martes 22/09/20

Tu salvaje, preciosa y única vida

Hoy cruzamos la última frontera y observamos el desierto de Nevada desde el cielo. Tal vez aquí hubo una vez un mar de color turquesa y aguas bravas y ballenas. Nadie sabe nada de la nieve ni del invierno. Pero la orografía de esta tierra y las venas de los ríos continúan dibujadas en la inmensidad.
Texturas y colores del desierto de Nevada. FOTO: Mila Ojea
Texturas y colores del desierto de Nevada. FOTO: Mila Ojea

Lucy Cola es una mujer normal con una vida normal. Dependiendo siempre de lo que cada uno entienda por normal, claro.

-Madre alcohólica, padre holgazán. Crecer. Unirme a la Marina. Casarme con un buen tipo –le explica su trayectoria vital una tarde a su compañero de trabajo, Mark Goodwin, sentados en la parte trasera de la furgoneta de él.

Lucy vive en una preciosa casa con jardín, tiene una ventana llena de azaleas en su habitación y acoge temporalmente a Blue Iris, su sobrina adolescente, con la que parece no terminar de encontrar una conexión emocional. También tiene una abuela que fuma constantemente y que la anima a ser más, siempre más.

354Las montañas del desierto. | FOTO: Mila Ojea

Pero a Lucy le ha sucedido algo extraordinario. Algo que muy pocos en este mundo pueden experimentar. Lucy es astronauta y ha subido al espacio, donde ha permanecido durante diez días. Ha cruzado la última frontera. Y, desde ahí, ha visto la Tierra. Sus ojos han podido abarcar los límites de su circunferencia, ha distinguido las lejanas luces de inmensas ciudades y ha visto también el Sol bailando a su lado.

-Sólo unos minutos más… -pedía, antes de volver a entrar en la nave junto con el resto del equipo, embriagada por la visión del infinito. Algo, dentro de ella, estaba cambiando para siempre.

Todo ardía allí abajo: la inmensidad. No había ni una sombra, ni un lugar donde ocultarse de los ojos cansados del mundo. 

355Huellas del tiempo. | FOTO: Mila Ojea

Se lo explica así a otros compañeros con los que comparte una cerveza una tarde de bolera:

-Es… Me siento un poco rara. No, rara no, más bien… Ya sabéis cómo es. Vas allá arriba, ves… Todo. Todo el Universo –sus amigos asienten mientras la escuchan atentamente. - Sí. Y aquí todo se ve muy pequeño. Somos muy pequeños. Y luego vuelves a la Tierra. ¿Qué haces? ¿Ir a un restaurante? ¿Ver fútbol americano? ¿Cortarte las uñas? En lo único que piensas es…

Se queda un momento en silencio, rascándose la nuca.

-… ¿Cuándo puedo volver? –termina la frase uno de sus interlocutores.

356Las venas de los ríos. | FOTO: Mila Ojea

Una noche, Lucy cena en casa con su marido, su sobrina y la abuela que está de visita. Él, Drew, toma su mano y bendice la mesa. Lucy mira a su alrededor pero ya no ve nada. De algún modo sus ojos ya no son los mismos de antes. Empieza a desmoronarse y perder la perspectiva de su vida. Está muy lejos de sí misma.

Por la mañana, temprano, su marido sale a buscarla al jardín y la encuentra subida al tejado viendo el amanecer. Asciende por una escalera y se sienta a su lado.

-Se nos olvida que esto sucede –dice ella mirando al frente.- Cada día, dos veces al día. El planeta, nuestro planeta, gira alrededor del Sol. ¿Lo sientes? Nos movemos. Todo se está moviendo. Objetos enormes en el espacio, separados por millones de kilómetros. Y se nos olvida. ¿Cómo es posible?

-Estamos ocupados. Olvidamos mirar hacia arriba –responde Drew.

-Allá arriba, en la estación, el Sol sale cada noventa minutos. Esto sucede cada hora.

-Dios… -se asombra él.

-¿Se trata de Dios? No lo sé –dice Lucy.

357Primeras casas de la ciudad de Las Vegas. | FOTO: Mila Ojea

Ambos miran al horizonte mientras los primeros rayos de sol iluminan sus rostros.

-¿Sabes por qué rezo? –pregunta Drew rompiendo el silencio.- Mi esposa se ata a una bomba gigante para salir del planeta e ir a un lugar sin aire ni agua. Y yo deseo que vuelva a casa. Por eso rezo.

-Estoy en casa –asegura ella.

-No, no creo que lo estés.

358Orografías del mundo. | FOTO: Mila Ojea

Lo que no sabe Drew es que Lucy ha comenzado una aventura extramatrimonial con su compañero Mark. Y que ella se está enamorando locamente de ese tipo canalla, divorciado con hijos, vividor y bebedor, con el que se ve a escondidas en cuanto tienen ocasión. Pero Mark tiene espacio en su vida para Lucy y para otras mujeres también.

Una tarde, tras una tormenta, hablan en el porche de la casa de Mark mientras él apura su última cerveza antes de volver a embarcarse en una misión. Lucy ya está rota de amor, de realidad y de rutina.

359Montañas y horizontes. | FOTO: Mila Ojea

-No confíes en eso. Ese sentimiento no es real –le avisa Mark.

-Te quiero –dice ella, ya sin filtro alguno que la detenga.

-Yo también te quiero. Claro. Pero dime una cosa que cambie en el mundo por que tú y yo sintamos algo.

-Todo es diferente –afirma Lucy sin dudar.

-Sí, para ti. En tu cabeza. ¿Amanece a diferente hora? ¿Cambian los patrones del clima? Son cortisol, oxitocina y dopamina. Es un engaño. Es como creer en Dios –le explica Mark.

-¿Qué es lo que está pasando? –pregunta ella visiblemente nerviosa.

-Fuiste al espacio y viste la inmensidad celestial y eso te hizo perder la cabeza. Así que ahora ya nada tiene sentido. Pero tu cerebro confiado… Tu cerebro no sabe que tienes una crisis existencial. Sólo sabe que cuando estamos juntos se siente bien. En eso te concentras. En ese sentimiento. Porque parece real.

-Qué frialdad –apostilla Lucy, perdida en la situación.

Mark da un último trago a su botellín de cerveza y lo tira a la papelera, despidiéndose de él con aire ceremonial.

-¿Necesitas que te lleve a casa? –pregunta a Lucy.

-No –responde ella viendo que intenta deshacerse de su presencia. –Quiero sentir ese sentimiento –añade antes de entrar juntos en la casa.

360Vivir en medio de la soledad. | FOTO: Mila Ojea

Me gusta pensar que, como Lucy, también yo pude ver una vez el mundo desde muy lejos y muy cerca al mismo tiempo. Es lo que sentí sobrevolando el sobrecogedor desierto del estado de Nevada, en el norte de América. Y que, después, nada fue igual dentro de mí.

Allí arriba todo era distinto. Llevaba varios días subida a una furgoneta atravesando la costa oeste del país y los paisajes eran majestuosos, pero la oportunidad de subir a una avioneta y observar desde el cielo esos mapas imposibles lo cambió todo. Pude al fin sumergirme en un océano de formas y colores inimaginables. Formé parte de aquella orografía, de las venas que los ríos secos habían dejado sinuosamente en la grava, de las colinas irisadas y el dibujo invisible de los paralelos y los meridianos. ¿Existe de verdad todo esto? El arcoíris de las piedras, las montañas que ya no son montañas, las capas de minerales arrasadas por el tiempo. Todo este hermoso y maldito infinito. ¿Existe? Pues sí.

361Donde la tierra arde. | FOTO: Mila Ojea

Todo ardía allí abajo: la inmensidad. No había ni una sombra, ni un lugar donde ocultarse de los ojos cansados del mundo. 52 grados centígrados arrasando todo. Y en eso residía el embrujo de aquella visión. Tal vez –seguramente- aquí hubo una vez un mar de color turquesa y aguas bravas y ballenas. Nadie, aquí, sabe nada de la nieve ni del invierno.

Qué diferente todo desde lo alto. Qué suerte poder ser pájaro durante unas horas. Y sentirse uno tan pequeño. Entiendo a Lucy. Cuando bajas y pisas de nuevo tierra firme, ya nada tiene sentido. La vida sabe a poco. Todo es terriblemente diminuto. Porque has volado con las alas de Dios, incluso si no crees en él. ¿Qué haces? ¿Ir a un restaurante? ¿Ver fútbol americano?... ¿Llorar ante el espejo porque encuentras en tu reflejo un rostro que nunca antes habías visto?

362Las capas del tiempo. | FOTO: Mila Ojea

Lucy Cola sólo existe en un film titulado Lucy in the sky (Noah Hawley, 2019), aunque el personaje está basado en una persona real. Y en el final de esa película, como epílogo, la sobrina de Lucy, Blue Iris, recita de memoria en un aula llena de alumnos como ella, el poema de Mary Oliver, Día de verano:

Yo no sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo caminar por el campo,
que es lo que llevo haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿No es verdad que todo finalmente se muere demasiado pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer con tu salvaje, preciosa y única vida?

Así que, desde aquí abajo, desde el planeta Tierra, donde el sol sale y se pone todos los días, uno tras otro, incansable, eufórico y luminoso, donde todo es tan pequeño y racional y absurdamente banal, yo lanzo también esa pertinaz pregunta: ¿qué piensas hacer con tu salvaje, preciosa y única vida?

Tu salvaje, preciosa y única vida
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