Las canicas de Dios

Paisaje de rocas en la tumba de Cecil Rhodes. | FOTO: Mila Ojea
El viajero debe ser permeable a todo lo que aparece en su camino, está en un proceso de aprendizaje constante. Más allá de sus prejuicios, debe darse la oportunidad de encontrar tesoros tan extraños como los inselbergs de Zimbabwe.

Cecil John Rhodes (1853-1902), convencido de la superioridad de la raza blanca y angloparlante, consiguió en su medio siglo de vida hacerse millonario gracias a las minas de diamantes y a cambiar el mapa del continente africano. Engañó al rey de los matabeles, Lobengula, haciéndole firmar un tratado por el que concedía a Gran Bretaña un extenso territorio y mandó asesinar a miles de personas. Llegó a dominar dos países que llevaron su apellido: Rhodesia del Norte y del Sur.

Paisaje árido de Zimbabwe. | FOTO: Mila Ojea

Su familia lo trasladó a las colonias de Sudáfrica a los 17 años porque siempre fue un niño enfermizo y pensaron que el clima mejoraría sus maltrechos pulmones. Empezó trabajando en la fábrica algodonera de su hermano pero a los 18 ya había entrado en el comercio de diamantes. Con 20 era uno de los hombres más ricos del continente gracias a la compra de licencias de explotación de minas de diamantes en Kimberley. ¿Qué papel cumple la suerte en esta historia? Yo se lo diré: ninguno. Su compañía logró el monopolio casi total del oro y los diamantes surafricanos. Lo apodaron “el Napoleón del Cabo”, imaginen lo que supone esto…

Sequedad bajo el sol. | FOTO: Mila Ojea

Al cumplir los 23 años, en 1875, proclamó: África está esperando a los ingleses y es nuestro deber tomarla. Le llamaban también “el Coloso” y era un racista implacable. Creó un ejército mercenario a su servicio y en las guerras que desató contra los ndebeles mató a miles de ellos. Hoy no queda nada que recuerde su nombre en África. Ni un río, ni una montaña, ni una ciudad. Y ni falta que hace conociendo la historia de este hijo de la Gran Bretaña. Zambia y Zimbabwe han sustituido en el mapa del continente a aquellas dos Rhodesias que una vez existieron.

Monumento a los soldados británicos. | FOTO: Mila Ojea

A la edad de 36 años se convirtió en una de las principales fortunas de Inglaterra. Ocupó el cargo de Primer Ministro del Cabo entre 1890 y 1896. Con un grupo de socios fundó la compañía De Beers, que controlaba el 90% de la producción mundial de diamantes, y ha llegado hasta nuestros días. Algo bueno podemos atribuirle: el ferrocarril que unió El Cairo con Ciudad del Cabo, capital que en 1890 era el símbolo de la colonia británica de África del Sur.

Habitante de las rocas. | FOTO: Mila Ojea

Homosexual no declarado, su gran amor fue Leander Starr Jameson, un médico escocés al que hizo su principal lugarteniente y su amante. Tenía una concepción mística del imperialismo y trabajó al servicio de ese ideal mediante la política. Conquistó medio continente de forma sangrienta para dársela al imperio británico. Atacó Johannesburgo con una tropa a finales del año 1895 y los bóers (colonos holandeses) ganaron la batalla. Encarcelaron a su amado Jameson y Gran Bretaña mandó tropas en su ayuda.

Las canicas de Dios. | FOTO: Mila Ojea

En 1896 las fuerzas británicas rodearon a los últimos ndebeles en Matopos, una región de terreno árido y bronco cercana a Bulawayo, donde se levantan unas rocas que parecen meteoritos caídos de las más remotas galaxias. Los ndebeles se rindieron a cambio de sus vidas pero una vez entregadas las armas, Rhodes ordenó su asesinato o los envió a campos de concentración.

Tumba de Cecil John Rhodes. | FOTO: Mila Ojea

La epopeya de Cecil, según crecía su descrédito, comenzó a apagarse. Por suerte en 1902 falleció de un ataque al corazón y fue enterrado, según su deseo, en la roca más alta de Matopos, a la que él mismo había bautizado como “World´s View” (“Vista del Mundo”). Su amante, fallecido 15 años después, reposa también a unos metros de él. Juntos en su descanso eterno. Lápidas simples cubren sus cuerpos. Sin duda eligieron un lugar espectacular. Los ndebeles llaman a esta pétrea colina “Malindidzimu” o “morada de los espíritus benévolos”.

Detalle del monumento. | FOTO: Mila Ojea

Junto a Rhodes hay enterrados otros tres relevantes personajes en la historia inicial de la “Rhodesia blanca”, ministros y dueños de las minas explotadas. Otro monumento conmemora a los soldados británicos caídos frente a los guerreros ndebeles. Destaca en la silueta del área, con las figuras humanas talladas en las cuatro caras que lo conforman. La superficie se expone como una si una marea gigantesca se hubiera recogido en algún día de algún mes de algún año de alguna década de algún siglo, dejando al aire una costra de líquenes rojos y amarillos. Se siente la aspereza de lo yermo. Sólo se escucha el viento y alguna voz lejana de los que caminan por allí disfrutando de una serenidad respetuosa.

Dos mujeres caminan sobre los líquenes. | FOTO: Mila Ojea

Cuando uno llega, el paisaje adquiere un aspecto lunar, con piedra desnuda, acacias sedientas y extraños hierbajos resecos. La lluvia es un fantasma. Lagartos planos, nucras de cola azul y pequeños reptiles de vivos colores buscan las áridas grietas para protegerse y las rocas calientes de sol. La parte superior de la montaña es un inselberg, una colina que domina significativamente la llanura de piedra granítica. Este fenómeno erosivo ha dejado enormes rocas redondas en equilibrios imposibles que parecen a punto de echar a rodar y bajar a toda velocidad por las mesetas. Como si Dios hubiera estado jugando a las canicas ahí arriba.

Lagarto en una grieta. | FOTO: Mila Ojea

África existe para sí misma y dentro de sí misma, como un continente aparte, eterno y cerrado, tierra de bosques de plátanos, de campos de mandioca, pequeños e irregulares, de selva, del inmenso Sáhara, de ríos que van secándose lentamente, de florestas cada vez más ralas, de ciudades monstruosas y cada vez más enfermas; como una parte del mundo cargada con una especie de electricidad inquieta y violenta, contaba Ryszard Kapuściński -uno de los hombres que más ha amado África y que ha sabido mirarla certeramente- en su valioso libro “Ébano”.

Roca solitaria. | FOTO: Mila Ojea

Aquella tarde de calor grasiento en la que llegué a este lugar, no esperaba encontrar lo que allí había. No tenía una idea preconcebida de qué iba a ver, por eso me sorprendió para bien. Hubo varias personas en mi grupo de viaje que se negaron a ir como “protesta” por lo que representaba esa tumba. En los últimos años crece un movimiento en el país cuyo fin es retirar esas tumbas por lo que consideran un acto de dominación final calculado, un insulto y una forma de colonización espiritual. Por otro lado, varias aldeas de los alrededores viven del turismo que se acerca hasta aquí y compra alguna artesanía, y desaparecerían de no ser así.

Textura de los inselbergs. | FOTO: Mila Ojea

Pero déjenme recordarles que el viajero debe ser permeable a todo lo que aparece en su camino, está en un proceso de aprendizaje constante. Aquí arriba hay dos personas enterradas cuya dignidad es totalmente reprobable, de acuerdo. Pero si llegan allí y no suben esa colina pedregosa, créanme, estarán perdiéndose una visión soberbia y global. Apliquemos otra mirada, pensemos el mundo de otro modo, quitémosle peso. Este paisaje extraterrestre, crudo y recalentado es único. Y, lo más importante, el ser humano debe aprender de sus errores para no repetirlos. El hecho de que una persona no recorra estas lomas por los prejuicios que siente y las certezas que mantiene hacia el personaje que ahí yace, a estas alturas de la Historia, no castiga a nadie. Pero se perderán un horizonte inaudito: ese donde permanecen quietas para siempre las canicas de Dios.