Sinfonía de flamencos sobre fondo rojo

Flamencos alimentándose en las aguas de la Laguna Colorada. | FOTO: Mila Ojea
Me senté frente a la Laguna Colorada a escuchar el tiempo, y me embriagué con la idea de que en ese fondo fangoso emitía su último aliento, como animal moribundo, un buque hundido. Más allá de los cuentos, yo sólo puedo asegurar que existe, existe su belleza salvaje y su vibrante vida, existe un horizonte árido, plano y frío que atrapa la mirada del viajero. 

Todo viaje es, en realidad, una ficción. Partimos de esta idea porque durante el tiempo que estamos en tránsito ingresamos en una realidad que no es la nuestra. Nada de lo que nos rodea nos pertenece, inventamos días nuevos, nos convertimos en otra persona. Es un cambio profundo pero temporal. La intensidad de esa ficción es lo que engancha al viajero, la subida de adrenalina, los cuerpos desconocidos, la digestión de lo distinto, el aroma evaporado de la tierra nunca antes vista.

Reflejo en la Laguna Colorada. | FOTO: Mila Ojea

En el altiplano de Bolivia fui más consciente que nunca de lo que supone recorrer esa ficción. Nada parece real, y aunque mis fotografías y recuerdos certifican que pisé ese sueño, retengo la duda sobre si me engaño a mí misma. La sensación de lo imaginado, de flotar en el idilio de lo imposible, de argumentar sobre una mentira me sigue persiguiendo años después. Fue tan hermoso que no podía ser real. Aún escucho el viento… Pero todo ha sido reposado dentro de mí y es hora de compartirlo.

Flamencos alimentándose en la orilla. | FOTO: Mila Ojea

La Laguna Colorada ha quedado para siempre prendida en mi retina. Dormita en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Abaroa, a 4.278 metros de altitud, y ocupa 60 kilómetros cuadrados. Es una lámina de agua salada que en su parte más honda alcanza apenas los 40 centímetros, rica en minerales, y espejo del vasto entorno que la rodea y acoge. Allí me senté a escuchar el tiempo, y me embriagué con la idea de que en ese fondo fangoso emitía su último aliento, como animal moribundo, un buque hundido.

Convivencia pacífica. | FOTO: Mila Ojea

En sus aguas ricas en minerales atesora sedimentos, microorganismos y pigmentos de varios tipos de algas que le confieren su característico color. Desde el marrón al malva, pasando por el rosa, el caldera y el rojo, su variedad se ve alterada por la luz exterior o la hora del día. Esa amalgama de tonos cambiantes, tornasolados y vivos es lo que atrae a los miles de flamencos andinos que llegan hasta aquí en bandadas y se quedan durante el periodo de cría. También pueden verse en los alrededores llamas, pumas, zorros, alpacas, gatos andinos y algunos reptiles.

Casa de piedra en una colina. | FOTO: Mila Ojea

Desde el cielo, a vista de pájaro, la imagino como un ente lunar, un punto rojizo rodeado de colinas grises y lisas que absorben su energía. Emana una niebla de gases calientes que le dan un aspecto todavía más irreal y onírico. Entre esa bruma, en medio de un fenómeno termal, los flamencos, con su estilizada y elegante silueta, se aúnan y picotean el agua en busca de alimento. Hay un silencio impertérrito y acuático que convierte todo en una fantasía imposible de creer. La superficie hierve y distorsiona la imagen.

Paisajes extraterrestres. | FOTO: Mila Ojea

Desde los senderos que bordean la laguna se pueden apreciar islotes de bórax, un compuesto del boro que forma cristales de sal blandos y suaves que se disuelven fácilmente en el agua. Se origina de forma natural en los depósitos producidos por la evaporación continua de los lagos estacionarios. El aspecto de los montículos de nieve flotantes da un aire surrealista a este espacio cuajado de géiseres y reliquias naturales.

Alzando el vuelo. | FOTO: Mila Ojea

También había rastros de esa falsa nieve salina –otro fósil, otra ficción- en la ladera superior del volcán y vino a mí el monólogo que recita el personaje del detective Oscar Peluchonneau en la película “Neruda” (Pablo Larraín, 2016). Al borde de la muerte, hundido en un manto blanquecino, perdida ya toda esperanza, ese texto bellísimo que escribió Guillermo Calderón reza así: …soy yo y llegué hasta aquí. Yo, el seco, el huesudo. Desde este lecho blanco levanto mi copa para celebrar estos meses. Tengo una sola bala, jabalí enamorado. Pero no te preocupes, con el frío no la vas a sentir. ¿Por qué corre hacia mí? ¿No tiene miedo? Pero es curioso: quiere verme. ¿Cómo no va a ver el final de su historia? Me abrazó, me habló y bailó conmigo. Perseguía el águila pero no sé volar. Estoy lejos. Ahora sólo puedo volver al fondo de la Tierra. Viví creyendo que yo era un Peluchonneau, un hijo del uniforme policial. Sin embargo ahora… ahora pienso que tal vez fui un Neruda, un hijo del pueblo. Quizá mi padre vivió de rodillas, con la cara sucia. Quizá juntó cuatro monedas en su puño y pagó por sudar sobre la espalda de mi madre. Quizás soy hijo del trigo, otra cabeza negra en la historia de millones de cabezas negras. Pero me muero blanco porque nadie más persiguió al poeta, nadie más lo aterrorizó en la nieve, nadie más lo hizo jadear arrepentido, nadie más lo acompañó en su viaje. No me importa que me haya escrito, que me haya hecho secundario. Yo también me escribí y lo hice pésimo. Me inventé sin vida, sólo, sin amor. En cambio el poeta me inventó furioso, lleno de viento, incluso me escribió una muerte fabulosa, una muerte policial, lenta, fría, con detalles rojos, con música, con animales, con árboles, con poesía. Es mi inspector, mi perseguidor, mi fantasma de uniforme, sueño con él y él sueña conmigo, me mira, me conoce la espalda. Mira lo que escribiste, policía, escribiste la nieve y los caballos, me escribiste a mí. Ya no sientes ni el frío. Siento latir el corazón de este caballo, siento mi propio latido también. ¿Por qué no me mataron? No me mataron con un golpe en la cabeza. Nadie va a saber que existí. Di mi nombre. Dilo. Di mi nombre, di mi nombre. Lo dijiste, dijiste mi nombre. No soy personaje secundario. Todo esto, ¿por qué hizo todo esto? Por su pueblo. El poeta les dio las palabras para que ellos pudieran contar su vida. Su vida dura. Y esas palabras le dieron sentido a sus sueños terribles. Por eso lo hizo, para que pudieran hablar. Ahora lo pueden citar cada vez que los pise la historia. No se acuerdan de los poemas de amor, se acuerdan de los poemas de furia. Poemas irreconocibles, poemas de un futuro imaginario. Neruda me hizo eterno. Su arte me dio vida. Yo era de papel y ahora soy de sangre. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Espacio y silencio. | FOTO: Mila Ojea

Esta laguna rica en plancton se extiende por la zona donde se desarrolló la civilización aimara, cuyas tradiciones y creencias influenciaron a todos los habitantes de la región. Una de las leyendas que deambula por estas latitudes denomina a la Laguna Colorada como “el lago maldito”. Cuenta que el que bebiera sus aguas moriría, pues el mismísimo diablo se había encargado de envenenarlas y darles una atrayente tonalidad de sangre acorde con sus propósitos. También cuentan algunas historias que la superficie se torna amarilla o verde cuando se acercan visitantes no deseados a este escenario apoteósico.

Delirios tornasolados. | FOTO: Mila Ojea

Más allá de los cuentos, yo sólo puedo asegurar que existe, existe su belleza salvaje y su vibrante vida, existe un horizonte árido, plano y frío que atrapa la mirada del viajero. No se llega aquí por casualidad pero, una vez alcanzada la imagen de la cumbre reflejada boca abajo sobre las aguas, uno ya no se va. Es un punto crucial para el ensamblaje invisible de naturaleza y tiempo, donde las horas pasan ralentizadas por el hechizo. El recuerdo de esa pared de silencio me cura.

A los pies del volcán. | FOTO: Mila Ojea

Suspirando con paciencia en el interior de mi coche, atrapada por el monótono sonido de los limpiaparabrisas, enterrada en el atasco de cualquier tarde de lluvia en mi ciudad, regreso al graznido de los rosados flamencos cerca de la orilla. En medio del ruido y la desidia, mi mente se evapora y amarra ese pico de neblina, volcán y sal que me salva de lo cotidiano. Entiendo para qué respiro, vuelvo al desierto que me secuestró y catalizó mi memoria, revivo la ficción que fue realidad. Observo a las aves mientras trazan líneas en el cielo, más allá del cristal de mi automóvil. Esa estampa aún tiene el cáustico poder de retenerme. Y pienso en estos versos de Neruda, el poeta eterno y mayúsculo al que Peluchonneau no consiguió dar caza: En tu abrazo yo abrazo lo que existe, / la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia, / y todo vive para que yo viva: / sin ir tan lejos puedo verlo todo: / veo en tu vida todo lo viviente.