mércores 20/10/21

El arte de decir adiós

Imaginen poder vivir en un lugar donde el tiempo deja de importar y todo lo llena la naturaleza. Un rincón verde al norte del mundo donde el silencio es cómplice y refugio. Donde las montañas y los ríos hablan el mismo lenguaje. Todo eso es Islandia.

 

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Rocas y cascadas de la verde Islandia. | FOTO: Mila Ojea

No sé si a ustedes les pasará lo mismo, pero a mí cada vez me cuesta más decir adiós a un lugar. Esa es la tesitura del viajero, que siempre está yendo y viniendo –y nunca acaba de irse y nunca acaba de volver-, pero en el camino vamos dejando trocitos de nosotros, a modo de señales, fósiles o huellas de que una vez existimos. Y en lugar de acostumbrarme a despedirme de esos rincones que van formando mi camino, caigo en una tristeza que me sobrecoge y se aprieta en mi pecho cada vez más. Quizá sea la intuición de que probablemente no volveremos nunca, o el descubrimiento desamparado y devastador de saberse felices durante un tiempo (malditamente) limitado. De repente me cuesta reconocerme en mi piel, no soporto la partida inminente.

695Rocas, hierba y silencio. | FOTO: Mila Ojea

Nos pasamos la vida intentando detectar principios y finales, ignorando que a veces uno se ha ido de un lugar mucho antes de abandonarlo. Como esos domingos en una mesa en la que uno ya empieza a pensar qué tiene que hacer el lunes. Que vivir el presente tiene más que ver con hacer las paces con el pasado que con no pensar en el futuro, uno lo aprende tarde, escribió Pilar Álvarez, y no puedo estar más de acuerdo.

696Los cauces infinitos. | FOTO: Mila Ojea

Islandia fue el primer lugar donde me agarró ese sentimiento, un dolor que después se ha ido repitiendo con desigual intensidad en otros parajes. Uno va perdiendo tersura y acumulando sedimentos, sobre todo sentimentales. Se acomoda a las cosas que le gustan del modo en que le gustan y se pierde en ellas. Tendemos a nadar hacia lo hondo porque la superficie ya no nos interesa. Conocemos las costuras del mundo, hemos aprendido a respirar por dentro.

697Colores de Islandia. | FOTO: Mila Ojea

Eso pensé cuando me vi ante la fuerza de la naturaleza que es la zona de Kirkjubæjarklaustur, en el sur de la isla. Aquí el color verde es una forma más de identidad. Todo lo que vi me enseñó cuál es la sustancia de la vida. Amé su vieja soledad y sus aguas desbocadas, los espacios abiertos, el silencio atronador y la niebla –esa niebla inconfundible-, ese invierno que languidecía sobre los pastos, el torrente helado, la silueta oscura de las cumbres.

698La niebla lamiendo las cumbres. | FOTO: Mila Ojea

Desde entonces sueño con vivir en una de esas casitas de lata que parecen sacadas de un cuento. Al abrigo de una loma, protegida por una cascada, sólo necesitaría una buena pila de leña y libros para ser feliz. Lo juro. Soy gente sencilla, emocional pero constante, me pierdo en la poesía, lo sé, pero todos tenemos nuestras cosillas. Sueño esa vida de reposo envuelta en una manta, frente al crepitar del fuego, barriendo de vez en cuando las hojas secas que se acumulen en  mi puerta, sacudiendo la nieve de mis botas antes de entrar en casa, arrancándome los guantes con los dientes y a continuación sirviéndome un café ardiente para entrar en calor.

699La belleza de las flores salvajes. | FOTO: Mila Ojea

También quiero un perro que me acompañe, sobre todo cuando me entren ganas de llorar, que duerma a los pies de mi cama, con el que correr colina abajo los días que asome un rayo de sol y salga a coger flores. Haré té, hornearé pastelillos y juntos veremos nevar desde la ventana con la nariz pegada al cristal o hundiré mis dedos en el espeso pelaje de su cuello frente a la lumbre. Siempre sonará algún antiguo vinilo de jazz, de Dizzy Gillespie, o jam sessions de Charlie Parker. Aprenderé a tocar la guitarra y daré conciertos con aforo limitado, es decir, para mi perro. Plantaré un árbol para verlo crecer y ser consciente de que ambos podemos ser quebradizos o fuertes por igual. Romperé todos los relojes, ¿qué importa el tiempo? Sueño que sólo tengo que soñar y escribir, así de fácil. Y ocuparme de que el incendio nunca se apague.

700Paisajes con cascadas. | FOTO: Mila Ojea

Me imagino rodeada de acantilados, cañones, glaciares y volcanes, todo eso atesora este trozo de tierra bendecido por las semillas que crearon el mundo. Resulta majestuoso y lo hace sentirse a uno inútilmente pequeño. Hay algo de prodigio en su alma desolada y callada. El nombre de Kirkjubæjarklaustur describe el origen de esta zona mediante tres vocablos que significan iglesia (kirkju), granja (bæjar) y claustro (klaustur). Sus formaciones geológicas son de las cosas más asombrosas que he visto en mi vida viajera.

Se me llenó el corazón de musgo y ya nunca pude olvidar. Me late dentro su aura de misterio y leyenda, el sonido puro del agua y la cercanía abisal del hielo. Se me abren montañas y cauces inesperados entre las costillas. 

701Bajo un manto de niebla. | FOTO: Mila Ojea

Por algo me enamoré de Islandia. Se me llenó el corazón de musgo y ya nunca pude olvidar. Me late dentro su aura de misterio y leyenda, el sonido puro del agua y la cercanía abisal del hielo. Se me abren montañas y cauces inesperados entre las costillas. Me viven agazapados en el pecho estos fértiles paisajes apuntalados de bruma incombustible que el tiempo no ha logrado alterar. Nunca me ausento de mí. Me pregunto qué es exactamente el azar y por qué me trajo hasta aquí para encontrarme a mí misma.

702El poder del agua. | FOTO: Mila Ojea

Vuelvo a Pilar Álvarez: Escribo esto pensando en las cosas que he aprendido. En todas las certezas que se me han caído, en las dudas nuevas. La verdad. En la importancia de la verdad (también de ser de verdad) aunque sea como masticar algodón. En pedir sólo aquello que puedas pedir por favor. En que lo excelente es enemigo de lo bueno pero nos pasamos la vida persiguiendo vidas perfectas, como si la felicidad fuese un lugar al que llegar, una casa sin rincones oscuros, indolora, en vez de una sobremesa larga, una tarde de verano, sin prisa. En los brazos desnudos y las manos hechas para no apretar, en la lengua que te lame sin herir. En el agua caliente, la comida caliente y el corazón bien abrigado por esos con los que eres capaz de llorar con la misma falta de pudor con la que te ríes. Cuidar de la gente que te quiere, que sean ellos los que también cuiden de ti. Todo lo demás sólo son relámpagos.

703En la tersura de la colina. | FOTO: Mila Ojea

Nada me hiere. No me alcanza el hastío, estoy a salvo. No puedo decir adiós: sólo es una palabra pero ya nunca saldrá de mí. No aquí. En este territorio puedo gritar sabiendo que las montañas me van a contestar y que nos entenderemos la una a las otras. Vivimos a dentelladas. No necesitamos idiomas o lenguajes para comunicarnos. Sólo un modo apacible de estar en mi sitio, de adecuarme a mi intemperie vital. Haré de la serena contemplación mi oficio. Nunca aprenderé el arte de decir adiós.

El arte de decir adiós
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