Perfecto Feijóo, alma páter del Helvético, cumple este sábado 87 años

OPINIÓN | Mi perfecta mala costumbre

Perfecto y su doctora, Sola, a la que trae de cabeza... Por hacerle poco caso.

Tenemos muchas y muy malas costumbres. Algunas de ellas las describió con perfección melódica y armónica endiablada Pastora Soler en el 2009: la de "querer a medias", la de "no mostrar lo que sentimos a los que están cerca", "la de perder el tiempo" -esta es una de las universales, también en la España vaciada- o la de "buscar tantas metas falsas, tantos falsos sueños". Yo, aunque no me lo permitan, añadiré algunas más: la de odiar a quien no siempre se lo merece; la de despotricar alegremente sin argumentos bastantes o, barriendo para casa, la de romper estadísticas de páginas vistas con obituarios. 

Llego tarde a muchos de ellos, el último no me lo perdonaré -estará publicado el día de después de la feria del 11-. Por eso que, cuando consigo llegar a tiempo, sentarme frente a la pantalla y contar lo que me parece desde lo más invisible que cada uno lleva -la IA puede hacer muchísimas cosas, pero nunca podrá poner rojo y negro sobre blanco lo que uno siente-, lo hago tremendamente dichoso. 

No, tranquilas e -ilos. Perfecto vive, renquea pero vive. Podrán encontrarlo, seguramente a lo largo de todo el día de hoy en el salón de su casa, el Helvético. Procuren no acudir entre las dos y cuarto y las cinco y media de la tarde -sus siestas son mundiales-, porque lo hallarán en la última de las sillas de la mesa del fondo pegada a la pared, con un documental de La 2 en la gran pantalla, al que no estará prestando la más mínima atención.  

Lleva 45 años con rutinas casi fijas rondando los primeros números de la calle de la Alameda. Su "Hola, hola, hola" -tres veces y no más- es ya universal saludo entre la especie "Helvetia" que allí se da cita. Pueden encontrar especímenes de toda clase, condición, formación y década existencial. Está el panadero que se juega las propinas con mejor humor desde que lo dejaron soltero. O el profesor de Francés ahora en Sanabria que viene a pasarse los fines de semana a Verín, arrastrado por el ecosistema helvético. Encontraréis exdirectores generales del Maior de la Xunta, aparentemente enamorados de las que bien podrían ser perfectas integrantes del cuerpo de baile de la diva Melody; o enfermeras, boticarias, doctoras, curas, guardias civiles, maestras de prisiones, exalcaldes y... Sí, muchísimas cuñadas. En un día de feria juraría que salen desde la cocina más hermanas de Carmen de las que realmente tenía.

Está convirtiéndose en lugar de culto. Cuando Perfecto huya -lo tiene más difícil ahora presa de un bastón-, habrá una silla a la que tendremos que guardarle ausencias, como la del vestuario del Madrid aquel 3 de diciembre del 89. Seguramente el Helvético no volverá a ser el mismo. Mientras tanto, disfrutemos, y sí, bebamos -allí-, lo que sea -y si es alcohol, con la moderación que la responsabilidad obliga-.

Perfecto, eso sí, nunca beberá licor café. Lleva alguna que otra vida consumida desde la tierna edad de los cinco años, cuando los cachondos del pueblo decidieron atiborrarle de la gallega bebida espirituosa mientras lo hacían transitar de un carro a otro hasta que cayó redondo y en coma en medio de la fiesta. Asegura que tardó días en despertarse. Como meses en curar uno de los dedos que dejó colgando con una hoz en plena siega y que intentó salvar con un trapo que allí estuvo, sin asepsia alguna, varias semanas. 

Salió minutos antes de la Express gris metal que casi entra en la delegación de la Seguridad Social de la calle Deputación fruto del impacto de un vehículo automático endiablado. Como también intacto de la pequeña colisión con el sustituto blanco en Pazos. La última le dejó la cara como el mapa de Rioja en plena vendimia, del fuerte golpe que le dio al duro cemento. Pero, nunca, nunca perdió ese humor aparentemente apagado que resurge cuando suena el acordeón -o la gaita- y una joven alaricana, pandereta en mano, se le acerca. Y si no, está su bastón para cualquier baile en fiesta gastronómica al que su nieto acompaña. Habla con las pastillas que Sola le receta, a las que intenta convencer de que sus efectos secundarios son más nocivos que el supuesto bien que le hacen. ¡Y se mide solo la tensión!

Conozco Thun, ciudad suiza del cantón de Berna, como si me hubiese criado allí. Yo, y la gran mayoría de los clientes. Guarda su callejero como uno de sus grandes tesoros documentales. También alguna que otra entrevista. Siempre recuerda aquella etapa con gran añoranza, como si quisiese volver. Como si todo pasado hubiese sido mejor. Pero... ¿Qué hubiese sido de todos nosotros, de esa fauna "helvética" variopinta y singular, en estas ya casi cinco décadas de puertas abiertas?

Vamos al Helvético por costumbre. O cuando no tenemos a donde ir. Sabes que allí encontrarás a alguien que escuche tu historia o te cuente la suya con una bandeja de jamón traslúcido por testigo. Puede que incluso te hagas acreedor de un plato caliente de caldo, si llueve fuera y ellos están a la mesa. Se ha convertido en mi perfecta mala costumbre. Y la de muchos.

¡Feliz aniversario, Perfecto!