Polvo antiguo de la antigua inocencia olvidada
Ciertos lugares están tan integrados en el espacio que ocupan, que uno se pregunta qué estuvo primero en ese territorio. Imaginen un bosque, imaginen un claro entre los árboles, imaginen –por qué no- una princesa paseando con unas malvas en la mano que desaparece tras un arroyo. Imaginen el misterio, oculto entre semillas, escarabajos y hormigas. Y, dentro de él, visualicen un palacio vestido de musgo que parece no poder respirar en medio de la maleza. Pero respira.
Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo les aplasta. Llueve: y se ponen a correr. El ser humano es un túnel estrecho, hay que internarse en él si quieres conocerlo. Hay que avanzar en la oscuridad, aspirar el olor de todos los animales muertos, escuchar los gritos, los dientes que rechinan y los llantos. Hay que andar, hundir las patas en un charco de sangre y trepar por un hilo de oro abandonado por el propio ser humano, cuando no era más que infancia y ningún tejado cubría su techo. Animal entre animales, aún no sufría. El humano es un túnel y todo humano llora su cielo desaparecido. Si eres perro lo sabes y por ello sientes por el humano un afecto infinito. Han saqueado las tinieblas y han cortado la noche a cuchilladas con sus luces. Han hundido los pies en la tierra empapada de lluvia y nieve fundida: hombres, perros y máquinas, salidos de la nada para desplazar las sombras de los árboles y astillar el silencio. Somos polvo antiguo de la antigua inocencia olvidada. Aún existimos. Eternamente habrá tinieblas donde poder trazar nuestros evanescentes rayos y eso es algo que durará mientras duren las noches oscuras, escribe Wajdi Mouawad.
Y porque existimos y soñamos tenemos el ansia viva de saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. A unos 30 kilómetros de Lisboa encontramos la localidad de Sintra, el refugio estival de los reyes de Portugal desde el siglo XIV. Le han puesto el sobrenombre de “la ciudad de los palacios” y el promontorio donde se asienta se conoce como “monte de la luna”: nada es casualidad. Por ello voy a centrarme en el punto que absorbió mis sentidos y me regaló una experiencia exuberante: la Quinta da Regaleira.
Antonio Carvalho Monteiro, un millonario filántropo portugués, compró el terreno a la baronesa da Regaleira a principios del siglo XX y construyó esta finca con la ayuda del arquitecto y escenógrafo Luigi Manini. Se les ocurrió una auténtica fantasía: torreones, lagos ornamentales, miradores, invernadero, una red de cuevas, capilla, pasadizos escondidos, espesos jardines y un pozo que cuestiona las leyes de lo concebible. Su idea era resucitar y reinventar el pasado más glorioso de Portugal.
El conjunto artístico y arquitectónico que aquí desarrollaron aúna elementos manuelinos, neogóticos y mitológicos. Es un lugar de cuento que invita a soñar y regresar a la infancia perdida. Recuerden: somos polvo antiguo de la antigua inocencia olvidada. Monteiro era Caballero Templario, aficionado a la astrología, el esoterismo, la alquimia y las ciencias ocultas, y todo ello ha quedado reflejado en cada rincón de su idea. Murió en 1920 por lo que apenas tuvo tiempo de disfrutar su obra. Tras esto, la finca fue pasando de manos públicas a privadas hasta que en 1997 el ayuntamiento de Sintra la compró y decidió explotarla turísticamente.
Ubicada en la freiguesía de San Martín, ocupa cuatro hectáreas. Al llegar veremos primero el Palacio da Regaleira, una lujosa villa reconvertida en museo que expone los bocetos que Manini hizo para luego llevar a cabo esta extravagante obra de imaginación desbordada. Con su fachada adornada de gárgolas, es el edificio más joven del conjunto. Se construyó entre 1904 y 1910 con el espíritu e ideales románticos como base. Aquí podremos acceder a la Sala del Renacimiento, la Sala de los Reyes y la torre octogonal. La chimenea tallada con caballos y elefantes de la Sala de la Caza es espectacular.
Desde el balcón del laboratorio alquímico tendremos una vista preciosa de la capilla. El universo imaginario que crearon Monteiro y Manini es absolutamente peculiar. Mi parte favorita del palacio es la biblioteca, pero no por lo que puedan pensar –los libros, claro- sino porque propone un reto inesperado al visitante: un espejo que bordea las cuatro esquinas de la estancia produce el curioso efecto óptico de que la habitación no tiene suelo y, a menos que sepamos flotar, somos susceptibles de caer al vacío al pisarla. La luz tenue proyectada para aumentar la sensación hace que las estanterías repletas de obras sean columnas infinitas y marean nuestra conciencia. Percibimos lo irreal con toda claridad, engañados por un simple truco.
Para jugar con el espacio y formar parte de él nada más fácil que acceder a los jardines. Se puede llegar por fuera y por dentro: grutas y pasadizos excavados conectan todo bajo tierra. Troncos abrazados por hiedra trepadora, cúmulos de flores, el Paseo de los Dioses con sus esculturas de mitología griega, la recargada Capilla de la Santísima Trinidad con su cripta y la Cruz de la Orden de Cristo, corrientes reverberantes de agua que esconden entradas naturales de piedra y túneles que la maleza oculta. Todo se diseñó bajo los preceptos del primitivismo, una corriente artística que promovía la vuelta a lo simple. El Lago de la Cascada, con su manto verde de hojas caídas, se puede cruzar saltando de piedra en piedra sin dificultad.
La Fuente de la Abundancia, con las iniciales grabadas de su legítimo dueño, promete purificar y hacer rico a todo el que beba de ella. Está en el Portal de los Guardianes, un anfiteatro que tiene forma de trono –hay sospecha de que se usaba para rituales masónicos-, con un banco corrido y ánforas romanas en los laterales. Destacan las figuras de un sátiro y un carnero, el Caos y el Orden, agarrados a una concha entre ellos que encarna el equilibrio de ambos elementos. Frente a él están la Terraza de los Mundos Celestiales y la Torre del Zigurate.
El invernadero se puso por otra de las aficiones de Monteiro, la botánica. Es un edificio de piedra que parece un castillo y templo dedicado a la diosa Flora. En uno de sus lados conserva un grabado en azulejo que representa un rito para la fertilidad, con seis sacerdotisas. Cercana al invernadero está la Gruta de Leda con una fuente en su interior y la Torre de la Regaleira, construida para que quien subiese a ella tuviese la efímera ilusión de estar en el centro del mundo.
Para entonces habremos llegado al lugar más impactante y sugerente del recorrido: el Pozo Iniciático. La entrada está vigilada por dos guardianes en forma de león-pez de escayola y se trata de una torre invertida de 27 metros cavada en la piedra, un pozo de nueve pisos con forma de espiral donde todo se conecta con todo. Su imaginación infantil seguro que nunca pensó un lugar como este. El vértigo de asomarse desde lo alto y ver sus escaleras les hará rememorar películas de piratas encarcelados. Desde su interior se podía acceder, como en un juego de magia, a la capilla y al palacio, y también se conecta con el Pozo Imperfecto. En el fondo de mármol podremos ver en todo momento mientras descendemos una Rosa de los Vientos sobre la Cruz de la Orden de los Templarios, el emblema heráldico de Monteiro.
Su concepción nos remite de nuevo a la masonería. Más aún: por las escaleras ascendían los aspirantes en su ritual de iniciación, representando el renacer, y todavía se pueden reproducir sus pasos repitiendo los nueve círculos que simbolizaban el Infierno de la Divina Comedia de Dante, el Purgatorio y el Paraíso. Cada detalle ha sido pensado una y mil veces. La humedad de sus paredes le da un aire fantasmal. Muy cerca de la entrada superior se sitúa el Portal de los Guardianes, dos tritones de piedra blanca que vigilan a todo aquel que pretende adentrarse en el inframundo, y la Torre de la Regaleira, símbolo masónico del eje del mundo.
Como viajera apasionada puedo afirmar y afirmo que los mapas no son necesarios para nada. Nos espera un universo ahí fuera que otros imaginaron antes que nosotros y lo pusieron a nuestros pies. No hay mejor viaje que el mental y ese está a disposición de todos. Descarten itinerarios, ángulos, planificación u orden. Nadie sabe qué nos guía pero hay un camino incontestable dentro de cada uno. El destino es siempre una acrobacia. Busco y sigo buscando. Voy aprendiendo el lenguaje de las nubes y las plantas. No sé pensar fríamente. Me enredo en la poesía y la poesía se enreda en mí. A mi jardín interior le pido la dosis exacta de litros de lluvia y rayos de sol. Apelo a mi corazón trashumante y sigo, obedientemente, su dictado.