce y piel, se llama Samuel Oschin y contiene uno de los proyectores de estrellas más avanzado del mundo, el Zeiss Mark IX Universarium. Este aparato permite disfrutar de las vistas más detalladas del cielo: las estrellas se ven con toda nitidez y podemos aprender un poco más sobre el cosmos de una forma interactiva. Presentan programas educacionales para gente de todas las edades. También hay un teatro, el Leonard Nimoy Event Horizon, y una cafetería  llamada “End of the Universe”.

Por otro lado, el parque Griffith es un área verde donde los angelinos y los viajeros pueden pasear, hacer picnic y disfrutar de la naturaleza. Se accede por una serpenteante carretera desde Vermont Avenue. Aquí es donde los turistas se sacan la típica foto con las letras de Hollywood detrás, ya que desde esta colina se consiguen unas vistas perfectas del icónico letrero. Hay un busto dedicado al mítico James Dean –que, dicen, se hizo inmortal el 30 de septiembre de 1955-, ya que en el observatorio se rodaron un par de secuencias de la película “Rebelde sin causa”.

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Péndulo de Focault. | FOTO: Mila Ojea

Y aquí fue donde Mia y Sebastian se besaron por primera vez, tras recorrer los pasillos y salas del edificio en completa soledad. Algo que sólo se puede conseguir gracias a la magia del cine, pues este es uno de los lugares más visitados de la urbe. Sólo el telescopio es visitado cada noche por 600 personas. Nuestra pareja baila alrededor del Péndulo de Focault o se elevan flotando en una espesura de estrellas, pero mi parte favorita del observatorio es el mural del techo abovedado en las paredes superiores de la rotonda central de la Fundación W. M. Keck.

Realizado en 1930 por Hugo Ballin, celebra la mitología celeste clásica, los cuatro vientos, los planetas como dioses y las doce constelaciones del zodíaco. Atlas tiene los signos del zodiaco, seguidos de las Pléyades y Júpiter con sus rayos. Venus y las cuatro estaciones están al lado, precediendo a Saturno, Mercurio persiguiendo a Argos, y un observador al lado de una mujer que sostiene la estrella de Belén. El mural finaliza con la imagen de la luna y un cometa. Una verdadera maravilla que han sabido destacar con una iluminación perfecta.

Bajo él, hay ocho murales rectangulares, también de Ballin, que representan el avance de la ciencia con paneles sobre astronomía, aeronáutica, navegación, ingeniería civil, metalurgia y electricidad, tiempo, geología y biología, y matemáticas y física.

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Los murales de Ballin. | FOTO: Mila Ojea

En “La la land” hay dos películas. Una cuenta lo que fueron Mia y Sebastian. Otra lo que podrían haber sido. Igual sucede en la vida. Todos tenemos un lo que pudo ser. Todos nos hemos estremecido al reencontrarnos con el pasado una mañana cualquiera al doblar una esquina cualquiera. O nos ha rozado la mano entre la multitud y se ha alejado a cámara lenta con una sonrisa cómplice. O ha vuelto a llamar a una puerta ya cerrada y con las bisagras oxidadas por el eco del tiempo desperdiciado. O resuena en una lluvia de verano fina, incongruente, demoledora. Y los días se han hecho espuma. Eso pensaba mientras veía el último rayo de sol que se disipaba tras la silueta del busto hierático de James Dean.

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Busto de James Dean. | FOTO: Mila Ojea

Cuando Mia vuelve a la realidad, está sentada junto a su marido escuchando tocar el piano a Sebastian. La canción ha terminado y todos aplauden menos ella, paralizada.

-Vámonos… -pide.

Sebastian, desde el escenario, la observa mientras ella camina hacia la salida. Al abandonar el Seb´s, después de haberse visto en ese impenetrable espejo del pasado,  Mia se detiene un momento en la puerta, respirando agitada, iluminada de azul, y gira su cabeza para mirarle por última vez.  Él también la mira, conmovido, desde la densa distancia que los separa. Y antes de que ella desaparezca tras la cortina, una leve sonrisa se dibuja en los labios de ambos, despidiéndose así de todo lo que una vez fueron o pudieron ser.

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Los Ángeles al atardecer. | FOTO: Mila Ojea

Cuando salgan del edificio del observatorio, tras haber recorrido sus pasillos y salas, pisen el jardín y asómense a las barandillas. Desde allí tendrán Los Ángeles a sus pies y, si es de noche, verán dos cielos. Uno serán las estrellas que titilan en lo alto, el otro la alfombra de luz y palmeras que resulta el mapa vital de la ciudad. Concédanse entonces un instante para recordar la música de la película y atrévanse a silbar esa melodía pegadiza y caprichosa. Sentirán que la noche y, con ella, la vida, toma entonces otra textura, más suave, más liviana. Y susurren, aunque sea para ustedes mismos, esa letra inolvidable que empieza así: city of stars, are you shining just for me? City of stars, there's so much that I can't see…

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