Trieste sólo puede ser Trieste

Palazzo della Borsa Vecchia en el centro de Trieste. | FOTO: Mila Ojea

Dicen que Trieste es la ciudad menos italiana de Italia, pero podríamos tardar horas en discutirlo. Yo vi su alma y nada me hará cambiar de opinión. Trieste es pura Italia, Italia en toda su concepción, Italia más allá de fronteras y prejuicios.

Les confieso sin rubor que Italia, como a muchos, me tiene completamente seducida. Eso no implica que la conozca bien, de hecho he estado varias veces, la voy masticando a bocados, pero aún me queda mucho por recorrer, ver y sentir. Ojalá pudiera estirar el tiempo y encoger el mapa, dedicarle una vida, escribir todos los versos que se le pueden dedicar, pero como no es posible la estoy desgranando de ciento en viento y la mantengo calentita en la lumbre de mi memoria. Si algo puedo agradecerle a este país tan hermanado con el nuestro es que siempre me sorprende, siempre guarda algo para mí, siempre me siento un poco italiana.

Canal Grande. | FOTO: Mila Ojea

Tal vez por eso, porque uno va y no espera nada pero lo espera todo, se queda boquiabierto cuando llega a una ciudad como Trieste, una entre tantas, y la vida se le echa encima porque comprueba que, una vez más, no va a poder asimilar tanta belleza, tanta cultura, la caricia del mar en el rostro, el tono naranja solar de la copa de Aperol Spritz que le ponen en cualquier mesa de una terraza al borde del canal, el ansia loca de enamorarse.

Estatua de Verdi. | FOTO: Mila Ojea

Tras una ruptura nuestros pasos se dirigen a mantener una distancia fría, y siempre causa pasmo el pensar en la cantidad de veces que habremos estado cerca sin vernos, y tal vez un día ella subía por una acera de la calle de Caracas y uno bajaba por la otra, o quizá estábamos apenas a unos metros cuando salíamos de una zapatería y ella entraba en el tinte. Qué sería de la vida sin su teatro. Así fue esa tarde de lluvia junto a la heladería Giolitti, mientras sujetaba una bolsa con una mano y con la otra repasaba las fotos del móvil y un viento me golpeó en un lugar que no me conocía: supe que era ella en nada, en un nanosegundo, en un fotograma de flequillo. No me vio. Y eché a andar para no ser una almendra amarga en su tarde de felicidad, escribía Ignacio Peyró, maravilloso cronista del país que ambos amamos.

Fachadas históricas. | FOTO: Mila Ojea

Era septiembre, era la vida, era un coche de alquiler y J. y yo entrando por una autopista flotante bajo la cual se extendía la ciudad, barrios sin nombre y edificios grises, buscando en la realidad lo que llevaba escrito en un plano arrugado. Arreció la suerte, aparcamos cerca del centro, nos lanzamos a las calles y allí estaba todo. Reflejada en el azul del mar Adriático, dicen de ella que es la ciudad menos italiana de Italia, pero podríamos tardar horas en discutirlo. Yo vi su alma y nada me hará cambiar de opinión. Trieste es pura Italia, Italia en toda su concepción, Italia más allá de fronteras y prejuicios.

Iglesia ortodoxa. | FOTO: Mila Ojea

Por supuesto que está influenciada por la cercana Eslovenia y su paisaje blanco kárstico, y contiene elementos fuera de lugar como su iglesia ortodoxa serbia o los puestos de venta de chucrut… Dos guerras mundiales la dejaron despojada de su espíritu neoclásico y fue el principal puerto marítimo del Imperio Austrohúngaro. Pero, sinceramente, me da lo mismo: la compro entera. ¿Cómo no va  a gustarme un lugar en el que manejan 67 formas diferentes de pedir un café?

Terraza sobre el agua. | FOTO: Mila Ojea

Basta una tarde para pasear por sus calles y caer rendida a sus pies. Empezando por el Canal Grande, donde tomar un vermut en alguna de sus terrazas sobre el agua, y centro neurálgico de su eje comercial. Obligatorio hacerse una foto con la estatua de bronce del viejo James Joyce, autor del indescifrable “Ulises”, que nos espera en el puente de Via Roma. Aquí vivió entre 1905 y 1915, en el Caffè San Marco escribió “Dublineses” y “Retrato del artista adolescente” y publicó sus primeras obras. A su espalda encontramos el Palazzo Gopcevich, sede actual del Teatro Museo Schmidl y de la Fototeca de los Museos Cívicos, el Palazzo Carciotti, la iglesia ortodoxa de San Spiridone o la iglesia de Sant'Antonio Taumaturgo.

El viejo James Joyce. | FOTO: Mila Ojea

Se ha justificado la dureza de los adioses en que muere aquello —la alegría, los atractivos— que éramos a ojos de otra persona. A mí me llama más la atención, sin embargo, lo que afecta a la sustancia de la que estamos hechos: el tiempo. Porque hay un pesar no menor en ver la ruptura como un futuro que se tuerce o una narración que se atasca, una historia en la que solo quedan las pavesas de un pasado feliz, pero se han perdido las páginas donde quizá tuvimos hijos o envejecimos juntos o nos quisimos hasta que la muerte nos etcétera, continúa Peyró.

Neptuno en la piazza della Borsa Vecchia. | FOTO: Mila Ojea

Todo empezó hacia el año 50 a.C., cuando se produjo la conquista romana de Iliria, que tomó el nombre de Tergeste, del que deriva el actual Trieste. En 1719 Carlos VI promulgó un edicto por el que decretó la libertad de navegación y abrió sus puertas al comercio, base de la economía. El Tratado de Rapallo en noviembre de 1920 ratificó la anexión de Trieste a Italia, después de muchos años de conflicto y violencia, pero no fue definitiva hasta 1954 con la firma del Memorándum de Londres.

Vista parcial del puerto. | FOTO: Mila Ojea

Durante siglos fue un importante puente hacia Europa, conectada por tierra y por mar, situada en el extremo nororiental, en Friuli Venecia Julia, al borde de los Balcanes. Actualmente su puerto franco sigue siendo el mayor cafetero del mundo, un tributo a los días en que el Imperio Austrohúngaro tenía la capacidad de abastecerse. El romance de Trieste y el café empezó hace más de 200 años y perdura hasta nuestros días. De su cultura quedan cafeterías históricas de estilo vienés, un sello distintivo, repartidas por toda la ciudad. Mantienen su ambiente exquisito con el diseño de los locales antiguos –maderas enmarcadas, lámparas de araña, altos techos, mostradores y mesas de mármol- donde se inspiraron políticos, escritores y artistas de distinta índole.

Ambiente en las calles. | FOTO: Mila Ojea

En esas cafeterías que parecen detenidas en el tiempo encontrarán carteles donde explican cómo pedir el café, y es que Trieste puede presumir de tener, literalmente, un idioma propio para ello. Varios ejemplos: el café espresso se llama nero; el capuchino, caffe latte; si queremos un macchiato hay que pedir un capo (capuchino); si deseamos que nos lo sirvan en vaso debemos indicar que queremos in b, abreviatura de vaso en italiano (bicchiere); capo in b tanta para pedirlo con más espuma; capo in b especial tiene cacao en la parte superior; gocciato es café con una gota de espuma de leche en el centro; deca es un espresso descafeinado… Se calcula que en esta ciudad se toman 1.500 tazas de café por cabeza al año, echen cuentas. La empresa cafetera Illy se fundó aquí en 1933 y su lema es “El café es en Trieste un lugar en el que habita el alma”.

Iglesia de San Antonio Taumaturgo. | FOTO: Mila Ojea

Desde el puerto se divisa perfectamente otro de los símbolos patrióticos de la ciudad: el Faro de la Victoria. Se construyó en 1927 sobre los cimientos de una antigua fortaleza austriaca que vigilaba la ciudad y en honor a la victoria italiana en la Primera Guerra Mundial y a los marineros que murieron en el conflicto. Su figura verdosa y alada en lo alto de la linterna observa estática el golfo de Trieste las veinticuatro horas, el tráfico y hormigueo de las calles repletas. A veces sopla aquí el viento bora, un fenómeno natural seco y poderoso que baja desde la meseta, barriendo las calles y agitando el mar.

Plaza de la Unidad de Italia. | FOTO: Mila Ojea

Pero el centro por excelencia, allí donde todo el mundo se encuentra con todo el mundo, es la Piazza Unità d’Italia, considerada la plaza más grande de Europa frente al mar. Entre tiendas, mercado, puestos de flores y niños correteando, este majestuoso recuadro representa el último aliento de un imperio en declive. Guarda con mimo el edificio del Gobierno, de estilo art nouveau, los impresionantes Assicurazioni Generali y Lloyd Triestino, pilares fundamentales del floreciente distrito comercial, y el Ayuntamiento, construido en el ocaso de una era. El Caffè degli Specchi, el más grande de Trieste, fue inaugurado en 1839 y se convirtió en punto de encuentro de los irredentistas, después de la Segunda Guerra Mundial fue cuartel de la Marina británica y en la actualidad presume de servir 900.000 tazas de café al año. Afuera, luces azules a lo largo del pavimento recuerdan hasta dónde llegaba el mar. Aquí se promulgaron las leyes raciales fascistas de Mussolini en 1938. Ha llovido mucho desde entonces.

Detalle de mercado callejero. | FOTO: Mila Ojea

J. y yo nos perdimos por las calles, sin rumbo ni prisa, embaucados por el poderío histórico que emanaban las fachadas de todos los edificios. Uno se ve rodeado de historia, el gentío se convierte en una vuelta al pasado, ya no azotan a la prisa los relojes con el giro de sus manecillas. El poeta Umberto Saba dijo de su ciudad que Trieste tiene una gracia insatisfecha, y es posible que clavara la definición. Con su aroma antiguo, su punto de encuentro entre mundos, su condena a ser fronteriza y diversa, la encrucijada Este y Oeste, y ese halo de melancolía que resume Italia entera. Trieste no puede escapar de ser Trieste.

Tarde de sol. | FOTO: Mila Ojea

Y entre las cautelas y censuras del amor romántico, podemos dejar pasar que enamorarse estaba entre las cosas en verdad dulces de la vida, y que el amor se disfruta más cuando es un festín que cuando es un menú degustación, cuando es fuego y no agua caliente, cuando vamos con sed y no como quien quiere puntuar un rioja. Solo disfrutamos de verdad aquello que podemos perder y debemos cuidar. Pero no me hagan mucho caso: será que, desde que vivo en Italia, me han venido las ganas de fumar, de comprarme un Alfa, no perdonar un aperitivo y, por supuesto, volver a enamorarme, concluye Peyró.

Fachada de iglesia. | FOTO: Mila Ojea

Trieste no termina nunca. Lo sé a ciencia cierta. A día de hoy es una ciudad rodeada de playas y viñedos, mantiene sus barrios obreros y la zona industrial, y el Acquario del Paseo Marítimo hace las delicias de todos los visitantes. En sus alrededores pueden acercarse a los castillos de San Giusto y de Miramare. En este último empieza el segundo domingo de octubre de cada año la Barcolana, una histórica regata internacional única que acaba en la Piazza Unità d’Italia, como no podía ser de otro modo. También guarda elementos vergonzosos –siempre hay una nube negra- como la Risiera de San Sabba, un pabellón de descascarillado de arroz hasta 1943, cuando los nazis lo convirtieron en un campo de prisioneros donde eliminaron a rehenes, partisanos y judíos.

La vida a la italiana. | FOTO: Mila Ojea

Pero nadie quiere irse de allí. Se echa la noche, los amantes se refugian en las sombras, el vino corre de copa de copa. Y toca despojarse de la pena, salir huyendo antes de que la ciudad nos atrape, sin mirar atrás. Ya nos vigila la Victoria desde su altura privilegiada. Hemos disfrutado de verdad aquello que podemos perder. Trieste sólo puede ser Trieste.