luns 21/06/21

La lluvia de cuarenta inviernos

Hoy pago una deuda emocional con un lugar que he visto crecer conmigo. Nos debemos mucho y compartimos una maleta de recuerdos. Así es la vida de los viajeros: un reguero de momentos inolvidables y promesas. 

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Puente de Trajano sobre el río Támega. | FOTO: Mila Ojea

Hay lugares con los que uno adquiere una deuda emocional sin apenas darse cuenta y hoy, con las palabras que enhebro en estas páginas, quiero llevarles a uno de ellos. Se trata de una ciudad que forma parte de mi vida desde bien temprano, que ha crecido conmigo y yo con ella sin saberlo ambas, y con la que me he reencontrado recientemente para caer en el asombro una vez más.

494Fachadas y flores en Chaves. | FOTO: Mila Ojea

Les hablo de una perla del norte de Portugal, Chaves, hermanada por un río con mi lugar de nacimiento. Desde que tengo memoria ha estado presente en mi vida y caigo ahora en la cuenta –¡a estas alturas!- de que puedo decir que mis primeros viajes la tuvieron como destino. Les hablo de aquellos días en los que era una niña y cruzábamos la frontera para ir a comprar cerámica, café y toallas, aquellos veranos eternamente tórridos, intocables y perfectos en la memoria, que así se han mantenido hasta hoy.

Entonces, cruzar la frontera a Portugal no era cualquier cosa. Había que pasar el trámite de llegar a ese punto de la carretera donde confluyen dos países, hacer cola para que la Guardia Civil revisara documentación, poner cara de inocente –ah, la infancia, esa ignorancia de la vida, todo lo que está por hacer, incluso nosotros mismos…- porque cruzar esa línea era emocionante y hacía latir el corazón más fuerte y sentirse un poco bandido. Sí, así recuerdo yo esos días de aventura sin igual.

495Las azules aguas del río Támega. | FOTO: Mila Ojea

Han llovido más de cuarenta inviernos desde entonces y Chaves sigue siendo un lugar cercano y acogedor al que volver, en el que siempre sentirse a salvo, un poco en casa, un poco familiar. Pertenece al distrito de Vila Real y lo cruza el río Támega que da nombre a este periódico y a los mejores recuerdos de mi infancia y juventud.

Su nombre significa llaves –aparecen unas en su escudo- y le fue otorgado por tratarse de un punto estratégico fronterizo entre España y Portugal. En época romana se le conocía como Acquae Flaviae, de ahí que los habitantes de Chaves se denominen flavienses, nombre concedido por el emperador Flavio Vespasiano en honor a los manantiales termales de aguas minero medicinales que abundan en esta zona.

496Castillo y jardines. | FOTO: Mila Ojea

En Chaves sufrió Napoleón su primera derrota en tierras portuguesas pero la historia de este enclave está marcada por las batallas contra romanos, visigodos, españoles y musulmanes. De todo ello quedan fortificaciones, entre las cuales destaca especialmente el castillo medieval. Se construyó sobre un castro y en la actualidad quedan de él parte de los muros y la Torre de Homenaje –hoy museo militar-, reconstruidos tras las invasiones germánicas y árabes. Desde los jardines, con detalles como cañones o relojes de sol, uno puede asomarse a la ciudad y contemplar con nitidez el recorrido líquido y cartilaginoso de la vega del Támega.

497Columna en el puente de Trajano. | FOTO: Mila Ojea

También se conserva en buenas condiciones el puente de Trajano, que sobrevuela los 140 metros de una orilla a otra del río. Está hecho de granito y tenía 18 arcos, de los que sólo se ven 12 pues el resto está sepultado. En su parte central conserva dos columnas conmemorativas con inscripciones que certifican su construcción a finales del siglo I durante el reinado del emperador Trajano. Una de las columnas es el Padrao dos Povos (Padrón de los Pueblos) y contiene una lista de los diez pueblos indígenas de la provincia romana de Gallaecia que colaboraron en la construcción del puente.

No sé cuántas veces habré recorrido estas calles pero si estoy cerca, no perdono una tarde de caminar por esos senderos que me hablan de mí. Sigo encandilada, herida –inevitablemente- por esta ciudad lusa. 

498Arquitectura a orillas del río. | FOTO: Mila Ojea

En la parte baja del puente se asientan ahora restaurantes y bares con encanto en los que tomar algo o comer frente al frescor deslumbrante del agua. Por aquí pasaba la Vía de Augusta que unía Braga con Astorga. La corriente calmada convierte el paisaje en un espejo donde se reflejan fachadas, torres y figuras de otras épocas. Aquí el viajero puede disfrutar de un momento de sosiego sin multitudes mientras toma un café y escucha buena música.

Tras ello, recomiendo un paseo sin prisa por la zona vieja de la ciudad, el llamado Barrio del Castillo. Se trata de un apretado núcleo urbano, todo peatonal, con pequeñas casas de una o dos alturas en calles estrechas que proporcionan mucha sombra las tardes de verano en que se derriten las piedras. En la parte superior de los edificios se han añadido balcones y estructuras abuhardilladas para ganar espacio, con un colorido variado y llamativo.

499Terrazas y locales en el puente. | FOTO: Mila Ojea

Callejeando por esta zona llegaremos inevitablemente a la Praça de Camões, la más monumental y noble de Chaves. Una planicie empedrada que preside el edificio de los Paços do Concelho, un palacete precioso construido a mediados del siglo XIX. Fue vendido por su propietario y adquirido por el ayuntamiento de Chaves en 1861. Cumple desde entonces la función de Cámara Municipal.

Mirando de frente su fachada, situaremos a su izquierda el Paço dos Duques de Bragança, mandado construir en el siglo XV por Don Alfonso I, primer Duque de Braganza, para ser su residencia personal. La estatua de bronce que está frente al Ayuntamiento representa a este duque. Desde 1978 el edificio es el Museo de la Región Flaviense, de carácter histórico y arqueológico, que explica la historia de la ciudad, y la Oficina de Turismo.

500Plaza de Camoes. | FOTO: Mila Ojea

En la plaza también se encuentran tres iglesias: la Iglesia de Santa Maria Maior, la Iglesia de la Misericordia y la Capilla de la Senhora da Cabeça. Anexa a la Praça de Camões encontramos la Praça da República. Allí está o pelourinho, una columna de piedra que servía de picota para castigar a aquellos que se saltaban las normas y representa la independencia judicial de la ciudad. En la tarde sólo se escuchan los pasos de los visitantes, el zureo de las palomas y la charla relajada de los turistas en alguna de las terrazas mientras admiran los balcones y ventanales de las fachadas. Sólo recuerdo la emoción de las cosas, escribió Antonio Machado. Yo también.

501Calles solitarias. | FOTO: Mila Ojea

Chaves acoge los restos de termas romanas y un balneario junto al parque de O Tabolado. En este último, la Fonte do Povo emite agua medicinal que sale a una temperatura constante de 73ºC y se usa para patologías reumáticas y músculo-esqueléticas. La importancia del agua aquí va más allá de las termas o el río y Chaves ha formado con Verín (Ourense) una Euroregión que comparte paisajes, servicios y buenas relaciones entre sus habitantes. Denominada la Eurociudad del Agua, su sede se encuentra en el edificio de esa frontera que yo cruzaba de pequeña a bordo del Simca 1200 rojo de mi padre en busca de la aventura y el mejor café.

502Detalles en las paredes. | FOTO: Mila Ojea

Otros lugares a visitar son sus dos fuertes, el de São Francisco y el de São Neutel. Y si después de ver todas estas maravillas, les empieza a entrar el hambre, es hora de introducirse en la gastronomía de la tierra. Les recomiendo sin duda el bacalao, ya que los portugueses son unos especialistas en la cocina de este alimento, pero también pueden decantarse por el presunto (jamón curado), el cozido à trasmontana, la feijoada à trasmontana o las salchichas de cerdo ahumado, siempre acompañados por la típica hogaza de pan, el Folar de Chaves, rellena de carne o chorizo.

503Fachadas con azulejos. | FOTO: J. Rajoy

Como postre, los pastéis de Chaves son una variedad típica de la repostería de la ciudad y han llegado a ser uno de sus símbolos. Son pasteles salados elaborados con masa de hojaldre rellenos de carne picada de cerdo. Se suelen servir calientes como aperitivo acompañados de una copa de vinho verde. Remate perfecto para una jornada llena de memorias, antorchas encendidas y sensaciones.

Cuando fui este verano con mi amigo X.L. (que me deja plantar mis semillas en este jardín) comimos en el restaurante Lavrador un bacalao gratinado que nos dejó sin palabras. Y terminamos la tarde gozosa, bajo un sol asesino que derretía los árboles, en una terraza con una sangría de frutos rojos. Fue una experiencia tan deliciosa que al irnos de vuelta a casa le dije:

-Convirtamos esto en una tradición. Siempre que vengamos a Chaves juntos, comeremos el bacalao gratinado, por favooooor…

Y aceptó.

504Bacalao gratinado del restaurante Lavrador. | FOTO: Mila Ojea

No sé cuántas veces habré recorrido estas calles pero si estoy cerca, no perdono una tarde de caminar por esos senderos que me hablan de mí. Sigo encandilada, herida –inevitablemente- por esta ciudad lusa. Espero la lluvia de más inviernos corriendo por nuestros cuerpos. Podemos envejecer juntas, nos desbordarán las alegrías, los deterioros y las certidumbres. Me gusta su decadencia, sus colores vivos y su soledad estival. Recuerda: todo es posible. Chaves y yo tenemos una deuda, sí, una deuda preciosa y cultivada a lo largo de los años, que nunca será pagada suficientemente…

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