luns 06.07.2020

En el profundo azul

El viajero siempre debe tener una paleta de colores en su mente para pintar cada recuerdo en su subconsciente. Entramos en la Mezquita Azul, en el centro de una ciudad fascinante, Estambul, con raíces en dos continentes, con culturas colindantes y límites indefinidos. 
Interior de la Mezquita Azul de Estambul. | FOTO: Mila Ojea
Interior de la Mezquita Azul de Estambul. | FOTO: Mila Ojea

Cada viaje y cada persona son una página en blanco. Una página en la que escribir historias, reencuentros, instantes al borde de uno mismo y el descubrimiento de lugares infinitos. Hay monumentos a los que uno entra distraído y de repente el tiempo se detiene. El viajero queda totalmente cautivado por una visión inesperada, boquiabierto ante lo que se ofrece a sus ojos y atrapado para siempre en ese instante.

Viajemos al azul. Dejemos atrás esa página en blanco y tiñámosla de otro color. El viajero siempre debe tener una paleta de colores en su mente para pintar cada recuerdo en su subconsciente. Y hoy nos toca este, el profundo azul, en medio de una ciudad fascinante, Estambul, con raíces en dos continentes, con culturas colindantes y límites indefinidos.

326La vida de Estambul bajo la mirada de la mezquita. | FOTO: Mila Ojea

No puedo imaginar un lugar más alejado de la sencillez que este. Su intrincada disposición, el misterio de su planteamiento y la huella que deja su visión son un recuerdo eterno en mi atlas sentimental. Estamos en la Mezquita Azul, la más importante de Estambul. Su nombre en turco es Sultanahmed Camii o Mezquita del Sultán Ahmed, ya que fue construida por dicho Sultán entre 1609 y 1616 en la plaza Sultanahmet, la más céntrica y bonita de la ciudad. Se inauguró en el año 1617 durante el mandato de Mustafá I, cambiando el perfil de la ciudad por un nuevo conjunto de torres y cúpulas que las palomas sobrevuelan al atardecer desde entonces.

327Vista de las cúpulas desde el interior. | FOTO: Mila Ojea

Su cúpula central tiene 23 metros de diámetro y 43 metros de altura, rodeada por 6 minaretes como La Meca, que construyó un séptimo minarete para distinguirse y apaciguar las quejas de los fieles, que acusaban de presuntuoso al Sultán. En el interior de esta cúpula asombrosa por su tamaño está el que es para mí el tesoro de este lugar: más de 20.000 azulejos de todos los tonos imaginables de color azul. Entrar aquí es como adentrarse en un reino mágico sólo imaginado en los cuentos de Las Mil y Una Noches.

328Entrada principal a la mezquita. | FOTO: Mila Ojea

Todos los azulejos fueron transportados desde la ciudad de Iznik (la antigua Nicea). Su iluminación proviene de más de 200 vidrieras repartidas por toda la cúpula y de las múltiples lámparas de araña que cuelgan del techo. En las lámparas había antiguamente huevos de avestruz que se colocaban para evitar que las arañas entraran en la mezquita y cubrieran los techos con sus telas.

Merece la pena perderse unas horas en los recovecos de este emplazamiento que domina el corazón de Estambul. Una ciudad que gira en medio de luchas ideológicas, políticas, religiosas y étnicas. No tengan miedo a mezclarse con la gente, curiosear, deambular, hacer preguntas, desarrollar afectos, dejar una huella y adentrarse en su identidad. Sólo la observación nos lleva a descubrir sutiles acontecimientos. El viajero debe agudizar su atención y formar parte de los lugares que pisa. He ahí el secreto de su rica vida interior.

329Zona de oración alfombrada. | FOTO: Mila Ojea

Nos cubre un mosaico de azules mientras pisamos alfombras interminables que esconden el suelo para que los fieles se arrodillen en su culto. La decoración incluye versos caligrafiados del Corán, además de dibujos de tulipanes, cipreses, flores y frutas. La organización de la ambiciosa construcción se describió detalladamente en ocho volúmenes que actualmente se encuentran en la biblioteca del Palacio de Topkapi, un lugar del que les hablaré más adelante. La ceremonia de inauguración tuvo lugar en 1616 y el sultán rezó en la sala real o hünkâr mahfil.

No tengan miedo a mezclarse con la gente, curiosear, deambular, hacer preguntas, desarrollar afectos, dejar una huella y adentrarse en su identidad. Sólo la observación nos lleva a descubrir sutiles acontecimientos. 

330Mujeres orando. | FOTO: Mila Ojea

Mezclados con los turistas que observan impresionados, mujeres, hombres y niños oran en calma a cualquier hora. Las mujeres de cualquier nacionalidad debemos entrar con la cabeza y los hombros tapados, con ropas adecuadas al lugar en el que estamos, una demostración de respeto. Es obligatorio además para todos los que acceden al interior descalzarse.

Hay gente que dice que la majestuosidad que se ve en el exterior no corresponde con el interior. A mí, sin embargo, me cautivó caminar silenciosa sobre esa extensión alfombrada iluminada profusamente por esas oleadas azules de luz. Si entramos a mediodía, cuando el sol cae en picado sobre la mezquita, la visión es hipnótica. Sentirán una cálida paz alrededor del cuerpo y su presencia se mezclará con el ambiente introvertido de la oración.

331Cúpulas de la Mezquita Azul desde Santa Sofía. | FOTO: Mila Ojea

El luminoso patio, en la parte derecha de la construcción, es casi tan grande como la propia mezquita y está rodeado por una galería de piedra y mármol tallados en arcos y columnas. Resulta austero y diáfano comparado con el resto de la construcción. Ahí los fieles realizan la ablución, un rito de purificación mediante el agua. Podremos ver a los hombres y niños lavando sus pies y manos antes de la oración diaria. La fuente hexagonal donde se realiza, situada en el centro del patio, es relativamente pequeña comparada con las dimensiones de todo el conjunto. También hay zonas en los pasillos laterales, más discretas, donde realizar este acto.

332Iluminación del interior. | FOTO: Mila Ojea

Cuatro minaretes dominan las esquinas de la mezquita. Son estriados y con forma de lápiz, y cuentan con tres terrazas, mientras que los otros dos, al final del patio delantero, sólo tienen dos terrazas. La mezquita está diseñada para que, cuando está llena de gente, todos puedan ver y oír al Imán. Antiguamente el almuédano tenía que subir mediante una estrecha escalera de caracol cinco veces al día para llamar a la oración pero, hoy en día, se utiliza megafonía y su voz se extiende hasta los confines de la ciudad. Recuerdo con especial cariño una cena en un maravilloso restaurante emplazado en la azotea de un edificio cercano donde aquella voz rompió la noche y la calma del cielo.

333Detalles decorativos bajo las coloridas cúpulas. | FOTO: Mila Ojea

No hay ciudad más fascinante que Estambul, capital de tres imperios, y adentrarse en esta mezquita vestida de luz es sólo el comienzo de una historia de amor interminable. Les prometo que no tendrán queja por haber seguido los caminos que llegan hasta aquí. Hasta estos muros, hasta estas cúpulas, a través de mercados y aromas de especias, para sumergirse en el profundo azul.

Todo el que siente curiosidad por darle un significado a la vida se ha preguntado al menos una vez por el sentido del lugar y el momento en que ha nacido. ¿Qué significa que yo haya nacido en tal fecha en tal rincón del mundo? ¿Han sido una elección justa esta familia, este país y esta ciudad que se nos han otorgado como si nos hubieran tocado en la lotería, que esperan que los amemos y a los que por fin conseguimos amar de todo corazón? A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura. (Pero una voz interior me dice que en realidad eso ha sido una suerte.) En lo que respecta al dinero, ocasionalmente pienso que he sido afortunado por haber nacido en una familia de posibles. Pero la mayor parte de las veces, de la misma manera que me he convencido de que no debo quejarme de mi cuerpo ni de mi sexo, comprendo que Estambul, donde nací y donde he pasado toda mi vida, es para mí un destino incuestionable, escribe Orhan Pamuk en una de sus muchas reflexiones sobre la ciudad que le vio nacer.

También él, seguro, fue dueño de estas calles y testigo del colorido atardecer sobre la Mezquita Azul. Háganle caso.

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