sábado 21.09.2019
La escritora verinense fijó su objetivo en el enclave minero boliviano

Una mañana en las minas de Potosí

"La pequeña Jade me estaba esperando, vestida con su chaquetita rosa y un sombrero fucsia. Se entretenía subiéndose a una vagoneta. Estuve observándola largo rato (...)". Mila Ojea vuelve a nuestros bits con el segundo de sus relatos, en este caso sobre su visita a las minas de Potosí, en Bolivia, donde una niña con alma de vieja cautivó por entero a su cámara y a su corazón.

Vista panorámica del enclave minero boliviano (FOTOS: MILA OJEA).
Vista panorámica del enclave minero boliviano (FOTOS: MILA OJEA).
 
En Potosí (Bolivia) hay más de 400 minas y este negocio es la base económica de la ciudad. Fui a pasar una mañana en el Cerro Rico para conocer de cerca cómo es la vida de esta gente que se adentra en las montañas un día tras otro.

Para acceder tuve que comprar antes unos regalos: cigarrillos, alcohol de 96 grados y hojas de coca. Y después vestirme con mono y botas adecuadas. Me acompañó Carlos, un joven que me fue explicando todo lo respectivo a este duro trabajo. Cuando llegué a la mina, una niña apareció de la nada y se agarró a mi mano sin mediar palabra. No me soltó mientras nos poníamos los cascos y mascarillas y probábamos la luz frontal.

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-¿Cómo te llamas?

-Jade.

-¿Y dónde vives?

-Aquí.

Había algunas casas en la parte baja de la montaña y parecía que nadie estaba al cuidado de la pequeña, confiada en su entorno habitual.

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"Los mineros suelen decir que Dios está en todas partes menos dentro de estos túneles. Nunca antes había estado en un lugar así (...)".

Sentí miedo de agobiarme cuando entramos en la mina. Los mineros suelen decir que Dios está en todas partes menos dentro de esos túneles. Nunca antes había estado en un lugar así, pero Carlos me dijo que si en cualquier momento quería dar la vuelta y salir, no había ningún problema. En la primera parte del recorrido podíamos caminar erguidos pero luego había que agacharse y tener cuidado de no golpearse la cabeza con alguna viga o saliente de la roca.

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Llegamos a la primera curva, que preside un muñeco inmenso, “El Tío”, un diablo vestido con serpentinas de colores y una cara monstruosa, que representa a la Pachamama -Madre Tierra- y es la protección de los que allí trabajan. Cumplimos el ritual de echarle unas gotas de alcohol por encima y encender un cigarrillo que depositamos en su boca.

Nos adentramos bastante en la mina observando las vetas de los diferentes minerales, el estado de las zonas donde los mineros descansan –allí les dejamos nuestros obsequios-, escuchando los ecos de las voces lejanas que rebotaban contra las paredes y respirando con dificultad en algunos tramos por el polvo que flotaba en el ambiente. También había galerías donde el agua había formado extraños charcos de sustancias que se adherían a la suela de las botas como chicle.

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Salir de nuevo a la luz del sol fue muy tranquilizador. Fuera todo estaba extrañamente en calma y observé a los mineros que se preparaban para entrar mascando las hojas de coca que se metían a puñados en la boca. Les esperaban muchas horas de oscuridad y túneles infinitos. Su esperanza de vida apenas llega a los 45 años -expuestos a los derrumbes, las explosiones, la silicosis-. Así nos lo contaron. Es evidente que necesitan entrar casi drogados para aguantar la presión y ferocidad de semejante tarea.

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La pequeña Jade me estaba esperando, vestida con su chaquetita rosa y un sombrero fucsia. Se entretenía subiéndose a una vagoneta. Estuve observándola largo rato. Le pedí varias veces que me dejara hacerle una fotografía, pero se negaba rotundamente y escondía la cabeza. Quería que le dejara la cámara para jugar. Intentaba cogérmela pero yo se lo impedía, y en un momento dado metí la cámara bajo su sombrero y disparé una foto sin darle tiempo a reaccionar. Tuve que robar su rostro en este país donde nadie quiere ser retratado. Los bolivianos tienen la creencia de que si les fotografías, su alma se queda en esa foto, y no quieren que te la lleves a ninguna parte.

Cuando, unas horas después, vi la fotografía que había sacado de cualquier manera, sin poder medir luz o enfocar, quedé maravillada por el poder de ese retrato robado.

Es ahora, desde la distancia y el tiempo, cuando recuerdo esa manita sucia que agarró mis dedos y miro ese rostro infantil, miro esos ojos y les pregunto: ¿cuán vieja es tu alma? Desde aquí parece que tuvieras mil años...


 

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